Lo que podemos observar en las enfermedades del cuerpo sucede también en los males del alma: el médico proporciona sus cuidados y aplica su cura en el lugar que ha diagnosticado y visto bien con sus ojos. Pero el que se abandona a su propio capricho y actúa según sus propias ideas, sin dar a conocer a los padres la enfermedad de su alma mediante la manifestación de los pensamientos, atrae sobre él el lamentable veredicto: ‘¡Ay de los que son sabios a sus propios ojos y se tienen a sí mismos por inteligentes!’ (Is 5,21)
Traducido del griego