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Monje y teólogo bizantino del siglo VII, antiguo secretario imperial de Heraclio, fue el gran adversario del monotelismo, por lo que sufrió mutilación y destierro. Autor de las 'Centurias sobre la caridad', las 'Ambigua', las 'Cuestiones a Talasio' y la 'Mistagogia', es una de las cumbres de la síntesis entre dogma y ascesis, y una de las fuentes principales de Larchet.
Las fuentes griegas lo hacen nacer en Constantinopla; una Vida maronita siríaca lo sitúa en Hesfin (Hisfiyya), en Palestina/Golán, hipótesis discutida por la crítica.
Si la esencia de la virtud en cada hombre es indiscutiblemente nuestro Señor Jesucristo mismo -como está escrito: ‘Ha sido hecho para nosotros sabiduría y justicia, santificación y redención’ (1 Cor 1, 30), y evidentemente estas cosas se dijeron de Él de forma absoluta, por cuanto Él es la Sabiduría, la Justicia y la Santidad mismas-, todo hombre que participa de la virtud según una conducta estable, participa sin duda de Dios, Esencia de las virtudes, por cuanto ha cultivado con voluntad sincera la simiente natural del bien, y ha vuelto el fin idéntico al principio y el comienzo idéntico al fin, o más bien ha mostrado la identidad real tanto del comienzo como del fin, en perfecto acuerdo con Dios. Pues el comienzo y el fin de cualquier cosa es la intención de Dios acerca de ella: es el comienzo porque añade al ser el bien natural, por participación; es el fin porque, según esta participación, por una decisión del libre albedrío, termina el loable camino que conduce a él, camino gracias al cual se convierte en dios al recibir de Dios ser dios, porque al bien natural según la imagen él ha añadido por libre voluntad la semejanza constituida por las virtudes, que opera, según el deseo de la naturaleza, el regreso a su principio y la intimidad con Él
La caridad, es, pues, un gran bien, el primero de los bienes, el bien supremo; ella, que tiende a hacer aparecer a un hombre como el creador de los hombres por la exacta semejanza en el bien con Dios, en la medida en que esto es posible para un ser humano
Nada hay en realidad más deiforme que la caridad..., nada que eleve más a los hombres a la deificación
Ella [la caridad] une a Dios y hace que el que ama se asemeje a Dios
[La caridad perfecciona la naturaleza humana hasta hacerla] aparecer en unidad e identidad con la naturaleza divina en la gracia
De ellas y por ellas [las virtudes] se forma la gracia de la caridad que conduce, deificada, hacia Dios al hombre que él ha creado
Me parece ser una sola y misma cosa alabaros, a Vos y a la virtud, y alabar a Dios que os concede el esplendor de la virtud que, por gracia, os deifica en Dios, haciendo desaparecer las marcas propias del hombre, a la vez que ella en vosotros hace a Dios hombre por condescendencia, dándoos asumir, en cuanto le es posible al hombre, las propiedades divinas
En este momento, como todos los seres finitos, dejamos de poseer nuestras propias facultades y nos convertimos en algo que nuestras facultades naturales no podrían nunca producir, pues la naturaleza humana no posee la capacidad de comprender lo que está por encima de la naturaleza. En efecto, ninguna criatura puede obtener de ella misma la deificación, porque es incapaz de aprehender a Dios. Solo la gracia divina puede operar la deificación, según los méritos de cada uno, irradiar la naturaleza mediante la luz sobrenatural y elevarla, por la excelencia de su claridad, más allá de sus propios límites
Dios aparece entonces en el alma y en el cuerpo, pues las características de su naturaleza son vencidas por la sobreabundancia de la gloria
Dios y los santos tienen una sola y misma energía
A la vez que permanece enteramente hombre por su naturaleza, en su alma y en su cuerpo, se vuelve enteramente dios en su alma y en su cuerpo, por la gracia y el esplendor divino de la gloria beatificante que le conviene por entero
La gracia de la oración une al espíritu con Dios y, por eso mismo, lo retira de cualquier otro pensamiento. El espíritu, conversando entonces con Dios, en su desnudez, se vuelve deiforme