Luchar en los padecimientos es el combate de la virtud, el precio de la victoria que, para los que dan pruebas de paciencia, acarrea la impasibilidad del alma
La impasibilidad no consiste en hacer morir la parte apasionada, sino en traerla del mal al bien, en dirigirla en su misma constitución hacia las cosas divinas tras apartarla completamente del mal y volverla hacia el bien. Para nosotros, el hombre impasible es aquel que ya no posee ningún mal hábito y es rico en buenos hábitos; el que está calificado por sus virtudes, como la gente apasionada lo está por sus malos placeres; el que ha sometido sus apetitos irascible y concupiscible, que constituyen juntos la parte apasionada del alma, a las facultades de conocimiento, de juicio y de raciocinio de esta misma alma, igual que la gente apasionada somete su razón a las pasiones. Pues lo que engendra las pasiones abominables es el mal uso de las potencias del alma... Pero si nos servimos convenientemente de ellas..., practicaremos las virtudes correspondientes con ayuda de la parte apasionada del alma, que actuará en conformidad con la meta que Dios le propuso al crearla; con el elemento concupiscible abrazaremos la caridad; con el elemento irascible asumiremos la paciencia. El hombre impasible, por tanto, no será el que haya hecho morir la parte apasionada de su alma (pues entonces no habría en él impulso ni acción para adquirir un estado divino, ni relaciones con Dios, ni disposiciones divinas del espíritu), sino aquel que la haya sometido, a fin de que, por obediencia al espíritu, que por naturaleza posee la preeminencia, se dirija, como conviene, a Dios y tienda hacia Dios