Quotes on orgullo — 108 quotes

On orgullo

¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te enorgulleces como si no lo hubieras recibido?

Pablo Apóstol 1 Cor 4, 7

Despreciad toda gloria procedente de los hombres, para no buscar más que aquella que merece verdaderamente ese nombre, gloria que solo Dios dispensa a quienes son dignos de ella

Orígenes Orígenes, Tratado de la oración, 19

[El orgulloso] hace alarde de lo que posee y se esfuerza por parecer más de lo que en realidad es

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Pequeñas reglas, 55

[El orgullo es] la voluntad de sobrepasar a los demás

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Tratado de la virginidad, IV, 2

[El orgulloso llega a] no hacerle caso en absoluto [al prójimo], como si no existiera

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Tratado práctico, 14; Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, II, 31; Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 38; III, 84; Talasio, Centurias, IV, 29; Juan Clímaco, Escala, XXII, 1-2; Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Tesalonicenses, I, 2

Imaginando que se convertiría en Dios, perdió el estado que poseía

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 2; LXV, 6; Comentario a san Juan, IX, 2

[Un monje,] hinchado por el orgullo, fue tomado por un espíritu de Pitón

Padres del desierto Apotegmas, serie alfabética, Antonio, 37; Apotegmas, K 300

Él creyó que el esplendor de la sabiduría y la belleza de las virtudes con las que le había adornado la gracia del Creador las había obtenido por el poder de su propia naturaleza y no por la magnificencia divina. Infatuado por esta razón, como si no tuviera necesidad del auxilio divino para perseverar en esta pureza, se juzgó semejante a Dios y pretendió que, como Dios, no necesitaba a nadie; puso su confianza en su libre albedrío y creyó que de este modo podría procurarse en abundancia todo lo que la perfección en la virtud y la beatitud eterna exigen. Este único pensamiento fue su primera caída

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4 (2). Cf. 5

Contribuyes a tu propia condenación al osar arrogarte aquello por lo que más bien deberías dar gracias a Dios

Barsanufio de Gaza Barsanufio, Cartas, 412

[La segunda forma de orgullo consiste] en atribuirse las buenas obras a uno mismo y no a Dios

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, II, 31

Corrompe el alma como una enfermedad contagiosa y generalizada corrompe el cuerpo

Gregorio Magno Gregorio Magno, Morales sobre Job, XXXIV, 23 (la misma afirmación se encuentra en Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 3)

[El orgullo se manifiesta como] rechazo del auxilio divino y confianza presuntuosa en las propias fuerzas

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 1; 2; 31

[El orgulloso es aquel] que se jacta de los bienes dados por Dios, como si procedieran de sus propias acciones rectas

Máximo el Confesor

Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza según el espíritu.

Francisco de Asís Admoniciones, 5

Los hombres nacen hombres y traen al nacer las deficiencias de los hombres

Gregorio Palamas Gregorio Palamas, Homilías, 5; cf. 43

Aquel que cree ser algo cuando no es nada, se engaña a sí mismo

Pablo Apóstol Gal 6, 3

Lo que nos hiere no son las palabras; es nuestro orgullo lo que nos subleva, y la buena opinión que tenemos sobre nosotros mismos

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Homilías, X, Sobre la ira

Es como si los hombres que al comienzo, por la transgresión, acogieron el pecado e hicieron entrar la enfermedad, hubieran tejido el mal en nuestra sustancia. La naturaleza quiere que cada especie animal se perpetúe transmitiendo su herencia a sus crías

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Homilías sobre las bienaventuranzas, VI, 5. Cf. Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 61, en PG 90, 632A

El demonio del orgullo es el que arrastra al alma a la caída más dañosa

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Tratado práctico, 14. Cf. también Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 3

Este ángel orgulloso los hace caer desde entonces en la misma impiedad, engañándolos con la ilusión de que se volverán semejantes a Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 2. Cf. también Comentario a san Juan, IX, 2

Todas las cosas malas nos ocurren a causa del orgullo

Padres del desierto Un anciano — Apotegmas, XV, 115

[Esta segunda forma de orgullo] afecta especialmente a quienes sobresalían en alguna virtud

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10; 12; Instituciones cenobíticas, XII, 24; Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 59

Nuestro gran y celestial médico nos ha dado remedios y cataplasmas... Ante todo, nos ha dado la humildad, que destierra todo orgullo

Barsanufio de Gaza Barsanufio, Cartas, 61

[El orgulloso es llevado] a no hacer ningún caso de él [del prójimo], como si no fuera nada

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, II, 31

[El primer daño que sufre el orgulloso es] estar ciego y perder la rectitud de su juicio

Gregorio Magno Gregorio Magno, Morales sobre Job, XXXIV, 23

Sucede que todas las pasiones se retiran de algunos fieles, e incluso de algunos infieles, salvo una sola; y esta queda como el más grande de todos los males que llena por sí solo el lugar de todos los demás

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXVI, 45

[Damos muestras de orgullo si pensamos] que la posesión de la virtud y del conocimiento es obra nuestra, conforme a la naturaleza, y que no nos ha sido sobreañadida por la gracia

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 52, en PG 90, 492A (cf. 493A); 493C

Dice el Apóstol: la letra mata, pero el espíritu vivifica. Están muertos por la letra los que sólo desean saber las palabras, para ser tenidos por más sabios entre los demás y poder adquirir grandes riquezas para dar a sus parientes y amigos.

Francisco de Asís Admoniciones, 7

No puede engendrar seres semejantes a Dios, sino semejantes a sí mismo, antiguos y sometidos a la corrupción

Gregorio Palamas Gregorio Palamas, Homilías, 5; cf. 43

¿Qué te distingue? ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?

Pablo Apóstol 1 Cor 4, 7

Se cura por la fe en Aquel que ha dicho: ‘El Señor se opone a los orgullosos y da su gracia a los humildes’ (Sant 4, 6), es decir, por el temor de la sentencia a la que se exponen por el orgullo

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Pequeñas reglas, 35

La humildad es la madre de la mansedumbre del corazón. Si cierras la puerta al orgullo, la ira no encuentra entrada. La brutalidad y la ignominia provocan esta enfermedad en los violentos. Pero la ignominia no alcanza al que practica la humildad

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Homilías sobre las bienaventuranzas, II, 5

Vienen a continuación [del orgullo] el extravío de la mente (έκστασις), la locura (µανία) y la visión de una multitud de demonios en el aire

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Tratado práctico, 14

Los otros males que hay en nosotros provienen de nuestra negligencia, mientras que este lo contraemos haciendo el bien

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 1

El orgullo es la causa de las enfermedades más graves

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 8

¿Por qué hemos caído en esta miseria? ¿No es a causa de nuestro orgullo, a causa de nuestra locura (άπόνοια)? ‘El hombre está loco (µωρός)’, dice Dios al contemplar esta insolencia

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, I, 8

El orgullo no se contenta con destruir una sola virtud; se dirige contra todas las partes del alma y las corrompe a la manera de una enfermedad contagiosa y generalizada que mata el cuerpo entero

Gregorio Magno Gregorio Magno, Morales sobre Job, XXXIV, 23

El que uno crea que no es orgulloso es uno de los síntomas más claros de que lo es

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 14

Cuando las pasiones dormitan surge el orgullo, tanto por causas inconscientes como por un ataque solapado de los demonios

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 40

Dios es quien produce en vosotros el querer y el hacer, según su benevolencia

Pablo Apóstol Flp 2, 13

No podemos liberarnos de esta pasión más que absteniéndonos de cualquier ejercicio de superioridad, igual que no se olvida una lengua o un arte más que cesando por completo, no solo de practicarlo o de hablar uno mismo, sino también de oír hablarlo y de ver practicarlo a otros

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Pequeñas reglas, 35

La humildad arruinará la soberbia, la modestia curará el orgullo malsano

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Homilías sobre el Padrenuestro, IV, 2

Inmediatamente [tras los pensamientos de cenodoxia] surge el demonio del orgullo, que envía rayos incesantes por el aire de la celda y dragones alados, y que causa el último de los males, la privación del espíritu (οτέρησις φρενών)

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, De los diversos malos pensamientos, 23

Lo que la inflamación es para el cuerpo, lo es el orgullo para el alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Timoteo, XVII, 1

Es una enfermedad infecciosa y generalizada, que no se limita a contaminar un solo miembro, sino que los destruye todos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 3

El médico de nuestras almas es Cristo, que lo sabe todo y da a cada pasión el remedio apropiado, quiero decir, sus mandamientos: contra la cenodoxia, la humildad

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, XI, 113 (cf. II, 29)

Los siete vicios principales son los retoños que brotan directamente de esta raíz corrompida

Gregorio Magno Gregorio Magno, Morales sobre Job, XXXI, 45 (cf. XXIV, 23)

[Fuera de Dios el hombre] no es más que tierra

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 18

Utilizamos el bien para que venga el mal

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 52, en PG 90; 493C

Eso no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios

Pablo Apóstol Rom 9, 16

[El monje caído en el orgullo] ve por la noche en el aire de la celda rayos de fuego brillantes a lo largo de las paredes, y toda su habitación llena de etíopes

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, recensión larga del Tratado práctico, ed. Muyldermans, p. 47, 13-17

El orgullo no es sino un trastorno de la mente, una enfermedad muy grave y cruel que procede únicamente de la demencia, pues no hay nada más insensato que un orgulloso

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XVI, 4

Destruye no solo -como hacen los otros vicios- la virtud que le es contraria, la humildad, sino todas a la vez

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 3

Mantenerse por debajo de todos [se opone] a la primera forma de orgullo. En efecto, el que se pone por debajo de todos, ¿cómo podría creerse más grande que su hermano, elevarse en algo, censurar o despreciar a alguien?

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, II, 38

El orgullo es una extrema pobreza del alma, que imagina ser rica y toma sus tinieblas por la luz

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 23

[El orgullo es] la raíz, la fuente y el padre de todo pecado

Máximo el Confesor Cf. Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 52, en PG 90, 493A; Ammonas, Instrucciones, IV, 28; Simeón el Nuevo Teólogo, Capítulos teológicos, gnósticos y prácticos, I, 75; Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 84

[El monje orgulloso] cae entonces en el extravío (έκστασις), se exalta y, bajo los efectos del miedo, olvida el estado humano

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, recensión larga del Tratado práctico, ed. Muyldermans, p. 47, 17-19

El que se halla preso de esta pasión no está menos afectado que los locos (µαίνοµένοι)

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

Aunque esta enfermedad sea la última y venga al final de la lista de los vicios, por su origen en el tiempo ocupa el primer puesto

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 1 (cf. 6)

Cree que desprecio y ultrajes son remedios contra el orgullo de tu alma, y ruega por aquellos que te maltratan, como si se tratara de verdaderos médicos

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Cartas, 2

Es vergonzoso que nos gloriemos de un adorno que no nos pertenece; pero la suprema locura es alardear de los dones de Dios

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 16

La humildad libera al espíritu... de la cenodoxia

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, I, 80

Eres una criatura de Dios; no repudies a tu Creador

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, De los ocho espíritus de malicia, 17

No es el conocimiento lo que conduce al vértigo del orgullo, sino la ignorancia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Timoteo, XVII, 1

Todos los vicios, una vez dominados, se marchitan y cuando han sido vencidos se debilitan de día en día... La cenodoxia, tras ser abatida, vuelve a levantarse para combatir con mayor violencia y, cuando la creemos extinguida, se apoya en su derrota para incrementar su fuerza. Los otros vicios no atacan generalmente más que a aquellos a los que ya han vencido; pero este persigue más sañudamente a sus vencedores y, cuanto más enérgicamente ha sido aplastado, más se aprovecha del orgullo de su vencedor para atacarlo más violentamente

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XI, 7; 9

La oración continua... se opone a la segunda clase de orgullo... El que ruega a Dios sin cesar conoce la fuente de cualquier buena obra que le sea dado realizar, y no puede concebir orgullo por ella ni atribuirla a sus propias fuerzas. Atribuye a Dios toda obra buena, y no deja de darle gracias y de invocarlo, temiendo que la pérdida de semejante auxilio deje aparecer su propia debilidad y su impotencia

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, II, 38

Cuando el demonio establece su morada en el alma de aquellos que se han convertido en sus esclavos, se les aparece en sueños, o incluso cuando están despiertos, bajo la figura de un ángel de luz o de un mártir; y entonces les descubre algunos secretos y les da en apariencia algunas gracias extraordinarias para que esos pobres desgraciados, engañados de tal manera, pierdan completamente la razón

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 19

La caridad suprime el orgullo

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, IV, 61

No tienes nada que no hayas recibido de Dios... Reconoce a quien te ha dado y deja de ensalzarte... Dios te ha ayudado; no reniegues de tu bienhechor

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, De los ocho espíritus de malicia, 17

El que es presa de esta pasión pierde, por decirlo así, la lucidez de las percepciones

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

Aplicad al miembro o a la parte del alma que... está especialmente herida el remedio de la verdadera humildad

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 16 (cf. 15)

[Cristo] nos muestra la causa que conduce al desprecio y a la transgresión de los preceptos de Dios; de este modo nos proporciona el remedio para que podamos obedecer y salvarnos. ¿Cuál es, pues, este remedio y cuál es la causa del desprecio? Escuchad lo que dice nuestro Señor mismo: ‘Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo para vuestras almas’ (Mt 11,29). He aquí que brevemente, en pocas palabras, nos muestra la raíz y la causa de todos los males, así como su remedio, causa de todos los bienes; nos muestra que es el engreimiento lo que nos ha hecho caer, y que es imposible obtener misericordia si no es por medio de la disposición contraria, que es la humildad

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, I, 7

Igual que las tinieblas son incompatibles con la luz, el orgullo es inconciliable con las virtudes

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 26

El que se eleva por unas cosas que no tienen nada de real, el que infla su corazón por una sombra, por la flor de la hierba (cf. 1 Pe 1, 24)..., ¿no es acaso el más ridículo de todos los hombres? Es como un pobre que padeciera hambre continuamente y se jactara de haber tenido una vez durante la noche un sueño agradable

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XVI, 4

Aprenderemos cómo evitar el veneno tan peligroso de esta enfermedad buscando su causa y su origen. En efecto, las enfermedades no podrán curarse nunca, ni se podrán encontrar los remedios para los problemas de salud, si antes no se buscan mediante una investigación minuciosa sus orígenes y sus causas

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4, 2 (cf. XI)

Cristo nos enseña la causa que lleva hasta el desprecio y la transgresión de los preceptos de Dios [a saber, el orgullo]; nos proporciona así el remedio para que podamos obedecer y salvarnos. ¿Cuál es este remedio y cuál es la causa del desprecio? Escuchad lo que dice nuestro Señor mismo: ‘Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas’ (Mt 11, 29). He aquí que, brevemente, en muy pocas palabras, nos muestra la raíz y la causa de todos los males, junto con su remedio, fuente de todos los bienes; nos muestra que lo que nos ha hecho caer es el habernos elevado, y que no se puede obtener misericordia sino mediante la disposición contraria, que es la humildad

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, I, 7

[El orgullo es] el apoyo de los demonios

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 1

Nadie se conoce más perfectamente que aquel que cree que él no es nada en absoluto

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XXV, 4

Podremos salir totalmente indemnes de esta enfermedad mortal si no esperamos para mantenernos en guardia que sus peligrosos asaltos le hayan dado ya poder sobre nosotros; pero necesitamos que un sabio y prudente discernimiento prevenga lo que podríamos llamar sus avanzadillas

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 29

[El orgulloso] no necesita al demonio, pues se ha convertido para sí mismo en un demonio y un enemigo

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 25

El orgulloso se desconoce a sí mismo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XXV, 4

Podremos escapar de la red que este espíritu nos tiende con su maldad si, a propósito de cada una de las virtudes en las que tenemos la impresión de haber progresado, decimos con el apóstol: ‘No soy yo, sino la gracia de Dios conmigo’, y: ‘Por la gracia de Dios soy lo que soy’ (1 Cor 15, 10)

Juan Casiano Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 15

(La ira es) síntoma de un gran orgullo

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, VIII, 16; XXV, 4; VIII, 9

El diluvio de los males, que inunda toda la tierra, no tiene otra fuente que el orgullo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 3; Comentario a san Juan, IX, 2; Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 85

En cada una de nuestras acciones tenemos, no solo que sentir, sino también que reconocer: ‘Yo no puedo hacer nada por mí mismo. El Padre que está en mí es quien actúa’ (Jn 5, 30; 10, 14)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 17

Esforcémonos por no gozar sino de la gloria de arriba. En efecto, quien ha gustado de ella despreciará cualquier gloria terrena

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXI, 29

[A causa del orgullo, la vida del hombre] va acompañada de tantos dolores y miserias

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 3; Comentario a san Juan, IX, 2; Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 85

Aprendamos, sintiendo en cada acción nuestra debilidad y su ayuda, a proclamar cotidianamente: ‘Me empujaron para hacerme caer, pero el Señor me sostuvo; mi fuerza y mi alabanza es el Señor: Él fue mi salvación’ (Sal 117, 13-14)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 17

Desde el momento en que... la santa humildad empieza a florecer en nosotros, nos ponemos de inmediato... a odiar toda gloria y toda alabanza humana

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXI, 4

Este vicio basta para echar a perder todo lo bueno que hay en un alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XVI, 4 (cf. Homilías sobre Ozías, III, 1; Homilías sobre 2 Tes, I, 2)

El creador del universo y su médico, Dios, sabiendo que el orgullo es la causa de las enfermedades más graves, se preocupa de curar los contrarios mediante los contrarios, de modo que lo que había caído por el orgullo vuelva a levantarse por la humildad

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 8; Conferencias, XXIV, 15-16

Habrá poca esperanza de salvación para estos enfermos

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXII, 14-15

El orgullo es el mal culminante del hombre, y la raíz y la fuente de todos los pecados del mundo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, IX, 2. Lo afirma indirectamente Juan Clímaco, cf Escala, XXII, 4

Si la peste infecciosa infecta la parte racional, engendra en ella la cenodoxia, el encumbramiento, el orgullo, la presunción... Aplicad, pues, al miembro o a la parte de vuestra alma que hemos dicho que está especialmente herida, el remedio de la verdadera humildad

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 15-16

El orgullo visible se cura mediante una situación oscura

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, Recapitulación, 13; cf. XXII, 15

Al que se encuentra poseído por esta pasión le sucede todo lo contrario de lo que desea

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozias, III, 4; Comentario a san Mateo, LXV, 6

Todo lo que te ha sucedido desde que naciste, igual que el mismo nacimiento, te lo ha dado Dios

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXV, 22

Tiene unos elevados sentimientos sobre sí mismo, quiere que todos le honren; por el contrario, todos le desprecian... Todos los hombres se convierten en enemigos suyos, nadie lo apoya

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozias, III, 4; Comentario a san Mateo, LXV, 6

Cuando nuestro pensamiento deja de elevarse a propósito de los bienes naturales, es señal de que comienza a recobrar la salud

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXV, 22

[El orgullo] hace del hombre un demonio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Tesalonicenses, I, 2

¿Qué tienes tú que no hayas recibido como un don gratuito, ya sea de Dios mismo, ya por la ayuda y las oraciones de los otros?

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XII, 15; 21

Para las enfermedades del alma, nuestros discursos tienen que cumplir dos acciones: primero curar la enfermedad; luego, tras la curación, impedir las recaídas. Actualmente buscamos un método para una terapéutica difícil; no se trata aún de alcanzar la plena salud. ¿Cómo cortar por lo sano este defecto deplorable? ¿Cómo calmar esta fiebre cruel de la ira? Veamos de dónde procede y destruyamos la causa. ¿De dónde suele proceder? De un exceso de arrogancia y de orgullo. Suprimamos esta causa, y la enfermedad desaparecerá

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXXII, 3

De todas las virtudes que has adquirido, solo las que has adquirido sin ayuda de tu inteligencia te pertenecen, pues tu inteligencia te la ha dado Dios. De todas las victorias que has logrado, solo las que has logrado sin la cooperación de tu cuerpo son resultado de tu esfuerzo, pues tu cuerpo es obra de Dios, no tuya

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XV, 79; XXII, 16

[El hombre, sin Dios, no es sino] polvo y ceniza, sombra y humo

Juan Crisóstomo Cf. Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXX, 3; Homilías sobre 2 Tesalonicenses, I, 2; Homilías sobre Ozías, IV, 4; Comentario a san Juan, XXXIII, 3

El orgullo invisible solo puede curarlo Aquel que es eternamente invisible

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, Recapitulación, 13; XXVI, 164 (cf. XXII, 10; 30). Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 18

A esta humildad le otorga Cristo el primer puesto en sus bienaventuranzas, porque el diluvio de males que inunda la tierra no tiene otra fuente que el orgullo... Como el orgullo era, por así decir, el mal culminante del hombre y la raíz y fuente de todos los pecados del mundo, Jesucristo, para curarlo mediante un remedio contrario, estableció primero esta ley de la humildad como fundamento inamovible del edificio que quería construir. Cuando se ponga este fundamento, el que construya podrá elevar sin temor el resto del edificio; pero si falta, cuando el edificio se eleve hasta el cielo, necesariamente se tambaleará y se irá cayendo a pedazos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 2

Los hombres pueden curar a los voluptuosos; los ángeles, a los malvados; pero a los orgullosos, únicamente Dios

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, Recapitulación, 13; XXVI, 164 (cf. XXII, 10; 30). Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 18

Si esta pasión [del orgullo] por sí sola, sin el concurso de ninguna otra, ha podido hacernos caer del cielo, podemos preguntarnos si no sería posible subir al cielo solo por medio de la humildad, sin ayuda de ninguna otra virtud

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XII, 12. Cf. Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 48