Igual que no es posible cruzar el gran mar sin un barco, así tampoco puede nadie llegar al amor sin el temor. El mar nauseabundo que nos separa del paraíso espiritual no podemos atravesarlo más que en la nave del arrepentimiento, dirigido por los remeros del temor. Pero si estos remeros del temor no gobiernan la nave del arrepentimiento, con la que cruzamos el mar de este mundo para ir a Dios, somos engullidos en las aguas nauseabundas. El arrepentimiento es la nave. El temor es su piloto. Y el amor es el puerto divino
De la fe nace el temor de Dios. Pues bien, cuando este acompaña a las obras y se eleva por poco que sea hacia el cumplimiento, engendra el conocimiento espiritual... La fe suscita en nosotros el temor, y el temor nos fuerza a arrepentirnos y a poner manos a la obra. Así se le da al hombre el conocimiento espiritual, que es la sensación de los misterios, la cual engendra la fe de la verdadera contemplación. Sin embargo, el conocimiento espiritual no nace sencillamente de la fe pura, sino que la fe engendra el temor de Dios; y en el temor de Dios, cuando empezamos a actuar por él, de la energía de este temor nace el conocimiento espiritual, como dijo san Juan Crisóstomo: ‘Cuando alguien adquiere la voluntad de seguir el temor de Dios y la recta sabiduría, recibe rápidamente la revelación de los misterios’