Citas sobre codicia — 46 citas

Sobre codicia

La codicia es una idolatría

Pablo Apóstol Col 3, 5

A pesar de toda su precariedad, nos agarramos a la prosperidad de aquí abajo con tal frenesí, y nos dejamos embaucar por estas alegrías engañosas hasta tal punto, que ya no podemos imaginar nada más fuerte ni más grande que los bienes temporales

Gregorio Nacianceno Gregorio Nacianceno, Discursos, XIV, 20-21

Debemos utilizar la riqueza como administradores, no como quienes se proponen gozar de ella

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Homilías contra los ricos, VII, 3. Cf. Gregorio Nacianceno, Discursos, XXVI, 11

[Quien posee riquezas] se apropia de bienes que no le pertenecen en absoluto

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Tratado de la virginidad, IV, 1; 3. Cf. también Juan Crisóstomo, Homilías sobre I Corintios, XXIX, 8

Todo el que posee en abundancia piensa que todavía es demasiado pobre

Ambrosio de Milán Ambrosio de Milán, Nabot el pobre, 50

Es imposible que la caridad coexista en alguien con las riquezas

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Tratado práctico, 18

[Por la avaricia y la codicia, el hombre se vuelve] enemigo de sí mismo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXX, 4

[El avaro descuida] la figura y la imagen de Dios, que debería conservar inmaculada en él dando culto a Dios

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 7, 6

Cuando ha alcanzado un montón de cosas en su avaricia, su misma saturación lo oprime. Mientras su única preocupación es buscar cómo conservar lo que ha adquirido, esta saciedad lo angustia. El primer dolor que siente son los quebraderos de cabeza causados por todas las cuestiones que le plantea su deseo inmoderado: ¿cómo obtener lo que apetece?... Luego, una vez colmados estos deseos, surge otro dolor: la inquietud por preservar todo eso que ha adquirido con tanto trabajo. Se halla, pues, agobiado por toda clase de dolores, que son aquí abajo el castigo por su codicia y la preocupación por conservar lo que posee

Gregorio Magno Gregorio el Grande, Morales sobre Job, XV, 19

[La filargiria] produce odios, envidias, divorcios, enemistades, disturbios, resentimientos, injurias, acciones inhumanas y asesinatos

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XVI, 24

La avaricia tiene tres causas: el placer, la vanagloria y la falta de fe. La falta de fe es más grave que las otras dos

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, III, 17

[Las cosas son de todos en cuanto a su uso, pero] no son de nadie en cuanto a su propiedad

Simeón el Nuevo Teólogo Simeón el Nuevo Teólogo, Catequesis, XX, 95-97

Si quieres ser amigo de Cristo, despreciarás el oro y su codicia. Pues dirige hacia ella el pensamiento de quien ama y lo arranca al muy dulce amor de Jesús

Nicetas Stéthatos Nicetas Stéthatos, Centurias, II, 55-56

Si esta enfermedad echa raíces en nosotros, es peor que todas las demás

Nil Sorsky Nil Sorsky, Regla, V

El codicioso es un idólatra

Pablo Apóstol Ef 5, 5

Nuestros bienes de aquí son fugaces y pasajeros; pasan de mano en mano como en un juego de dados y no hay nada que poseamos realmente

Gregorio Nacianceno Gregorio Nacianceno, Discursos, XIV, 20-21

[El avaro y el codicioso] traspasan los límites normales

Basilio de Cesarea Cf. Basilio de Cesarea, Reglas breves, 48

[La pleonexía desencadena] la ira contra los iguales o el desdén de los inferiores, o la envidia de quien nos sobrepasa; ahora bien, la envidia va acompañada por la hipocresía, el desdén por la acritud, la ira por la misantropía

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Tratado de la virginidad, IV, 5

Los ricos y los avaros son ladrones de un cierto tipo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Lázaro, I. Cf. Homilías sobre 1 Corintios, X, 4; Basilio de Cesarea, Homilías contra los ricos, VII, 5; Homilías contra las riquezas, VI, 5

Si por descuido le hemos dado entrada una vez [a esta pasión] en el corazón, se vuelve más peligrosa que las otras enfermedades y más difícil de combatir

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 2

Algunos remedios inmovilizan las pasiones y les impiden ponerse en marcha e intensificarse... Por ejemplo, el ayuno, el esfuerzo (κόπος) y las vigilias impiden que la codicia adquiera fuerza

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 47

El que ha preservado desde el principio la imagen y la semejanza [de Dios], o la ha recordado y recobrado, ha recibido también la facultad de ver según la naturaleza. Ve todas las cosas tal como son por naturaleza... Ve el oro y, lejos de apegarse a su brillo, piensa que esta materia viene de la tierra y que no es más que polvo o piedra que nunca podrá transformarse en otra cosa. Contempla el dinero, la perla y todas las piedras preciosas y, lejos de que su fulgor capte sus sentidos, no ve en todo aquello sino unas piedras como las demás y todo le parece igual de barro. Ve unos vestidos lujosos y, lejos de admirar sus bordados, considera que son excrementos de gusanos y siente lástima de aquellos que obtienen placer de ellos y los buscan como algo precioso

Simeón el Nuevo Teólogo Simeón el Nuevo Teólogo, Tratados éticos, VI, 217-233

Si esta enfermedad es un mal tal que ha recibido el nombre de segunda idolatría, ¿de qué vicio no desbordará el alma que enferma de ella?

Nicetas Stéthatos Nicetas Stéthatos, Centurias, II, 55

¿Quién huirá de esos bienes fútiles? ¿Quién mirará los bienes presentes como bienes caducos? ¿Quién discernirá la realidad de la apariencia? ¿Quién sabrá distinguir la engañifa de la verdad?

Gregorio Nacianceno Gregorio Nacianceno, Discursos, XIV, 20-21

En todas partes no ves más que tu oro, en todas partes lo imaginas. El oro obsesiona tus sueños de noche y te atormenta de día. Los locos no ven el mundo real, sino las alucinaciones de su cerebro confundido. Lo mismo tu alma, presa de su idea fija, lo ve todo de oro, todo de dinero

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Homilías contra la riqueza, VI, 1; cf. VII, 1

[En aquellos a quienes estas pasiones atañen profundamente] ocurre todo como si cambiaran de naturaleza y perdieran todos los rasgos de su especie para convertirse en monstruos

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Del amor a los pobres, 2

La filargiria nos atrae el odio universal

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 4, 2

Pues incluso quien no posee dinero puede ser filárgico y no sacar ningún provecho de su privación, si no ha sido capaz de eliminar la codicia

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 21; 22

Quien se libera de todas las codicias del mundo se vuelve inaccesible a cualquier tristeza del mundo

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, I, 22

[La filargiria] hace que nos detesten todos, los que han sido víctimas de la injusticia e incluso aquellos a los que no han pisoteado nuestras injusticias

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2. Cf. Homilías sobre la Epístola a los hebreos, I, 4

En las riquezas no hay más que motivos de aflicción, de divisiones, de querellas, de trampas, de odios y de temores

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

Si no cortamos la pasión desde el principio, una vez que entre en nosotros nos traerá una enfermedad de la que ya no podremos curarnos

Juan Crisóstomo Cf. Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IX, 6; LII, 6; Homilía sobre la traición de Judas', Homilías sobre 1 Corintios, IX, 4; Discurso: A quien no se daña («esta grave enfermedad..., esta enfermedad que desafia a todo remedio y se apodera de todas las almas»); Comentario a san Juan, LXV, 3; Homilías sobre I Corintios, XXIII, 5; 6

No hay enfermedad más cruel que esa hambre incesante que los médicos llaman bulimia; por más que se come, nada puede calmarla. Transportad semejante enfermedad del cuerpo al alma, ¿hay algo más espantoso? Pues bien, la bulimia del alma es la avaricia; cuanto más se atiborra de alimentos, más desea. No deja de extender siempre sus deseos más allá de lo que posee

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Timoteo, VII, 2

Los avaros no son más que los esclavos de sus bienes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

[En los avaros y codiciosos] no hay nunca tranquilidad ni seguridad para su alma...; ni la noche ni el día les aportan sosiego..., sino que están atormentados por todas partes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 142, 4; cf. también Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

Están siempre agitados y su alma no tiene un momento de reposo. La impaciencia por adquirir lo que aún no tienen hace que estimen en nada lo que ya poseen. Por un lado tiemblan por la aprensión de perder lo que ya han acumulado, y por otro se esfuerzan por hacer nuevas adquisiciones, es decir, nuevos motivos de temor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, I.XXXI,4

¿Dónde está el placer y el descanso del espíritu que se encuentra en las riquezas?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

Yo os confieso que no veo más que motivos de aflicción y de pena... y una tristeza que no da tregua

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

Los avaros no están privados del gozo de lo que tienen solo porque no se atreven a utilizarlo como desean, sino también porque nunca poseen lo bastante y siempre tienen sed de más. ¿Hay algo más penoso?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

El apego que tienen a sus riquezas no es una prueba de la satisfacción que encuentran en ellas, sino de la enfermedad y del desequilibrio de su mente

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

El avaro vive en tinieblas y extiende una espesa noche sobre el mundo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

[Los avaros] son muy miserables porque dan el cielo a cambio de un poco de tierra y de barro. Se parecen a un rey que, después de cambiar su reino por un estercolero, se vanagloriara de ese trueque, como si ese estercolero valiera más que su corona

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXIII, 4

Los que viven sumidos en las tinieblas de la sinrazón ya no reconocen la verdadera naturaleza de las cosas, se revuelcan en la basura y el estercolero deja de parecerles un estercolero; poseídos por la avaricia, son insensibles al mal olor que ésta exhala

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXIII, 4; Comentario al salmo 9, 1

Gran número de hombres juzgan mal las cosas de aquí abajo y por eso caen en el desaliento. Ocurre que los locos se espantan de lo que no tiene nada de espantoso, temen cosas que a menudo no existen y huyen de las sombras. Los hombres que temen perder el dinero se parecen a ellos. En efecto, este temor no es imputable a la naturaleza, sino a la voluntad. Si hubiera aquí un verdadero motivo de aflicción, todos aquellos que sufren pérdidas deberían ser desgraciados; pero, si la misma desventura no produce en nosotros la misma aflicción, eso quiere decir que el principio de la aflicción no está en la naturaleza, sino en la bajeza de nuestros pensamientos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 9, 1

El querer superar al otro en la posesión de los bienes materiales no tiene otro principio que la disminución de la caridad; la avaricia no tiene otra fuente que el orgullo, el odio a los hombres y el desprecio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los efesios, XVIII, 3

[Es preciso] comprender la falta de valor de las cosas, saber que la riqueza es un esclavo fugitivo e ingrato, que sume a sus posesores en multitud de males

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXIII, 5; XI, 5