Por tanto, ¿quién, afligiéndose cada día, puede continuar viviendo con ira en lugar de volverse manso? Lo mismo que el agua se derrama sobre el fuego de un hogar, así la aflicción y las lágrimas apagan la furia del alma, hasta tal punto que el hombre que se ha entregado largo tiempo a ellas puede ver cómo su alma irascible se transforma hasta conseguir una calma inmutable