Por la falta de uno solo murió la multitud
Para no ser negligentes, nos conviene meditar estas palabras del apóstol: ‘Muero cada día’ (1 Cor 15, 31). En efecto, si vivimos como si tuviéramos que morir cada día, no pecaríamos. Lo que hay que entender por esto es que cada día, al despertarnos, pensemos que no subsistiremos hasta la tarde y, asimismo, cuando estemos a punto de acostarnos, pensemos que no nos despertaremos
Nuestro muy santo y experimentado maestro solía decirnos: ‘El monje tiene que estar siempre preparado, como si fuera a morir al día siguiente... En efecto -decía él-, esto suprime los pensamientos de la acedia y vuelve al monje más celoso’
Le preguntaron a un anciano ‘¿Por qué no te desanimas nunca?’. Y él contestó: ‘Porque cada día cuento con que voy a morir’
Nosotros no hemos heredado la transgresión -puesto que Adán mismo la cometió no por necesidad, sino voluntariamente-, sino que hemos heredado la muerte, necesariamente, puesto que ella dominó sobre él por necesidad, y también ha reinado sobre todos aquellos que no habían pecado a semejanza de Adán
La muerte reinó... incluso sobre aquellos que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán
Por mi parte, temo tres cosas: el momento en que mi alma salga del cuerpo, cuando deba aparecer ante Dios, y cuando se dicte sentencia contra mí
Nosotros, por lo tanto, hemos heredado solo la muerte de Adán
Igual que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron
Como el primer hombre estaba muerto, es decir, separado de Dios, nosotros no podíamos vivir en Dios