Monje benedictino y papa de 590 a 604, uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina, autor de los «Moralia in Job», la «Regla pastoral» y los «Diálogos». Su análisis de los vicios capitales y su enseñanza sobre la compunción y la cura de almas hicieron de él el gran maestro de espiritualidad del Occidente medieval.
Murió el 12 de marzo de 604.
Picado por el aguijón de la ira, el corazón palpita, el cuerpo tiembla, la lengua bosteza, el fuego sube al rostro, los ojos brillan: el hombre se vuelve irreconocible para quienes lo conocen. La boca profiere sonidos, pero la inteligencia ya no sabe lo que dice. ¿En qué se diferencia de un loco en trance un hombre que deja de ser consciente de lo que dice? A menudo sucede que la ira baja hasta los puños y surge con una violencia que se corresponde con su sinrazón. La mente ya no es capaz de ningún control, pues se ha vuelto el juguete de una potencia extraña a ella; y si su rabia actúa sobre sus miembros en el exterior haciendo que golpeen, es porque en el interior mantiene cautiva al alma, que debería dominarla
[La ira] perturba el alma y, por decirlo así, la desgarra y la corta
[La ira] arroja en [el alma] la confusión
El pecado de la ira, al aniquilar la ternura de nuestra alma, corrompe nuestra semejanza con la imagen divina
En cuanto el Espíritu Santo la abandona, vemos al alma arrastrada a una evidente locura y dispersa tanto en sus pensamientos más profundos como en sus expresiones más superficiales
Cuando la ira golpea la ternura del alma, la perturba y, por decir así, la desgarra y corta, de forma que la divide y enfrenta con ella misma
Dios priva de la irradiación de su conocimiento a la mente a la que la ira entenebrece con su confusión