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Monje palestino del siglo VI, discípulo de Barsanufio y Juan de Gaza en el monasterio de Serido y después fundador de su propio cenobio. Sus 'Instrucciones' (Didaskaliai), sobre la humildad, la renuncia a la voluntad propia y la acusación de sí mismo, son un clásico de la pedagogía espiritual leído tanto en Oriente como en Occidente.
Su muerte se sitúa entre c. 560 y c. 580, y su nacimiento entre 500 y 508.
Dios ha hecho al hombre a su imagen, es decir..., lo ha adornado con toda virtud
Por naturaleza poseemos las virtudes, que nos han sido dadas por Dios. Dios las puso en el hombre al crearlo
Dios nos ha dado las virtudes junto con la naturaleza
[Las virtudes] permiten recobrarse y volver al estado de naturaleza por la práctica de los santos mandamientos de Cristo
El mal es la enfermedad del alma, privada de su salud natural, es decir, de la virtud
¿Por qué hemos caído en esta miseria? ¿Acaso no es a causa... de nuestra locura (άπονοία)? ¿Por qué? ¿No fue creado el hombre en la plenitud del bienestar, de la dicha, del descanso y de la gloria? ¿No estaba en el paraíso? Se le prescribió ‘no hagas esto’, y lo hizo... El hombre está loco (µώρος), no sabe ser feliz
[La ira tiene por causa] especialmente el amor al placer (φιληδονία)
[En el Paraíso Adán] vivía en oración
Hemos desterrado las virtudes y en su lugar hemos introducido las pasiones... Por naturaleza poseemos las virtudes, que nos han sido dadas por Dios. Al crear al hombre, Dios las puso en él conforme a la palabra: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, y semejanza’ (Gn 1, 26); ‘a nuestra semejanza’, es decir, según la virtud... Dios, por tanto, nos dio las virtudes junto con la naturaleza. En cambio, las pasiones no son naturales: no tienen ser ni sustancia, se parecen a las tinieblas, que no subsisten por sí mismas, sino que... existen sólo por la ausencia de luz. Al alejarse de las virtudes por amor al placer, el alma provocó que nacieran las pasiones y luego las consolidó en ella
Por la práctica del mal adquirimos una costumbre extraña y antinatural, contraemos una especie de enfermedad crónica
Si alguno encuentra que tiene un cuerpo melancólico, mal equilibrado, ¿acaso no es este desequilibrio el que lo quema y lo trastorna sin cesar y atormenta su vida? Lo mismo ocurre con el alma apasionada: la desdichada nunca deja de estar torturada por su propia costumbre viciosa
En el uso del alimento, la acción de comer por necesidad y la de comer por placer son la misma; el pecado está en la intención
En los autores paganos, µαργαίνειν significa ‘estar fuera de sí’, y al necio se le llama µαργός. Cuando alguien contrae esta enfermedad (νόσος) y esta locura (µανία) de querer llenarse el vientre, se la denomina gastrimargía (γαστριµαργία), es decir, ‘locura del vientre’. Cuando se trata tan solo del placer de la boca se la llama ‘laimargía’ (λαιµαργία), o sea, ‘locura de la boca’
Quien no desprecia todo lo material... no puede... librarse de la tristeza
Quienes desean la gloria se parecen a un hombre desnudo que busca sin cesar un jirón de tela o cualquier otra cosa para tapar su indecencia. De igual modo, el que está desprovisto de virtudes busca la gloria de los hombres
[La segunda forma de orgullo consiste] en atribuirse las buenas obras a uno mismo y no a Dios
[El orgulloso es llevado] a no hacer ningún caso de él [del prójimo], como si no fuera nada
¿Por qué hemos caído en esta miseria? ¿No es a causa de nuestro orgullo, a causa de nuestra locura (άπόνοια)? ‘El hombre está loco (µωρός)’, dice Dios al contemplar esta insolencia
El hombre era arrastrado por el enemigo con una violencia tiránica, e incluso los que querían evitar el pecado se veían casi obligados a cometerlo
Dios envió profetas, pero ellos mismos no pudieron hacer nada. Pues el mal superaba todo límite. Según la palabra de Isaías: ‘No hay herida, ni contusión, ni llaga abierta a la que se haya aplicado ungüento, ni aceite, ni vendas’ (Is 1,6). Dicho de otra manera: el mal no es parcial ni está localizado, sino extendido por todo el cuerpo; envuelve el alma entera y abarca todas sus facultades. ‘No se le ha aplicado ungüento’, etc., pues todo estaba sometido al pecado, todo estaba bajo su poder. Jeremías declaraba también: ‘Hemos intentado curar a Babilonia, pero ella no ha sanado’ (Jr 51, 9)
En su bondad y Su amor a los hombres, Dios envía a su Hijo único, pues solo Dios podía curar y vencer tan grave mal. Los profetas no lo ignoraban. David lo decía claramente: ‘Revela tu fuerza y ven a salvarnos’ (Sal 79, 3); ‘Señor, inclina los cielos y baja’ (Sal 143, 5), y de tantas otras formas similares... Nuestro Señor vino, pues, haciéndose hombre por nuestra causa, ‘para curar, dice san Gregorio, lo semejante por lo semejante, el alma por el alma, la carne por la carne’
Cristo tomó nuestro mismo ser, las primicias de nuestra naturaleza y se convirtió en un nuevo Adán ‘a imagen de quien lo había creado’ (Col 3, 10), restaurando el estado natural y devolviendo a las facultades su integridad primera
[Conviene] que nos examinemos también cada seis horas para conocer cómo las hemos pasado y en qué hemos pecado
Si nos examinamos todos los días, aplicándonos a arrepentirnos de nuestras faltas y a corregirlas, empezamos a disminuir la frecuencia del pecado; por ejemplo, de nueve veces pasamos a ocho. De ese modo, progresando poco a poco con ayuda de Dios, impediremos que las pasiones se fortalezcan en nosotros
Por la contrición del corazón volvemos por fin a nuestro descanso
Conociendo nuestra debilidad y previendo que, incluso después del bautismo, seguiríamos pecando, Dios, en su bondad, nos ha dado unos mandamientos santos que nos purifican. Así, si queremos, podemos ser de nuevo purificados por la práctica de estos mandamientos
[Cristo] nos proporciona el remedio [a la transgresión de los preceptos divinos]
Dios nos ha dado unos preceptos que nos purifican... de las malas disposiciones de nuestro hombre interior
[Vivir según la virtud es] recuperar el estado propio, volver a la salud igual que, después de una enfermedad de los ojos, se recobra la vista normal, o la salud propia y natural después de cualquier otra enfermedad
El que quiera salvarse debe, además de no hacer el mal, hacer el bien
Hemos desterrado las virtudes e introducido en su lugar las pasiones. Debemos igualmente hacer un esfuerzo, no solo para expulsar las pasiones, sino también por reintroducir las virtudes y restablecerlas en su lugar propio
Cristo, médico de nuestras almas..., da a cada pasión el remedio apropiado...: la templanza contra el amor al placer
Aquel que se domina con ciencia... mediante la templanza, espera obtener la castidad
No confíes nunca en tu corazón, pues las antiguas pasiones lo han vuelto ciego
Estando apasionados, no debemos en absoluto fiarnos de nuestro propio corazón, pues una regla torcida vuelve torcido hasta lo que es recto
Si un hombre no confiesa todo lo que hay en él, el diablo descubrirá en él una voluntad propia... que le [permitirá] derribarlo. Cada vez que nos apegamos obstinadamente a nuestra propia voluntad..., mientras pensamos hacer maravillas, nos tendemos trampas a nosotros mismos, y no sabemos que nos encaminamos a nuestra perdición. En efecto, ¿cómo podríamos conocer la voluntad de Dios, o buscarla verdaderamente, si ponemos la confianza en nosotros mismos y afirmamos nuestra propia voluntad?
Se dice en los Proverbios: ‘Quienes no tienen guía, caen como hojas. La salvación se encuentra en los muchos consejos’ (Prov 11, 14). Examinad, hermanos, el sentido de estas palabras, y ved lo que nos enseña la santa Escritura. Nos pone en guardia contra la confianza en nosotros mismos y contra la ilusión de creernos advertidos y capaces de dirigirnos a nosotros mismos. Necesitamos ayuda, necesitamos guías cercanos a Dios. No hay nada más miserable ni más vulnerable que aquellos que no tienen guía y caen como hojas
[Solo sometido a un Anciano podrá el hombre seguir hasta el final] sin error ni peligro el camino de los Padres
[Los santos] no odian al pecador, no lo juzgan, no lo rehúyen. Al contrario, lo compadecen, le exhortan, lo consuelan, lo cuidan como a un enfermo, hacen cualquier cosa para salvarlo
[Con sus palabras el padre espiritual alienta a su hijo,] lo exhorta, lo consuela, lo cura como a un miembro enfermo
No hay que callar ciertas cosas y contar otras, sino revelarlo todo y pedir consejo en todo
Si un hombre no confiesa todo lo que hay en él..., el diablo descubrirá en él una voluntad propia que le permitirá derribarlo
[A aquel que se entrega totalmente a su propio pensamiento,] el enemigo lo abate como se le antoja
Que el alma se asegure revelando todo y oyendo decir a alguien competente: ‘Haz esto, no hagas aquello; esto es bueno, aquello es malo; esto es una pretensión justa, aquello es tu propia voluntad y también: ‘No es el momento de hacer esto’; y en otra ocasión: ‘Ahora es el momento’: entonces el diablo ya no encontrará ningún pretexto para perjudicarlo ni cómo hacerle caer, puesto que está constantemente guiada y protegida por todas partes
Yo no tenía ninguna tribulación, ninguna preocupación. Si tenía un pensamiento, cogía mi tableta y escribía al Anciano... y aún no había terminado de escribir, cuando sentía el alivio y el provecho que eso me proporcionaba. Eran mi despreocupación (άµεριµνία) y mi descanso (άνάπαυσις)
Le confiaba todo al Anciano, el Abba Juan, y nunca admitía hacer nada sin su opinión... Nunca me permitía seguir mi pensamiento sin pedir consejo. Y creedme, hermanos, sentía una gran tranquilidad, una gran despreocupación
Primero nacen los pensamientos, luego se muestran las pasiones
[En lo que concierne al cuerpo,] si vivimos de forma desordenada, sin preocuparnos por nuestra salud, se produce o bien plétora o bien carencia (de humores) y de ahí se deriva un desequilibrio
Es como si el alma hubiera formado una sola cosa con el cuerpo y se hubiera convertido toda ella en carne
¿Qué influencia puede tener el trabajo del cuerpo sobre una disposición del alma?
¿cómo pueden los esfuerzos corporales ser virtudes del alma?
Las disposiciones del alma no son las mismas en el que goza de buena salud y en el enfermo, en el que tiene hambre y en el que está saciado. Tampoco son las mismas en un hombre montado a caballo que en un hombre montado sobre un asno, en uno que está sentado en un trono y en otro que está sentado en el suelo, en uno que lleva hermosos vestidos y en otro que va vestido miserablemente
¿Por qué se dice que los trabajos corporales conducen el alma a la humildad?
La desgraciada alma sufre con el cuerpo, y se ve afectada por todo lo que él hace... El trabajo humilla al cuerpo y, cuando el cuerpo es humillado, el alma también lo es junto con él, de manera que el anciano tenía razón al decir que el trabajo corporal también lleva a la humildad
Quien quiera ser purificado de los pecados... debe, en primer lugar, evitar la falta de discernimiento sobre la comida pues, según los Padres, la falta de discernimiento a propósito de la comida engendra en el hombre todos los males
Come por necesidad quien, habiéndose fijado una ración diaria, la disminuye si, por la pesadez que le causa, se da cuenta de que debe suprimir algo de ella. Y añade un pequeño suplemento a esta ración si, por el contrario, lejos de causarle pesadez, no sostiene su cuerpo y debe ser ligeramente aumentada. De esta manera, evalúa con precisión sus necesidades y se adapta después a lo fijado, no con vistas al placer, sino con el fin de mantener la fuerza de su cuerpo
En el uso legítimo del matrimonio y en la fornicación, el acto es el mismo; lo que hace la diferencia es la intención
El médico de nuestras almas es Cristo, que lo sabe todo y da a cada pasión el remedio adecuado...: la limosna contra la filargiria
Debemos dar limosna... teniendo compasión unos de otros como de nuestros propios miembros
Esta virtud imita especialmente a Dios; es característica de Dios, que ha dicho: ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso’
La limosna es un gran bien... y, cuando la practicamos, nos hace semejantes a Dios todo lo que es posible, pues ella es sobre todo lo que constituye al hombre
Si nos examinamos con temor de Dios y escrutamos cuidadosamente nuestra conciencia, nos hallaremos responsables de todas maneras
Si buscamos cuidadosamente la causa de la inquietud [que sentimos como consecuencia de una ofensa], siempre es el hecho de no acusarnos a nosotros mismos. De ahí viene que sintamos ese abatimiento y que no hallemos nunca reposo. No hay que extrañarse de que todos los santos digan que no existe más camino que éste. Si no vamos por esta vía, no dejaremos nunca de hacer sufrir y de sufrir nosotros mismos, haciendo inútiles todos nuestros esfuerzos. En cambio, qué alegría, qué descanso disfruta, por doquiera que va, el que se acusa a sí mismo, como dice Abba Poemen. Si le sobreviene un daño, un ultraje o una pena cualquiera, se juzga a priori digno de ella y no se perturba. ¿Acaso hay un estado más exento de preocupaciones?
Allí donde hay compasión y caridad, la ira y el rencor no pueden prevalecer
¿Alguno está airado? Que deje de irritarse
[Que deje de irritarse,] pero que adquiera además la mansedumbre
Este temor inicial es, pues, el nuestro
A quien posee el amor verdadero, ‘el amor perfecto’, como dice san Juan, este amor le conduce al temor perfecto. Pues teme y guarda la voluntad de Dios... porque, habiendo gozado de la dulzura de estar con Dios, como hemos dicho, teme perderla, teme verse privado de ella
[El temor perfecto es] el de los santos que han llegado a la perfección y a la cima del santo amor
[Los santos] ya no realizan la voluntad de Dios por miedo a un castigo..., sino por amor..., temiendo hacer algo contra la voluntad de Aquel a quien aman... Los santos no actúan ya por temor, sino que temen por amor
Es imposible llegar al temor perfecto sin pasar por el temor inicial
El médico de nuestras almas es Cristo, que lo sabe todo y da a cada pasión el remedio apropiado, quiero decir, sus mandamientos: contra la cenodoxia, la humildad
Mantenerse por debajo de todos [se opone] a la primera forma de orgullo. En efecto, el que se pone por debajo de todos, ¿cómo podría creerse más grande que su hermano, elevarse en algo, censurar o despreciar a alguien?
Cree que desprecio y ultrajes son remedios contra el orgullo de tu alma, y ruega por aquellos que te maltratan, como si se tratara de verdaderos médicos
La oración continua... se opone a la segunda clase de orgullo... El que ruega a Dios sin cesar conoce la fuente de cualquier buena obra que le sea dado realizar, y no puede concebir orgullo por ella ni atribuirla a sus propias fuerzas. Atribuye a Dios toda obra buena, y no deja de darle gracias y de invocarlo, temiendo que la pérdida de semejante auxilio deje aparecer su propia debilidad y su impotencia
[Cristo] nos muestra la causa que conduce al desprecio y a la transgresión de los preceptos de Dios; de este modo nos proporciona el remedio para que podamos obedecer y salvarnos. ¿Cuál es, pues, este remedio y cuál es la causa del desprecio? Escuchad lo que dice nuestro Señor mismo: ‘Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo para vuestras almas’ (Mt 11,29). He aquí que brevemente, en pocas palabras, nos muestra la raíz y la causa de todos los males, así como su remedio, causa de todos los bienes; nos muestra que es el engreimiento lo que nos ha hecho caer, y que es imposible obtener misericordia si no es por medio de la disposición contraria, que es la humildad
La primera [clase de humildad] consiste en tener al hermano por más inteligente que uno mismo y superior en todo
[Atribuir a Dios todo lo bueno que se tiene y todo el bien que se ha hecho:] así es la perfecta humildad de los santos
Está claro que el hombre humilde y piadoso, sabiendo que nada bueno puede hacerse en su alma sin el auxilio y la protección de Dios, jamás deja de invocarlo para que tenga misericordia de él; y quien ruega a Dios sin cesar conoce la fuente de cualquier obra buena que le sea dado realizar... Atribuye a Dios toda buena obra, y no deja de darle gracias y de invocarlo, temiendo que la pérdida de tal auxilio deje aparecer su debilidad e impotencia. De este modo, la humildad le hace orar y la oración le vuelve humilde
Cristo nos enseña la causa que lleva hasta el desprecio y la transgresión de los preceptos de Dios [a saber, el orgullo]; nos proporciona así el remedio para que podamos obedecer y salvarnos. ¿Cuál es este remedio y cuál es la causa del desprecio? Escuchad lo que dice nuestro Señor mismo: ‘Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas’ (Mt 11, 29). He aquí que, brevemente, en muy pocas palabras, nos muestra la raíz y la causa de todos los males, junto con su remedio, fuente de todos los bienes; nos muestra que lo que nos ha hecho caer es el habernos elevado, y que no se puede obtener misericordia sino mediante la disposición contraria, que es la humildad