Not yet translated; shown in Spanish.
Monje sirio oriental del siglo VII, obispo de Nínive durante pocos meses antes de retirarse a la vida eremítica. Sus 'Discursos ascéticos', traducidos muy pronto al griego, difundieron por todo el Oriente cristiano una doctrina de la misericordia divina, la compunción y la oración del corazón que impregna la espiritualidad hesicasta.
Sus fechas son inseguras: la crítica solo sitúa con certeza su actividad en la segunda mitad del siglo VII (episcopado hacia 676/680).
[Quien posee la perfecta humildad] ha penetrado en el misterio de todas las naturalezas espirituales, lleva en él la sabiduría de la creación con toda exactitud y, sin embargo, considera que no sabe nada... Pues bien, eso es lo que había dicho la Escritura Santa: los misterios se les revelan a los humildes. A los humildes se les concede recibir en ellos este Espíritu de las revelaciones, que descubre los misterios. Por eso los santos han dicho que la humildad plenifica el alma en las contemplaciones divinas
[La contemplación natural es] la sensación de los misterios divinos escondidos en las cosas y en las causas
El conocimiento de las criaturas, por suave que sea, nunca es más que la sombra del conocimiento... Tal contemplación alimenta el espíritu mientras espera recibir una contemplación más elevada
La contemplación espiritual actúa en nosotros en el lugar de la pureza
Por la observancia de los mandamientos se le da al espíritu la gracia de la contemplación mística y de la revelación del conocimiento del Espíritu
La contemplación mística se revela al espíritu después que el alma ha recobrado la salud
El espíritu que ve los misterios ocultos del Espíritu, si ha conservado en él la salud de su naturaleza, contempla perfectamente la gloria de Cristo
El espíritu posee en él la potencia natural de tender hacia la contemplación divina
[La contemplación de la Divinidad] no se da con la naturaleza, sino por la gracia
Antes de la Encarnación de Cristo no había ni esta contemplación del espíritu ni esta visión
La verdadera contemplación de la Santa Trinidad se le da, pues, al corazón por la revelación de Cristo. Él es quien lo ha enseñado y mostrado a los hombres, primero cuando ha renovado en su propia hipóstasis la naturaleza humana, luego cuando nos ha trazado en Él mismo un camino para que, por medio de sus mandamientos vivificadores, podamos llegar a la verdad