Quotes on lujuria — 39 quotes

On lujuria

¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros y que habéis recibido de Dios? ¡Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo!

Pablo Apóstol 1 Cor 6, 19-20

La codicia que se realiza por medio del cuerpo no viene del cuerpo

Clemente de Alejandría Clemente de Alejandría, Stromata, III, 4

[El lujurioso] viola el templo de Dios

Orígenes Orígenes, Homilías sobre los Números, X, 1

Los cuerpos, en busca de placer, van a lo suyo, unen las almas que están en su interior para ponerlas al servicio de la pasión que los agita, [y] las almas [van] así a remolque de los vicios de la carne

Basilio de Ancira Basilio de Ancira, Tratado de la virginidad, 38

La concupiscencia es una enfermedad del alma (επιθυµία νούς έθτίν ψυχής)

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Cartas, CCCLXVI

[El lujurioso se convierte en alguien] que ha olvidado la naturaleza humana

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, II, 302

[El demonio de la lujuria] hace decir al alma ciertas palabras y oír las respuestas, como si el objeto fuera visible y estuviera presente

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Tratado práctico, 8

La lujuria es una oftalmía muy grave; una afección no de los ojos del cuerpo, sino del alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Corintios, VIII, 6; Homilías sobre la penitencia, VI, 2

Está enfermo y dañado por la saeta del placer sexual el corazón que mira con concupiscencia, falseando el don de la mirada otorgado por su Creador al servirse de él para sus malas acciones

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 12

El que está afectado por ella [...] parece haber perdido la razón y estar fuera de sí, perpetuamente ebrio de deseo por las criaturas

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XV, 25; 83

Nada de lo que existe es malo, sino solo el mal uso (παράχρησις) que es consecuencia de la negligencia de nuestro espíritu para cultivarse según la naturaleza

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, III, 4. Cf. II, 17

Cuando un hombre es movido por la codicia..., lo que le fuerza a salir de los límites de la naturaleza y a alejarse de su deber no es la potencia natural; lo que le hace salir es lo que nosotros añadimos a la naturaleza para satisfacer nuestra propia voluntad. Pues todo lo que Dios ha hecho, lo ha hecho con belleza y medida. Si guardamos correctamente la medida que se nos ha impartido en las cosas que llevamos por naturaleza, los movimientos naturales no pueden obligarnos a salir del camino. El cuerpo no actúa verdaderamente más que en el orden bueno

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 26

El matrimonio es bueno, pues corta la lujuria y la rabia del deseo mediante relaciones lícitas, evitando la locura de actos antinaturales. El matrimonio es bueno para quienes carecen de autocontrol; pero es mejor la virginidad, que aumenta la fertilidad del alma

Juan Damasceno Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa, IV, 24

El cuerpo no está hecho para la lujuria

Pablo Apóstol 1 Cor 6, 13

La codicia que se realiza con el cuerpo no procede del cuerpo

Clemente de Alejandría Clemente de Alejandría, Stromata, III, 4

[Las manifestaciones de la lujuria son] las obras de un alma frenética y extraviada

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Homilía: No hay que apegarse a las cosas de este siglo, 4, en PG 31, 548

De entre las numerosas pasiones que asedian el corazón humano, no hay ninguna que tenga contra nosotros una fuerza comparable a la del frenesí de la voluptuosidad

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, II, 301

Igual que las nubes y la niebla envuelven los ojos del cuerpo, así también, cuando la pasión impura se apodera del alma, le quita la facultad de prever, no le permite ver nada más allá del objeto presente...; pero el alma, tiranizada por estas tentaciones, es subyugada fácilmente por el pecado;...ya no tiene más que un objeto ante los ojos, en la mente, en el pensamiento... E igual que los ciegos, aunque se hallen de pie, al aire libre y a mediodía, no reciben en absoluto la luz del sol, puesto que sus ojos están cerrados, así también los desgraciados que son presa de esta enfermedad cierran sus oídos a las numerosas y saludables enseñanzas que resuenan a su alrededor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4; cf. 3; Tratado de la compunción, I, 7

Está enfermo (aegrum) y herido (saucium) por la pasión el corazón que mira con concupiscencia (concupiscentia)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 12; VI, 3

El demonio de la lujuria oscurece a menudo de tal manera nuestra razón -la cual debe reinar sobre nuestras acciones- que nos persuade para que hagamos en presencia de los hombres mismos aquello que solo los locos y los necios hacen

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XV, 25; 83

El vicio (κακία) radica en el juicio falso que se proyecta sobre las representaciones y va seguido del mal uso de las cosas

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 17

[El que fornica] peca contra su propio cuerpo

Pablo Apóstol 1 Cor 6, 18

[La lujuria es] un enemigo ciertamente difícil de combatir y de rechazar

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, II, 301. Cf. Evagrio Póntico, Tratado práctico, 51; Tratado de la oración, 90

[La voluptuosidad es la] madre de la lujuria

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4; cf. 3; Tratado de la compunción, I, 7

La gastrimargía y la lujuria... necesitan para consumarse un objeto externo, y no se llevan a efecto sino mediante un acto del cuerpo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, IV, 4

No esperes rechazar al demonio de la lujuria mediante la discusión y la contradicción, pues, como tiene por arma a la naturaleza, hallará buenas razones

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XV, 22

La concupiscencia vuelve a los seres que están después de la Causa y la Naturaleza única, la única deseable..., más deseables que a esta. De este modo vuelve a la carne más apreciable que el espíritu y al gozo de lo visible más agradable que la gloria y el resplandor del espíritu

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Comentario al Padrenuestro, en PG 90, 888C

A fin de evitar la lujuria, que cada uno tenga su mujer, y que cada mujer tenga su marido

Pablo Apóstol 1 Cor 7, 2

Os exhorto a cortar este mal desde el principio. Igual que la fiebre, cuando empieza, no procura una sed muy ardiente, pero cuando ha aumentado y encendido el fuego, causa una sed que ya no puede apagarse, de modo que ni la bebida más abundante podría saciarla y no hace sino atizar la hoguera, así ocurre en esta pasión: si no la arrancamos desde el principio, si no le cerramos la puerta de nuestra alma, una vez entrada nos traerá una enfermedad que ya no se podrá curar... Suplico, pues, a quienes aún no conocen esta enfermedad, que se protejan de ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4-5

La gastrimargía y la lujuria..., que muchas veces se despiertan sin que la voluntad intervenga, a instigación y por el prurito de la propia carne, necesitan un objeto externo para consumarse, y no se llevan a efecto más que mediante un acto del cuerpo... Precisamente, por el hecho de que no se consuman sino por el ministerio de la carne, estos dos vicios requieren especialmente, además de la terapéutica espiritual del alma, la práctica de la templanza corporal

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4; Instituciones cenobíticas, V, 14; 20; Juan Clímaco, Escala, XIV, 29

Del mismo modo que el cuerpo tiene por mundo las cosas, el espíritu tiene por mundo los pensamientos. Y del mismo modo que el cuerpo comete el pecado de fornicación con el cuerpo de una mujer, el espíritu peca con la representación que él se hace de la mujer y de su propio cuerpo. Pues en la imaginación ve la imagen de su cuerpo unido a la imagen del cuerpo de la mujer... A la acción que ejerce concretamente el cuerpo sobre el mundo de las cosas, le corresponde la acción del espíritu sobre el mundo de las representaciones

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, III, 53

A quienes están afectados [por esta enfermedad], si quieren tomar a la razón como médico, les prometo grandes posibilidades de salvarse por la gracia de Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4-5

El segundo combate, según la enseñanza recibida de nuestros Padres, es contra el espíritu de lujuria. Dura más tiempo y es más tenaz que todas las demás, y raros son aquellos que logran una victoria completa. Es un combate terrible

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 1

No hay nada malo en las criaturas de Dios

Máximo el Confesor Cf. Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad

[La terapéutica de la lujuria] requiere especialmente, además de los remedios espirituales, la práctica de la templanza [corporal]

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4. Cf. Juan de Gaza, Cartas, 248

La ciencia de los médicos espirituales se aplica primero a considerar la causa primera de semejantes enfermedades, que consiste en el exceso de alimentación

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXII, 6. Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 11; 20; Conferencias, V, 10; XXII, 3

Es necesario sustraer a la concupiscencia los objetos que la inician, no vaya a ser que ella se precipite a saciarse

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4; Instituciones cenobíticas, VI, 3

Esta enfermedad [la lujuria], aparte de la mortificación del cuerpo y la contrición del corazón, exige también la soledad y la calma para poder hacer que decaiga la malvada fiebre de las pasiones y sanar por completo. Igual que a aquellos que padecen una determinada enfermedad les resulta útil que no les dejen ver siquiera los alimentos que les sentarían mal, para evitar que conciban un deseo que sería fatal, lo mismo la calma y la soledad son muy útiles para combatir esta particular enfermedad, a fin de que el espíritu enfermo deje de ser estorbado por múltiples imágenes y logre una mirada interior más pura, y desarraigar más fácilmente la hoguera pestilente de la concupiscencia

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4; Instituciones cenobíticas, VI, 3

En la misma medida en que podemos fácilmente mantenernos en guardia contra [esta enfermedad] y rechazarla, así también, si por negligencia, la dejamos entrar en el corazón, se vuelve más peligrosa que todas las demás enfermedades y más difícil de rechazar

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 2 (cf. VI, 21)