Si alguno conserva el recuerdo del hermano que lo ha afligido, herido o insultado, debe acordarse de él como de un bienhechor. Pues si en estas circunstancias te entristeces, es que tu alma está enferma. En efecto, si no estuvieras enfermo, no sufrirías. Debes, pues, dar gracias a este hermano, puesto que gracias a él conoces tu enfermedad, rezar por él y recibir lo que procede de él como remedios que el Señor te envía. Si, por el contrario, te enfadas con él, es como si dijeras a Jesús: ‘No quiero recibir tus remedios; prefiero que la gangrena se introduzca en mis heridas’
El médico de nuestras almas es Cristo, que lo sabe todo y da a cada pasión el remedio apropiado, quiero decir, sus mandamientos: contra la cenodoxia, la humildad
Si quieres curarte de estas terribles heridas del alma, debes soportar lo que el médico te impone. En efecto, el que tiene el cuerpo enfermo no sufre una amputación o toma una purga por gusto, e incluso conserva un mal recuerdo de ello; y, sin embargo, convencido de que sin estos tratamientos no podría verse libre de su enfermedad, soporta lo que le impone el médico. Sabe que con una pequeña molestia se librará de una larga enfermedad. El cauterio de Jesús es aquel que, insultándote o perjudicándote, te libera de la vanagloria
Yo no acuso a los que me hacen reproches, sino que los nombro mis bienhechores, y no rechazo al médico de las almas, que proporciona un remedio humillante a mi alma impura y orgullosa