El hombre posee por naturaleza la actividad voluntaria, y esta es la que Dios exige. La Escritura prescribe, pues, que en primer lugar el hombre reflexione; que, tras reflexionar, ame; y, por último, que actúe voluntariamente. En cuanto a la moción que se ejerce sobre la inteligencia, al apoyo en la labor, a la realización de la obra, la gracia de Dios los concede a aquel que quiere y que cree. La voluntad del hombre es, por tanto, un auxiliar ligado a su propia sustancia. Sin esta voluntad, Dios mismo no hace nada, aunque pudiera, por respeto al libre albedrío del hombre. La eficacia de la operación de Dios depende, pues, de la voluntad del hombre
Después de la gracia de Dios, todo depende de nosotros y de nuestra aplicación
Cada uno de nosotros posee la fuerza manifiesta del Espíritu en proporción con la fe que hay en él. De este modo, cada uno es el intendente de su propia gracia
La vida en Cristo reside en una cooperación de lo divino, que depende propiamente de Dios, y de lo humano, a saber, de nuestra buena voluntad, nuestro esfuerzo y nuestro celo
[Que el hombre] ponga su propia voluntad de acuerdo con la gracia
La comunicación de esta vida depende en su origen exclusivamente del poder de Cristo; pero, una vez transmitida, conservar esta vida y mantenerse vivo requiere además nuestra colaboración. Se necesita aquí el concurso humano y nuestro esfuerzo personal para guardar intacta la gracia y conservarla
[Si el alma] no colabora con la gracia del Espíritu que habita en ella, entonces es despojada vergonzosa e ignominiosamente de su dignidad y privada de la vida, puesto que ella se ha vuelto... no apta para la comunión con el rey celestial