Nada guarda nuestro corazón como el temor de Dios
Donde está el temor, se reprimen los malos deseos, se destierran las pasiones desordenadas; y lo mismo que, cuando una casa está vigilada sin cesar por una patrulla de soldados, ningún ladrón, ni asesino, ni otro malhechor se atreve a acercarse, así también, cuando el temor se apodera de nuestras almas, no entra en ellas ninguna pasión deshonesta, sino que todas huyen y se retiran, expulsadas de todos lados por la fuerza imperiosa de un espanto saludable
[El alma,] cuando ha empezado a purificarse por la intensidad de su atención, siente entonces, como un verdadero remedio de vida, el temor divino que la quema, como por la acción de sus reproches, en un fuego de impasibilidad
[Los perfectos son aquellos] que son capaces de dirigir su espíritu y de conservarlo en el temor de Dios, para que no vaya a la deriva y no sea engullido por una profunda distracción o por fantasías