Obispo de Lyon a finales del siglo II, discípulo de san Policarpo y primer gran teólogo de la tradición apostólica, autor del «Adversus haereses» contra la gnosis y de la «Demostración de la predicación apostólica». Su doctrina de la recapitulación en Cristo y de la creación del hombre «a imagen y semejanza» fundamenta la visión patrística del hombre como ser llamado a la deificación.
Datación incierta: el nacimiento se sitúa entre c. 130 y c. 155, y la muerte entre 202 y 207; su martirio es tradicional pero no está documentado por fuentes antiguas.
Mientras que por nuestra naturaleza pertenecíamos a Dios, (la apostasía) nos ha alienado contra nuestra naturaleza
Cuando al alma le falta el Espíritu, ese hombre, al haberse quedado en realidad psíquico y carnal, es imperfecto
Tres cosas constituyen al hombre perfecto: la carne, el alma y el Espíritu. Una de ellas salva y forma, a saber, el Espíritu... Quienes carecen del elemento que salva y forma para la vida, son llamados con razón ‘carne y sangre’, pues no tienen en ellos el Espíritu de Dios. Por eso el Señor los llama ‘muertos’: ‘Dejad que los muertos entierren a sus muertos’ (Lc 9, 60), pues les falta el Espíritu que vivifica