De este modo, aquel que anteriormente había seducido al hombre haciéndole esperar la divinización y así se lo había tragado, fue atraído a su vez por la carne del mismo hombre y tuvo que vomitar lo que había absorbido. El poder divino se manifestó así con esplendor, pues triunfó la fuerza del vencedor sirviéndose como arma de la debilidad de la naturaleza vencida. A partir de entonces es Dios quien domina por su naturaleza humana, y no el diablo por la promesa hecha al hombre de la naturaleza divina
Traducido del griego