El médico de las almas, que conoce los secretos de los corazones, queriendo arrancar incluso las ocasiones de la ira, no nos obliga solo, cuando hemos sido ofendidos, a perdonar a nuestros hermanos, a reconciliarnos con ellos y a no conservar ningún recuerdo de la injuria recibida; sino que del mismo modo nos manda que, si sabemos que ellos tienen una queja, justificada o no, contra nosotros, abandonemos nuestra ofrenda, es decir, nuestras oraciones, y les demos primero satisfacción; y, una vez aplacado así nuestro hermano, ofrezcamos a Dios el sacrificio sin tacha de nuestras oraciones
Traducido del latín