Juan Crisóstomo — 295 quotes

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JuanCrisóstomo

Patristicc. 347 – 407
Born Antioquía de Siria (actual Antakya, provincia de Hatay, Turquía)
Died Comana del Ponto (actual Gümenek, provincia de Tokat, Turquía), camino del destierro
Tradition Padre griego

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Predicador de Antioquía y arzobispo de Constantinopla entre los siglos IV y V, apodado 'Boca de Oro' por su elocuencia; murió desterrado. Sus centenares de homilías, el tratado 'Sobre el sacerdocio' y su enseñanza sobre las pasiones, la limosna y la penitencia hacen de él una de las autoridades más citadas de la tradición ascética oriental.

Algunas fuentes antiguas adelantan su nacimiento a c. 344-349.

All 295 quotes

Que nadie tema a la muerte, porque la muerte del Salvador nos ha hecho libres.

Juan Crisóstomo Homilía pascual

No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Los bienes que retenemos no son nuestros, sino suyos.

Juan Crisóstomo Homilías sobre Lázaro, 2

Cuando Dios se retira, todo se pone patas arriba

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la carta a los Romanos, IV, 1

Igual que aquellos que están en las tinieblas ignoran la naturaleza de las cosas, del mismo modo aquellos que viven en el pecado no distinguen las cosas y corren hacia las sombras como si fueran la realidad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los

(La acción del diablo) perturba de un modo tan desgraciado nuestro Espíritu y hace que nuestro juicio yerre sobre la acertada apreciación de las cosas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolación a Eslagiro, II, 2

(Los hombres pecadores) Son realmente insensatos..., pues no han aprendido nunca a conocer la verdadera naturaleza de las cosas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolación a Eslagiro, II, 2

Un mismo corazón no puede albergar varias pasiones. Una pasión expulsa a la otra, y si es compartido, se debilita: la pasión dominante lo atrae todo hacia ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, II, 5

¿De dónde se deriva que nuestro amor a Jesucristo sea tan débil, sino de que agotamos las fuerzas de nuestra alma en las vanas pasiones?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 9

El placer no es más que un gozo efímero. Sí, el placer se esfuma rápidamente, y no podríamos retenerlo ni siquiera unos instantes. Pues tal es el destino de las cosas humanas y sensibles. Apenas las poseemos, se nos escapan... No nos ofrecen nada sólido ni seguro, nada fijo ni permanente. Corren más deprisa que el agua de los ríos y dejan vacíos e indigentes a cuantos las buscan con vivo empeño. Por el contrario, los bienes espirituales presentan un carácter absolutamente distinto. Son firmes, seguros, constantes y eternos. Así pues, ¿no es una extraña locura el cambiar unos bienes inmutables por un disfrute pasajero, una dicha inmortal por unos placeres momentáneos, y una felicidad verdadera y eterna por unas voluptuosidades frívolas y fugaces?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, I, 4

Nuestros juicios no se forman según la naturaleza de las cosas que nos impresionan, sino según el sentimiento del alma que las ve con los ojos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis, II, 4

Se os han dado los ojos para que, a la vista de la creación, deis gloria al Señor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los demonios, II, 3; Homilías sobre el Génesis, XXII, 3

El ojo está hecho para celebrar al Creador al ver las criaturas de Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los demonios, II, 3; Homilías sobre el Génesis, XXII, 3

Contemplemos nuestros miembros: encontraremos que ellos también son causa de nuestra ruina si no tenemos cuidado; no lo serán por su naturaleza, sino debido a nuestra negligencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, XXII, 3

Los vicios no son más que locura

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los colosenses, IX, 1; Catequesis “Bautismales, V, 4. Cf. 5, 6; Homilías sobre los demonios, I, 7; Comentario a san Mateo, IX, 1; Homilías sobre 1 Corintios, IX, 1; 4

Cada una de las funestas pasiones engendradas en nuestra alma produce en nosotros una especie de borrachera... y oscurece nuestra razón. Puesto que la borrachera no es otra cosa que el extravío del espíritu fuera de sus vías naturales, la desviación de los razonamientos y la pérdida de la consciencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los colosenses, IX, 1; Catequesis bautismales, V, 4. Cf. 5, 6; Homilías sobre los demonios, I, 7; Comentario a san Mateo, IX, 1; Homilías sobre 1 Corintios, IX, 1; 4

Sufre más el alma por los pecados que el cuerpo por las enfermedades

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los romanos, IV, 1

Es costumbre de la Escritura el no limitarse a hacernos conocer la falta [de alguien], sino instruirnos al mismo tiempo acerca del motivo que le condujo a pecar: se comporta así para garantizar la salud a aquellos que están sanos contra el riesgo de caídas semejantes. Así hacen los médicos que visitan a los enfermos: antes incluso de examinar el mal, buscan su fuente para reprimir el mal en su origen

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 4

El que desgarra sus propios miembros es un enemigo y un loco

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XLVIII, 3. Cf. Rom 12, 5; 1 Cor 12, 20

Solo tras su desobediencia y su exilio empezaron Adán y Eva a tener comercio juntos. Antes vivían como ángeles... Así pues, en el orden de los tiempos, la virginidad posee la palma de la prioridad

Juan Crisóstomo

La lujuria es una oftalmía muy grave; una afección no de los ojos del cuerpo, sino del alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Corintios, VIII, 6; Homilías sobre la penitencia, VI, 2

Igual que las nubes y la niebla envuelven los ojos del cuerpo, así también, cuando la pasión impura se apodera del alma, le quita la facultad de prever, no le permite ver nada más allá del objeto presente...; pero el alma, tiranizada por estas tentaciones, es subyugada fácilmente por el pecado;...ya no tiene más que un objeto ante los ojos, en la mente, en el pensamiento... E igual que los ciegos, aunque se hallen de pie, al aire libre y a mediodía, no reciben en absoluto la luz del sol, puesto que sus ojos están cerrados, así también los desgraciados que son presa de esta enfermedad cierran sus oídos a las numerosas y saludables enseñanzas que resuenan a su alrededor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4; cf. 3; Tratado de la compunción, I, 7

[La voluptuosidad es la] madre de la lujuria

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4; cf. 3; Tratado de la compunción, I, 7

Este amor [al dinero], que vence a cualquier otro amor, expulsa del alma cualquier otro deseo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Discurso: A quien no se daña a sí mismo

En efecto, no se puede amar al mismo tiempo a la propia alma y al dinero

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXIII, 6

[Por la avaricia y la codicia, el hombre se vuelve] enemigo de sí mismo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXX, 4

Los ricos y los avaros son ladrones de un cierto tipo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Lázaro, I. Cf. Homilías sobre 1 Corintios, X, 4; Basilio de Cesarea, Homilías contra los ricos, VII, 5; Homilías contra las riquezas, VI, 5

La filargiria nos atrae el odio universal

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 4, 2

[La filargiria] hace que nos detesten todos, los que han sido víctimas de la injusticia e incluso aquellos a los que no han pisoteado nuestras injusticias

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2. Cf. Homilías sobre la Epístola a los hebreos, I, 4

En las riquezas no hay más que motivos de aflicción, de divisiones, de querellas, de trampas, de odios y de temores

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

Si no cortamos la pasión desde el principio, una vez que entre en nosotros nos traerá una enfermedad de la que ya no podremos curarnos

Juan Crisóstomo Cf. Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IX, 6; LII, 6; Homilía sobre la traición de Judas', Homilías sobre 1 Corintios, IX, 4; Discurso: A quien no se daña («esta grave enfermedad..., esta enfermedad que desafia a todo remedio y se apodera de todas las almas»); Comentario a san Juan, LXV, 3; Homilías sobre I Corintios, XXIII, 5; 6

No hay enfermedad más cruel que esa hambre incesante que los médicos llaman bulimia; por más que se come, nada puede calmarla. Transportad semejante enfermedad del cuerpo al alma, ¿hay algo más espantoso? Pues bien, la bulimia del alma es la avaricia; cuanto más se atiborra de alimentos, más desea. No deja de extender siempre sus deseos más allá de lo que posee

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Timoteo, VII, 2

Los avaros no son más que los esclavos de sus bienes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

[En los avaros y codiciosos] no hay nunca tranquilidad ni seguridad para su alma...; ni la noche ni el día les aportan sosiego..., sino que están atormentados por todas partes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 142, 4; cf. también Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

Están siempre agitados y su alma no tiene un momento de reposo. La impaciencia por adquirir lo que aún no tienen hace que estimen en nada lo que ya poseen. Por un lado tiemblan por la aprensión de perder lo que ya han acumulado, y por otro se esfuerzan por hacer nuevas adquisiciones, es decir, nuevos motivos de temor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, I.XXXI,4

El rico, incluso cuando no sufre ninguna pérdida, tiene miedo de sufrirla

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los romanos, XXIV, 4

¿Dónde está el placer y el descanso del espíritu que se encuentra en las riquezas?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

Yo os confieso que no veo más que motivos de aflicción y de pena... y una tristeza que no da tregua

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

[El avaro] se encuentra todos los días abrumado por nuevas preocupaciones y se queja de que la vida para él es una carga

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Homilías sobre 1 Corintios, XXII, 5

Los avaros no están privados del gozo de lo que tienen solo porque no se atreven a utilizarlo como desean, sino también porque nunca poseen lo bastante y siempre tienen sed de más. ¿Hay algo más penoso?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

El apego que tienen a sus riquezas no es una prueba de la satisfacción que encuentran en ellas, sino de la enfermedad y del desequilibrio de su mente

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

El avaro vive en tinieblas y extiende una espesa noche sobre el mundo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

[Para el avaro,] la vista del alma se ha apagado

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Homilías sobre 1 Corintios, XXII, 5

La avaricia es una plaga terrible: cierra los ojos y tapa los oídos de quien está poseído por ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

La avaricia es una especie de noche que oscurece todas las cosas, o más bien que las hace ver de un modo distinto a como son en ellas mismas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

Para el avaro, los hombres no son hombres

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXIII, 3; Homilías sobre I Corintios, IX, 4

[Los avaros] son muy miserables porque dan el cielo a cambio de un poco de tierra y de barro. Se parecen a un rey que, después de cambiar su reino por un estercolero, se vanagloriara de ese trueque, como si ese estercolero valiera más que su corona

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXIII, 4

Los que viven sumidos en las tinieblas de la sinrazón ya no reconocen la verdadera naturaleza de las cosas, se revuelcan en la basura y el estercolero deja de parecerles un estercolero; poseídos por la avaricia, son insensibles al mal olor que ésta exhala

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXIII, 4; Comentario al salmo 9, 1

Gran número de hombres juzgan mal las cosas de aquí abajo y por eso caen en el desaliento. Ocurre que los locos se espantan de lo que no tiene nada de espantoso, temen cosas que a menudo no existen y huyen de las sombras. Los hombres que temen perder el dinero se parecen a ellos. En efecto, este temor no es imputable a la naturaleza, sino a la voluntad. Si hubiera aquí un verdadero motivo de aflicción, todos aquellos que sufren pérdidas deberían ser desgraciados; pero, si la misma desventura no produce en nosotros la misma aflicción, eso quiere decir que el principio de la aflicción no está en la naturaleza, sino en la bajeza de nuestros pensamientos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 9, 1

El querer superar al otro en la posesión de los bienes materiales no tiene otro principio que la disminución de la caridad; la avaricia no tiene otra fuente que el orgullo, el odio a los hombres y el desprecio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los efesios, XVIII, 3

Lo que debe provocar la tristeza no es la adversidad, sino únicamente el pecado. Pero el hombre pervierte este orden y confunde los tiempos; por tanto, multiplica sus pecados y eso no le produce ningún dolor, pero, en cuanto recibe cualquier disgusto, se desanima

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 13-14

[La tristeza se convierte en] una pasión no menos grave y desafortunada que la ira y la voluptuosidad, y acarrea los mismos resultados desde el momento en que no la usamos conforme a las reglas de la razón y de la prudencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 13-14

El demonio envuelve tu espíritu con esas negras penas como con una profunda oscuridad, y se esfuerza por arrebatarte los pensamientos que podrían tranquilizarte en contra de ti mismo. Pero, como entonces encuentra a tu alma sola, la llena de golpes y de heridas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, I, 1; II, 1

Nuestras alegrías y nuestras penas proceden menos de la misma naturaleza de las cosas que de nuestras propias disposiciones. Si estas se encuentran sanamente ordenadas, tendremos siempre en nuestro corazón un gran fondo de contento. Las enfermedades del cuerpo se originan más a causa de algún desorden interno que a causa de las inclemencias del tiempo o de cualquier otra influencia externa; con mucha más razón ocurre lo mismo con las enfermedades del alma. Pues, si las del cuerpo son propias de nuestra naturaleza, las otras no dependen más que de nuestra voluntad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, I, 3

El demonio no causa en ti esta oscura pena, sino que la misma pena acude en ayuda del demonio y te sugiere estos malos pensamientos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, II, 1. Cf. III, 13

Una tristeza demasiado grande es peligrosa -hace notar san Juan Crisóstomo-, tan peligrosa que incluso puede causar la muerte; por eso decía san Pablo: ‘por miedo a que lo abrume una tristeza excesiva’ (2 Cor 2, 7)

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXXVIII, 1

El demonio no posee armas más temibles que la desesperación; así que le complacemos menos pecando que desesperándonos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, I, 2

Estos funestos pensamientos no proceden solo del demonio, y tu melancolía influye mucho en ellos. Sí, esta sombría tristeza los provoca mucho más que el espíritu maligno, incluso quizá es su única causa. En efecto, es cierto que muchos, que carecen de esta obsesión diabólica, experimentan esta manía del suicidio como consecuencia de violentos sufrimientos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, II, 1

Una tristeza profunda, incluso sin el concurso del demonio, genera los males más grandes... Bajo la presión de un sombrío abatimiento los desdichados se cuelgan de una cuerda, se atraviesan con un puñal, se arrojan al agua o recurren a cualquier otro tipo de muerte violenta. Incluso esos mismos en quienes se manifiesta la acción del espíritu maligno, no deben acusar de su pérdida tanto a él como a la tiranía y al exceso de sus penas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, II, 1

Grande es el dominio de la tristeza: es una enfermedad del espíritu que requiere mucha fuerza para resistirse a ella valientemente y para rechazar lo que tiene de malo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXXVIII, 1

Una tristeza profunda nos perjudica mucho más que todos los ataques del espíritu maligno

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 13

Poco le importa el daño que el alma se hace a sí misma, se conforma, y lo convierte en una especie de placer que tiene que satisfacer a cualquier precio. Sí, esta agitación del corazón no carece de placer, y llega a ejercer sobre el alma una tiranía más imperiosa que cualquier otro placer

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 14

[La ira] es una enfermedad que repugna tanto a nuestra naturaleza como una enfermedad del cuerpo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXXI, 4

Entre la ira y la locura no hay ninguna diferencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XLVIII, 3; IV, 5

El hombre airado se parece absolutamente a un loco

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XLVIII, 3; IV, 5

La ira corrompe el cuerpo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XXVI, 3; Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, VI, 4

He conocido a muchos a quienes la ira ha hecho enfermar

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XXVI, 3; Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, VI, 4

[La ira] arruina el alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 13; Comentario a san Juan, XLVIII, 3; Comentario a san Mateo, IV, 9

[La ira] trastoca de pies a cabeza el estado normal [del alma]

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 13; Comentario a san Juan, XLVIII, 3; Comentario a san Mateo, IV, 9

[La ira vuelve al alma deforme] al atacar lo que tiene de más sano y corromper lo que tiene de más puro

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 13; Comentario a san Juan, XLVIII, 3; Comentario a san Mateo, IV, 9

[La] razón [del hombre airado] está entonces sepultada en la embriaguez y las tinieblas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, IV, 5; Marcos el Monje, A Nicolás, 8

Nada turba la claridad de la inteligencia, nada ofusca la penetración de la mente como la ira

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 14

En verdad, la ira no es menos loca que el delirio: ved como este demonio arroja a sus víctimas en el delirio, las priva absolutamente de la razón y las persuade de todo lo contrario de lo que les aconsejan sus ojos. Ellos no ven nada, no hacen nada de forma razonable, se diría que ya no tienen sentido ni juicio...; la ira los subyuga

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 14

[La embriaguez no es sino] el extravío de la mente fuera de sus caminos naturales, la desviación del razonamiento, la pérdida de la conciencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, LIII, 5; Catequesis bautismales, V, 4-5

Quienes montan en ira y están ebrios de ira ¿no se hallan en una situación tan grave como la de quienes están ebrios de vino? Dan muestras, en efecto, de tal desmesura que se abalanzan igualmente contra todos, sin controlar sus palabras ni saber distinguir a las personas. Lo mismo que los locos (µαινόµενοι) y los frenéticos se arrojan a los precipicios sin darse cuenta, así ocurre con los que se encolerizan o son presa de la ira

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, LIII, 5; Catequesis bautismales, V, 4-5

Creéis que os vengáis de vuestro enemigo, pero más bien os atormentáis a vosotros mismos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XX, 2

Vuestro resentimiento es un verdugo que lleváis dentro de vosotros a todas partes, es un buitre que desgarra vuestras entrañas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XX, 2

El que está furioso no puede disfrutar de la paz; quien tiene un enemigo y conserva odio contra él, tampoco gozará de ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XX, 2; Comentario a san Juan, XLVIII, 3

El hombre agitado se hace digno de mil suplicios: perpetuamente agitado por pensamientos tumultuosos, con el alma trastornada y angustiada noche y día, llega a sufrir aquí abajo unos tormentos precursores del infierno

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XX, 2; Comentario a san Juan, XLVIII, 3

Quien vive en pecado vive en un temor perpetuo; y, lo mismo que aquellos que se hallan en camino en una noche oscura en la que la luna no brilla, tiemblan siempre aunque no haya nadie que cause su alarma, así también los pecadores sienten una desconfianza continua aunque nadie les haga reproches. Pero los remordimientos de su conciencia hacen que todo les asuste, todo les resulte sospechoso, todo esté para ellos lleno de temor y de terror, a pesar de que no vean nada que los preocupe

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, V, 4. Cf. Comentario al salmo 142,4

La cenodoxia es un tipo de locura (µανία τίς έστιν ή κενοδοξία)

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XIX, 1

[El demonio de la cenodoxia] perturba la razón [del hombre] hasta el delirio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Sobre la vanagloria, 2; 10; Comentario al salmo 130

[La gloria que viene de Dios es] la gloria propia de la dignidad del hombre

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 10

Tras haber perdido la gloria propia de la dignidad del hombre, busca por doquier una gloria desdeñable y digna del mayor desprecio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 10

¿Por qué corres tras una sombra en lugar de atrapar la verdad? ¿Por qué buscas lo que es perecedero, y no lo que permanece?... Abandona el humo, la pura sombra, la hierba vil, las telarañas. Es imposible encontrar una palabra que exprese como es debido esta miserable inconsistencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre estas palabras: «No temáis» (Sal 48, 17), 1; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, IX; Comentario al salmo 4, 6. Cf. también la continuación de la primera homilía citada y el Comentario a san Mateo, LXV, 5

Las cosas humanas no son más que ceniza y polvo; un polvo que el viento disipa; sombra, humo, una hoja que es juguete del viento; una flor, un sueño, un ruido que pasa, un aire ligero que se desvanece por casualidad; la pluma ligera que sale volando, el agua que se escurre, menos que todo esto

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre estas palabras: «No temáis» (Sal 48, 17), 1; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, IX; Comentario al salmo 4, 6. Cf. también la continuación de la primera homilía citada y el Comentario a san Mateo, LXV, 5

La gloria es un nombre y nada más que un nombre... ¿Quién es, entonces, el hombre insensato que se apegara a nombres sin realidad, a fantasmas de los que tendría que huir?... Por eso gime el profeta, al ver tanta sinrazón en nuestra vida. Igual que un hombre, viendo a uno que huye de la luz y busca las tinieblas, le diría: ‘¿Por qué haces esta locura?’, así el profeta nos pregunta: ‘¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira?’

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre estas palabras: «No temáis» (Sal 48, 17), 1; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, IX; Comentario al salmo 4, 6. Cf. también la continuación de la primera homilía citada y el Comentario a san Mateo, LXV, 5

Quien está afectado por esta pasión pierde, por decirlo así, la lucidez de las percepciones, y no está menos dañado que los locos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

El deseo de honores es fuente de los mayores males

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

Esta pasión [la cenodoxia] es singularmente peligrosa

Juan Crisóstomo

Hermanos, tengamos cuidado de no hablar presumiendo de nosotros, pues esta vanidad nos hace odiosos a los hombres y abominables ante Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, III, 5

[La cenodoxia es] la última y más miserable de las servidumbres

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 9; cf. LXV, 4

Imaginando que se convertiría en Dios, perdió el estado que poseía

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 2; LXV, 6; Comentario a san Juan, IX, 2

Este ángel orgulloso los hace caer desde entonces en la misma impiedad, engañándolos con la ilusión de que se volverán semejantes a Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 2. Cf. también Comentario a san Juan, IX, 2

Los otros males que hay en nosotros provienen de nuestra negligencia, mientras que este lo contraemos haciendo el bien

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 1

Lo que la inflamación es para el cuerpo, lo es el orgullo para el alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Timoteo, XVII, 1

El orgullo no es sino un trastorno de la mente, una enfermedad muy grave y cruel que procede únicamente de la demencia, pues no hay nada más insensato que un orgulloso

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XVI, 4

El que se halla preso de esta pasión no está menos afectado que los locos (µαίνοµένοι)

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

No es el conocimiento lo que conduce al vértigo del orgullo, sino la ignorancia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Timoteo, XVII, 1

El que es presa de esta pasión pierde, por decirlo así, la lucidez de las percepciones

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

El que se eleva por unas cosas que no tienen nada de real, el que infla su corazón por una sombra, por la flor de la hierba (cf. 1 Pe 1, 24)..., ¿no es acaso el más ridículo de todos los hombres? Es como un pobre que padeciera hambre continuamente y se jactara de haber tenido una vez durante la noche un sueño agradable

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XVI, 4

Nadie se conoce más perfectamente que aquel que cree que él no es nada en absoluto

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XXV, 4

El orgulloso se desconoce a sí mismo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XXV, 4

El diluvio de los males, que inunda toda la tierra, no tiene otra fuente que el orgullo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 3; Comentario a san Juan, IX, 2; Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 85

[A causa del orgullo, la vida del hombre] va acompañada de tantos dolores y miserias

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 3; Comentario a san Juan, IX, 2; Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 85

Este vicio basta para echar a perder todo lo bueno que hay en un alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XVI, 4 (cf. Homilías sobre Ozías, III, 1; Homilías sobre 2 Tes, I, 2)

El orgullo es el mal culminante del hombre, y la raíz y la fuente de todos los pecados del mundo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, IX, 2. Lo afirma indirectamente Juan Clímaco, cf Escala, XXII, 4

Al que se encuentra poseído por esta pasión le sucede todo lo contrario de lo que desea

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozias, III, 4; Comentario a san Mateo, LXV, 6

Tiene unos elevados sentimientos sobre sí mismo, quiere que todos le honren; por el contrario, todos le desprecian... Todos los hombres se convierten en enemigos suyos, nadie lo apoya

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozias, III, 4; Comentario a san Mateo, LXV, 6

[El orgullo] hace del hombre un demonio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Tesalonicenses, I, 2

Dios, que es bueno por esencia, no descuida nada para llevarnos al bien y, como conoce los sentimientos más íntimos, los pensamientos más secretos que se agitan en el fondo de nuestros corazones, nos exhorta y nos aconseja. No emplea la coacción, sino que utiliza remedios apropiados a los males de cada uno y luego lo deja todo a la decisión de nuestro libre albedrío

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, XIX, 1

Con frecuencia, en las enfermedades que tratan los médicos, el enfermo se sitúa del lado de la medicina y de sus remedios sin ganar nada con ello, porque su constitución está debilitada, porque el arte se ha vuelto impotente, porque los remedios han perdido su virtud bajo la influencia de alguna funesta coyuntura. No ocurre así cuando el médico es Dios; por poco que estéis con Él, vuestra llaga se cura infaliblemente

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 6

El objetivo de un médico no es vengarse, sino atraernos hacia él. Un médico no se ofende ni se altera por las injurias de los enfermos que deliran, y no descuida nada para impedir que se envilezcan, considerando, no su ventaja personal, sino la de ellos; cuando recuperan un poco de su sensatez y de su tranquilidad, su corazón se llena de satisfacción y de alegría y redobla sus cuidados y remedios; lejos de querer vengarse de sus injurias, añade un favor tras otro, hasta que termina por devolverles la salud. Lo mismo Dios, cuando caemos en la última locura, sin pensar en vengarse del pasado, no dice nada ni hace nada que no se dirija a curarnos de nuestra enfermedad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Exhortaciones a Teodoro, 1, 4

[La Iglesia es] un laboratorio espiritual, donde se preparan los medicamentos a fin de que encontremos con qué curarnos de las heridas que el mundo nos inflige

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, II, 5

Quien bautiza no es el sacerdote, sino Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, L, 3

La gracia de Dios ha remodelado las almas, les ha dado la vuelta y las ha vuelto distintas de lo que eran

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, IV, 14

La vida nueva [del bautismo] no conoce la vejez, no está sujeta a la enfermedad, no es presa del desaliento, no se marchita con el tiempo, no cede ante nada y nada triunfa sobre ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, VI, 21

Entrad en la Iglesia y haced penitencia; allí reside el médico que cura, y no el juez que condena; allí no se exige el castigo del pecado, sino que se otorga la remisión

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado de la penitencia, III, 4

No hay enfermedad que resista a la virtud de este remedio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 9

Que mi alma y mi cuerpo recuperen la salud plena

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, plegaria de la comunión, en E. Mercenier, La prière des Églises de rite byzantin I, 308-311

Después de la gracia de Dios, todo depende de nosotros y de nuestra aplicación

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 24

El divino médico no nos cura a pesar nuestro

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 24

Los males del cuerpo no son siempre fáciles de curar, pero siempre podemos remediar fácilmente las enfermedades del alma. Para las enfermedades corporales hay que tener remedios y dinero, pero la curación del alma no exige trámites ni gastos. Cuántas fatigas para cerrar las llagas ardientes de la carne... Para el alma no hay nada de esto; basta con querer, con desear, y todo vuelve al orden... Esta porción de nosotros mismos, la más preciosa, la más necesaria, ha querido el Señor que podamos curarla fácilmente, sin gastos, sin dolor... Cuando se trata del cuerpo, no escatimamos en nada: gastamos, llamamos al médico, soportamos los sufrimientos más crueles, y, sin embargo, sus enfermedades no tienen nada de nefasto. Al alma la despreciamos, y eso que no es cuestión de dinero y no tenemos que perturbar el descanso de nadie, ni que soportar ningún dolor; cuando basta una resolución, un acto de la voluntad para devolverle su plena salud

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, VIII, 3,

Cuando se trata de curar el cuerpo distinguimos estas tres cosas, o más bien distinguimos cuatro o cinco: el médico, su arte, el enfermo, la enfermedad y la virtud de los remedios. De la oposición de estas cosas resulta una especie de combate; si el médico, la medicina y los remedios tienen como auxiliar la voluntad del enfermo, triunfan sobre la enfermedad. Si, por el contrario, el enfermo se niega a ayudarlos, se entrega él mismo a la enfermedad; a veces, incluso toma partido por ella en contra del médico, de los remedios y de la medicina, y entonces se mata. Sucede lo mismo en el caso presente; mejor dicho, algo mucho más extraordinario... Cuando el médico es Dios, a poco que estéis con Él, vuestra herida se cura infaliblemente

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 6, 3

[La fe] no deja que nuestra alma se agobie por ninguno de los males presentes y alivia sus miserias con la esperanza del porvenir

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre: «No tenemos un mismo espíritu de fe», I, 4; Comentario al salmo 115, 3

Con ella [la fe], ni la desgracia más grande podría precipitarnos en la desesperación

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre: «No tenemos un mismo espíritu de fe», I, 4; Comentario al salmo 115, 3

Hay un retorno si lo deseamos, y es posible volver a la belleza y al esplendor de antaño; basta con que colaboremos... El alma, una vez manchada y caída en la fealdad y la vergüenza a consecuencia de sus numerosos pecados, puede volver rápidamente a su belleza primera si nosotros mostramos una seria y sincera penitencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 24; cf. VI, 23

Tenemos que conservar siempre presente el recuerdo de nuestros pecados, incluso después de habernos purificado de ellos... El recuerdo del pasado es la salvaguarda del futuro

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 4

La penitencia es la curación del pecado

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

El pecado es la llaga y la penitencia es el remedio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Lo que la llaga y el remedio son para el cuerpo, el pecado y la penitencia lo son para el alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Empleemos el remedio salvador, la penitencia, o más bien, recibamos de la mano misma de Dios esta penitencia que debe curarnos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Recibamos, hermanos, la penitencia, el remedio que nos salvará, como el remedio que destruirá nuestros pecados

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Todos vosotros sois pecadores, pero no desesperéis, pues yo no dejo de ofreceros este remedio para aliviar vuestros males

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Yo presento para apoyar mis discursos, no solo a un hombre, ni a dos, ni a tres, sino a miles de hombres cubiertos de llagas y de úlceras, manchados con miles de crímenes, y que han sido curados por la penitencia, de modo que no ha quedado ni una cicatriz, ni rastro de sus antiguos males

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Cuando estemos cubiertos por completo con las llagas del pecado, si hacemos penitencia..., Dios las hará desaparecer de forma que no se vean ni cicatriz, ni rastro, ni indicio alguno

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Si Dios ve que los pecadores están dispuestos a hacer penitencia, si están por completo cargados de crímenes, cubiertos de úlceras, los trata y los cura sin que quede ninguna cicatriz, ningún rastro, ninguna marca de sus pecados

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Convenzámonos de toda la eficacia del remedio de la penitencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VII, 1-4; VIII, 1

Las lágrimas devuelven la vida a quien estaba muerto en el alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VIII, 4

El arrepentimiento resucita al que está muerto espiritualmente

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VIII, 4

Reconozcamos francamente lo que somos y lo que son las heridas de nuestra alma, pues es la manera de darles remedio. El que no conoce el mal no se ocupa de su enfermedad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilía sobre los demonios, II, 5

El diablo huye siempre ante la punta acerada de la penitencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, III, 4

[El tiempo de la oración es aquel en el que podemos] mostrar nuestras heridas al médico y obtener de él la curación completa

Juan Crisóstomo Cf. Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XXVII, 5; Homilías sobre la penitencia, IV, 12; Comentario al salmo 3, 3; Comentario a Isaías, I, 5; Comentario a san Mateo, LI, 1; Homilías sobre 1 Timoteo, VIII, 1

No busquéis refugio junto a los hombres, no pongáis los ojos en un auxilio perecedero; dejad a un lado todo esto y corred con el pensamiento al médico de las almas. El único que puede poner remedio a las heridas de vuestro corazón es Aquel que nos ha hecho a cada uno de nosotros y conoce todas nuestras obras. Basta con gritar desde el fondo de nuestro corazón a Él y ofrecerle nuestras lágrimas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, XXX, 5; Homilías sobre la penitencia, IV, 4

La oración es un remedio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XXVII, 5; Catequesis bautismales, VII, 25

La oración es un medicamento de salvación

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 7, 4; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XXVII, 5; Catequesis bautismales, VII, 25; Homilías contra los anomeos, V, 7

En ella [la oración] está nuestra salvación, el medicamento de nuestras almas y el remedio de los males que se desarrollan en ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 7, 4; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XXVII, 5; Catequesis bautismales, VII, 25; Homilías contra los anomeos, V, 7

El poder de la oración... cura las enfermedades

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 7, 4; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XXVII, 5; Catequesis bautismales, VII, 25; Homilías contra los anomeos, V, 7

Grande es el poder de la oración

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los efesios, XXIV, 4; Homilías contra aquellos que abusan de esta palabra del apóstol, etc., 12; Homilías sobre Ana, IV; también, Homilías sobre el Génesis, XLIX, 3; Homilías contra los anomeos, VII, 7

Nada, os lo aseguro, nada es más poderoso que la oración ardiente y pura, pues sólo ella puede liberarnos de los males presentes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los efesios, XXIV, 4; Homilías contra aquellos que abusan de esta palabra del apóstol, etc., 12; Homilías sobre Ana, IV; también, Homilías sobre el Génesis, XLIX, 3; Homilías contra los anomeos, VII, 7

Recurramos constantemente a Dios, pidámosle todo, pues nada vale como la oración; ella hace posible lo imposible, fácil lo difícil, llano lo que está erizado de obstáculos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los efesios, XXIV, 4; Homilías contra aquellos que abusan de esta palabra del apóstol, etc., 12; Homilías sobre Ana, IV; también, Homilías sobre el Génesis, XLIX, 3; Homilías contra los anomeos, VII, 7

La oración es un antídoto contra el pecado, un remedio de las faltas cometidas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XXVII, 5; Homilías sobre la Semana Grande, 5

Todos los días recibimos numerosas heridas; apliquemos a esas heridas el remedio adecuado, es decir, la oración. Pues Dios, si le rogamos con un espíritu vigilante, con un alma inflamada, con un corazón ardiente, puede concedernos el perdón, la remisión de nuestras faltas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XXVII, 5; Homilías sobre la Semana Grande, 5

[La oración es un] detergente del alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, VII, 25

La oración es guardiana de la salud

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías contra los anomeos, VII, 7; Homilías sobre la Epístola a Filemón, III, 2

La oración es un gran bien, un bien saludable, un bien que preserva nuestras almas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías contra los anomeos, VII, 7; Homilías sobre la Epístola a Filemón, III, 2

La oración preserva nuestros bienes intactos y aparta con prontitud los males

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías contra los anomeos, VII, 7

Es imposible que un hombre que reza con fervor e invoca a Dios sin cesar caiga en el pecado

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ana, IV, 5

Cuando la oración emita en el alma, todas las virtudes vienen con ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, citado por Calixto e Ignacio Xanthopouloi, Centuria, 29

Conocerse a [sí] mismo es el culmen del conocimiento del universo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, X

La fe sola no basta para salvarse

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XI, 7. Cf. también, Marcos el Monje, De quienes piensan que están justificados por sus obras, 17

A esta fe hay que juntarle la reglamentación de toda la vida y el cambio de la forma de vivir

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XI, 7. Cf. también, Marcos el Monje, De quienes piensan que están justificados por sus obras, 17

[La esperanza consiste en] esperar lo que no se realiza inmediatamente, en esperar confiadamente sin desanimarse nunca

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 146, 2

[La perseverancia es la capacidad de] permanecer firme en medio de los males

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 117, 3

Si habéis sido confundidos, es que no habéis esperado como debíais, que habéis dejado de esperar, que no habéis aguardado el final, que habéis sido débiles. De ahora en adelante obrad de otra manera

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 117, 2

Que, después de la misericordia de Dios, nadie ponga su esperanza más que en su propia santidad de vida

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 4, 7; Comentario a san Mateo, V, 4

La esperanza aligera todas las penas de aquí abajo

Juan Crisóstomo Juan Crisostomo, Comentario a san Juan, LXVII, 1 (cf. Homilías sobre el Génesis, XVII, 8); Homilías sobre las aflicciones, 1; Homilías sobre las estatuas, II, 3; Comentario al salmo 110, 1

Somos sostenidos en nuestras aflicciones por unas esperanzas eternas, firmes, inquebrantables

Juan Crisóstomo Juan Crisostomo, Comentario a san Juan, LXVII, 1 (cf. Homilías sobre el Génesis, XVII, 8); Homilías sobre las aflicciones, 1; Homilías sobre las estatuas, II, 3; Comentario al salmo 110, 1

El cristiano tiene la ventaja de que, sostenido por la esperanza de los bienes futuros, se pone por encima de todos los males de esta vida

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXVII, 1 (cf. Homilías sobre el Génesis, XVII, 8); Homilías sobre las aflicciones, 1; Homilías sobre las estatuas, II, 3; Comentario al salmo 110, 1

Ella [la esperanza] es una cadena sólida, colgada y clavada en los cielos, que sostiene nuestras almas durante la travesía, alza poco a poco hasta esa altura a los que se agarran a ella con fuerza y nos saca del torbellino de las miserias terrenas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Exhortaciones a Teodoro, I, 2

Depende, por tanto, de nosotros el que nuestros miembros sirvan al pecado o a la justicia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, IV, 5

La templanza consiste en no dejarse arrastrar por ninguna pasión

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a Tito, II, 2

La ira ha sido puesta en nosotros no para que pequemos..., no para que se convierta en nosotros en una pasión, en una debilidad, sino para que sea un remedio contra las pasiones

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 4, 7

La ira [es un] instrumento útil para despertar nuestra alma de sus excesos de somnolencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 4, 8

[El monje experimentado] llegará a curar completamente [a quien acude a él]

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Apología de la vida monástica, II, 8

En los tratamientos del cuerpo, el que corta por lo sano no siente el dolor de la operación; el desgraciado al que operan es el único que es desgarrado por agudos dolores. No ocurre así en el tratamiento de las almas...: el que habla es el primero que siente la pena cuando reprende a los otros

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilía: Es peligroso hablar para complacer.... 1

Para curar el alma, al igual que para curar el cuerpo, no basta con adaptar el remedio al mal, también es preciso aplicarlo en el tiempo adecuado

Juan Crisóstomo Gregorio de Nisa, Tratado de la virginidad, 17

Ninguna nación salvaje combate de modo tan encarnizado como los malos pensamientos que residen en el alma, como las pasiones alteradas... Es comprensible, pues esos primeros enemigos nos atacan desde fuera, y los segundos desde dentro. Pues bien, que los males interiores son más desastrosos y perniciosos que los que vienen de fuera es algo que observamos constantemente... Nada hay más fatal para la salud, para la fuerza del cuerpo, que las dolencias que se desarrollan en su interior; las ciudades sufren menos por la guerra extranjera que por sus disensiones internas; de igual modo, el alma no tiene que temer tanto las trampas que se le tienden en el mundo como las enfermedades cuyo germen ella misma ha proporcionado

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 4,12

De los malos pensamientos, unos no llegan a franquear el umbral de nuestra alma, si hemos sabido proveerla de buenas murallas; otros, después de nacer en nosotros, crecen si no tenemos cuidado, pero, si sabemos prevenir su progreso, pronto los ahogamos y enterramos. Otros, por último, nacen, crecen y se desarrollan en malas acciones, arruinan la salud de nuestra alma en cuanto nuestra negligencia traspasa los límites

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, IV, 5

[La virginidad posee] la palma de la prioridad en el tiempo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado de la virginidad, 11-12

[El matrimonio es bueno, pero] la virginidad es mejor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado de la virginidad, 13 (cf. 11)

[No se puede censurar al que se casa,] pero sí reprochar que se restrinja a una esfera más modesta

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado de la virginidad, 11-12

[La virginidad es] estéril e infructuosa en los paganos, porque no la practican con vistas a Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado de la virginidad, 1; 4; 8

[Cuando no es sino una forma de escapar del matrimonio,] la virginidad [es] más vergonzosa que el libertinaje

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado de la virginidad, 1; 4; 8

Al hablar de virginidad, el apóstol hace consistir su excelencia no tanto en la castidad del cuerpo como en la facilidad que nos proporciona para consagrarnos a Dios y dedicarnos a la piedad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado de la virginidad, 1; 4; 8

[Aquellos] que hacen voto de castidad no se proponen solo mantenerse puros, sino sobre todo no ocuparse más que de las cosas de Dios, consagrarse por entero a su servicio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado de la virginidad, 44

La virtud en el matrimonio es tanto menos fácil cuanto que el cuidado de una esposa y la preocupación solícita por los hijos detienen a nuestra alma en sus aspiraciones hacia el cielo y la conducen forzosamente a las preocupaciones de la tierra

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado contra las segundas nupcias, II, 3

[Jesús] no elimina solo el mal, sino la raíz del mal; pues la raíz del adulterio es la codicia impúdica. El Señor, por tanto, no corrige solo el adulterio, sino también la codicia. Los médicos combaten las causas de las enfermedades... Eso es también lo que hace Jesucristo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, VI, 2

Os exhorto a cortar este mal desde el principio. Igual que la fiebre, cuando empieza, no procura una sed muy ardiente, pero cuando ha aumentado y encendido el fuego, causa una sed que ya no puede apagarse, de modo que ni la bebida más abundante podría saciarla y no hace sino atizar la hoguera, así ocurre en esta pasión: si no la arrancamos desde el principio, si no le cerramos la puerta de nuestra alma, una vez entrada nos traerá una enfermedad que ya no se podrá curar... Suplico, pues, a quienes aún no conocen esta enfermedad, que se protejan de ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4-5

A quienes están afectados [por esta enfermedad], si quieren tomar a la razón como médico, les prometo grandes posibilidades de salvarse por la gracia de Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4-5

[Conviene meditar el ejemplo de] los que habían caído en el mal y se han curado de él

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 5

[Conviene] prescribir una regla detallada, siguiendo el uso de los médicos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 5

¡Qué locura! ¡Qué enfermedad! Pero diremos que no se trata solo de acusar a los enfermos, sino de curarlos de su pasión. Y cómo curarlos sino mostrándoles que su pasión es innoble y entraña males incalculables

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 5

[El enfermo necesita] no solo pensar en quienes se han curado del mal, sino también en los sufrimientos de quienes han perseverado en él

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXIII, 5

[Es preciso] comprender la falta de valor de las cosas, saber que la riqueza es un esclavo fugitivo e ingrato, que sume a sus posesores en multitud de males

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXIII, 5; XI, 5

Encomendémonos en todo [a nuestro Maestro] y no nos dejemos torturar por las preocupaciones de esta vida

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, VIII, 19

Si damos prioridad a los bienes espirituales, no nos apurarán los bienes materiales, pues Dios nos los concederá

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, VIII, 19

Tendamos con todo nuestro espíritu al deseo de los bienes espirituales y consideremos todo lo demás secundario respecto al gozo de los bienes futuros, a fin de recibir en abundancia los bienes presentes, los de la promesa

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, VIII, 24

[Existen] otra belleza, otras riquezas, otros gozos superiores

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilía sobre 1 Corintios, XXIII, 5; XI, 5

Lo haréis, si sustituís este amor [al dinero] por otro amor, el deseo de las cosas del cielo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IX, 6

Dios ha ordenado la limosna no tanto para el alivio de la indigencia cuanto para que aproveche a quienes la realizan

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la limosna, IV. Cf., Homilías sobre l Corintios, XXI, 6; Homilías sobre la Epistola a los romanos, XIX, 7

[El Señor] no solo considera la acción, sino que discierne la voluntad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, I, 4; Homilías contra los anomeos, VIII, 2; Homilías sobre el Génesis, LV, 4; Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXI, 5

Lo que [Dios] juzgará no es solo la acción externa, sino la intención secreta

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, I, 4; Homilías contra los anomeos, VIII, 2; Homilías sobre el Génesis, LV, 4; Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXI, 5

[Lo que Dios pide es] la rectitud de la voluntad y la pureza de la intención. Pues Dios quiere curar vuestra alma por medio de la limosna y librarla de sus enfermedades

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XIX, 1

La virtud de la limosna no consiste solo en dar, sino en dar de la manera y con el fin que Dios nos manda

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XIX, 1

[La limosna] no es el don, es la diligencia y la alegría de dar

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la limosna, IV; Homilías sobre la Epístola a los filipenses, I, 4; Homilías sobre el Génesis, LV, 4

[La alegría de dar es] la alegría de la caridad que se derrama

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la limosna, IV; Homilías sobre la Epístola a los filipenses, I, 4; Homilías sobre el Génesis, LV, 4

Hay que tener amor a Dios, y que sea este el que siempre nos mueva a actuar

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, I, 4. Cf. Homilías sobre el Génesis, XXXI, 7

No hay diferencia entre dar a un pobre o a Jesús

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXXVIII, 3

Por tanto, cuando des limosna a un pobre, dásela como a Jesucristo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXXVIII, 3

Debemos poner un cuidado especial en dar limosna a Jesucristo [haciéndosela al prójimo], porque no lo vamos a tener siempre en calidad de pobre, sino solo en esta vida

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, L, 4

Dios quiere curar vuestra alma mediante la limosna y liberarla de sus enfermedades

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XIX, 1

Guardémonos de desdeñar... este remedio [la limosna] para nuestras heridas. He aquí, en efecto, el remedio saludable por excelencia, que hará desaparecer las úlceras de nuestras almas, hasta los vestigios de todas las cicatrices

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, LV, 3; 4

¿Comprendéis la importancia de este remedio [la limosna]?, pues apliquémoslo a nosotros mismos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, LV, 3; 4

[Los pobres] son los médicos de vuestras heridas, y las manos que os tienden son los remedios que os ofrecen. La mano que el médico extiende hacia el enfermo, los remedios que le presenta no le curan tanto como el pobre hace desaparecer vuestros males extendiendo la mano hacia vosotros y recibiendo vuestra limosna

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, LV, 3; 4

[La limosna es uno de] esos remedios [por los cuales] haremos morir todas estas pasiones que envenenan nuestra alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, LV, 3; 4; Homilías: «Porque tenemos un mismo espíritu de fe», III, 11; Homilías sobre I Timoteo, XIV, 2; Comentario a san Mateo, IV, 9

[Una de las finalidades de la limosna es] enseñarnos a compadecernos de los males del prójimo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XIX, 7. Cf. Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 79; Gregorio Magno, Morales sobre Job, XXI, 16-19

Mirad qué útil es la limosna... enseguida las almas se unen

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a Tito, VI, 3

Ella es quien reúne en un solo cuerpo a los miembros de Jesucristo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a Tito, VI, 3

No hay pecado que la limosna no pueda purificar y no pueda destruir. Ella está por encima de cualquier pecado y es el remedio soberano contra todas las heridas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXV, 3; Homilías sobre la Epístola a Tito, VI, 3 (cf. VI, 2)

[La limosna] es el remedio de nuestras faltas, la que lava las manchas de nuestra alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXV, 3; Homilías sobre la Epístola a Tito, VI, 3 (cf. VI, 2)

La limosna hace que el remedio de la penitencia produzca su pleno y entero efecto. Los remedios que los médicos mandan se componen a menudo de ciertas plantas, entre las cuales hay una más saludable que las otras. Lo mismo ocurre con el remedio de la penitencia. De los ingredientes que la componen, se encuentra una planta más eficaz que todas las demás y que lo es todo. Esta planta se llama limosna

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, IX, 4. Cf. Homilías sobre la penitencia, VII, 6

No hay como la limosna y la misericordia para hacernos semejantes a Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses. Prefacio, 3

No os extrañéis de que lo propio del hombre sea ser caritativo, pues es lo propio de Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Timoteo, VI, 3; Homilías sobre 2 Corintios, XVI, 4; Comentario a san Mateo, LIII, 5

Es muy útil para disipar la tristeza afligirse profundamente por ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 14

[Los médicos necesitan] una esponja, nosotros aplicamos el remedio con la lengua; como los médicos para calentar el agua, nosotros también necesitamos fuego; lo que calienta nuestros discursos es la gracia del Espíritu Santo. También hoy buscamos consolaros. Si no lo hiciéramos, ¿dónde hallaríais alivio a vuestros males?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, VI, 1

[Para disipar la tristeza,] juntad a los razonamientos una oración asidua. Mediante el empleo frecuente de este doble remedio David... calmaba sus dolores y consolaba sus penas. Tan pronto oraba y decía: ‘Las aflicciones se han multiplicado en el fondo de mi corazón; líbrame de los males que me agobian’, como se dirigía a sí mismo este piadoso y religioso discurso: ‘¿Por qué estás triste, alma mía, por qué me perturbas? Espera en el Señor, yo volveré a alabarlo’

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 14. Cf. Evagrio Póntico, Antirrético, Tristeza

Oh, fiel, destierra la tristeza presente para revestir esa otra tristeza que el apóstol denomina tristeza según Dios, tristeza capaz de obrar nuestra salud duradera, en otras palabras, el arrepentimiento de los pecados que has cometido

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la consolación de la muerte, II, 8; Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 1

[Jesucristo] proclama bienaventurados a los que lloran, pero no a aquellos que lo hacen por algún motivo humano, como la pérdida de un bien temporal, sino a aquellos que tienen la compunción cristiana, lloran sus miserias y expían sus pecados e incluso los del prójimo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la consolación de la muerte, II, 8; Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 1

Depende de nosotros hacer que nuestros miembros sirvan al pecado o a la justicia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, IV, 5; Consolaciones a Estagiro, III, 13-14; Comentario a san Juan, LXXVIII, 1

El pecador... debe recurrir a la tristeza para desprender su alma y volverla a llevar a un estado mejor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, IV, 5; Consolaciones a Estagiro, III, 13-14; Comentario a san Juan, LXXVIII, 1

El Señor ha querido que la tristeza fuera una de las pasiones [naturales] del hombre... para que él obtuviera de ella valiosos beneficios. ¿Cómo obtenerlos? Entristeciéndonos por razones legítimas. Pues bien, lo que debe provocar esta tristeza no es la adversidad, sino solo el pecado

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, IV, 5; Consolaciones a Estagiro, III, 13-14; Comentario a san Juan, LXXVIII, 1

Grande es el poder de la tristeza; es una enfermedad espiritual que requiere mucha fuerza para hacerle frente valientemente y para rechazar lo que tiene de malo después de tomar lo que tiene de útil, pues posee su utilidad. En efecto, la tristeza es buena y útil cuando hemos pecado, pero es inútil cuando está causada por calamidades humanas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, IV, 5; Consolaciones a Estagiro, III, 13-14; Comentario a san Juan, LXXVIII, 1

Siempre es momento para las lágrimas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XV, 4 (cf. Tratado de la compunción, I, 9)

Allí donde hay temor, allí se encuentran lágrimas sinceras y abundantes, gemidos llenos de compunción

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XV, 1; Homilías sobre la Epístola a los Filipenses, III, 4

Cuando las lágrimas provienen del temor de Dios, duran siempre

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XV, 1; Homilías sobre la Epístola a los Filipenses, III, 4

Dios ha querido que la tristeza fuera una de las pasiones [naturales] del hombre, para que obtuviera de ella preciosos beneficios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 13

¿Has pecado? Haz duelo y harás que desaparezca el pecado

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, II, 3; Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3; V, 4 (cf. VII, 1)

La tristeza que tiene al pecado por asunto purifica de este pecado

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, II, 3; Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3; V, 4 (cf. VII, 1)

Si uno se entristece después de pecar, el pecado desaparece y se repara la falta

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, II, 3; Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3; V, 4 (cf. VII, 1)

[La tristeza] no tiene poder más que para destruir el pecado y borrarlo; con ese único propósito la creó Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, II, 3; Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3; V, 4 (cf. VII, 1)

Los medicamentos han sido hechos con vistas a las enfermedades que pueden curar, y no con vistas a las que no pueden aliviar en nada... Apliquemos a la tristeza lo que acabamos de decir, y encontraremos que no tiene efecto sobre las diversas circunstancias de la vida, y que el único mal del que puede curarnos es del pecado. Está claro, pues, que está destinada únicamente a librarnos de él

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, II, 3; Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3; V, 4 (cf. VII, 1)

Grande es el fruto [de los] gemidos, grande es su suavidad persuasiva y consoladora... En efecto, los gemidos continuos producen el consuelo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilía sobre los santos mártires, 3

La tristeza que tiene el pecado por motivo... nos procura una gran alegría

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3; cf. Homilías sobre los santos mártires, 3; Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 1. Cf. Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 58

La tristeza según Dios no produce más que placer y júbilo. Lo saben muy bien las almas que rezan con dolor y derraman lágrimas de penitencia. ¡De qué alegrías no se inundan!

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3

[Cristo] proclama bienaventurados a los que lloran, no a los que lo hacen por cualquier motivo humano [...], sino a los que poseen la compunción cristiana

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3

[La alegría,] lejos de ser contraria a las lágrimas, se engendra en su fuente pura y fecunda. Llorar nuestras verdaderas miserias y confesarlas es crearnos alegría y felicidad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XVIII, 3; cf. Homilías sobre los santos mártires, 3; Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 1. Cf. Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 58

Es posible estar en duelo por los propios pecados y alegre por causa de Cristo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 1

El verdadero cristiano se aflige por la caída de su hermano, y esta tristeza le granjea las gracias y la amistad del Señor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XVIII, 2

Para las enfermedades del alma, nuestros discursos tienen que cumplir dos acciones: primero curar la enfermedad; luego, tras la curación, impedir las recaídas. Actualmente buscamos un método para una terapéutica difícil; no se trata aún de alcanzar la plena salud. ¿Cómo cortar por lo sano este defecto deplorable? ¿Cómo calmar esta fiebre cruel de la ira? Veamos de dónde procede y destruyamos la causa. ¿De dónde suele proceder? De un exceso de arrogancia y de orgullo. Suprimamos esta causa, y la enfermedad desaparecerá

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXXII, 3

[Cristo] sabía que esta pasión necesitaba un remedio rápido. E igual que un médico hábil no proporciona solo profilaxis contra las enfermedades, sino que también las cura cuando ya se han formado, Jesucristo hace lo mismo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XVI, 10

¿Cómo combatir [la ira]?... Mediante la mansedumbre; combatir es estar del lado contrario

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XVI, 10

La mansedumbre quiebra la ira

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XVI, 10

La ira es un fuego, es una llama que agarra, muerde y abrasa. Apaguémosla con la mansedumbre y la paciencia

Juan Crisóstomo

La ira destruye la paciencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, XXII, 3; Juan Clí- maco, Escala, VIII, 36; Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 47; Juan Casiano, Conferencias, XII, 6; Instituciones cenobíticas, XII, 3, 2; Conferencias, V, 23

El hombre verdaderamente paciente soporta sin flaquear el peso de la adversidad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, VI, 4; Homilías sobre 1 Corintios, XXXIII, 1

El hombre paciente es como un puerto en el que se disfruta de una calma profunda: el daño que le causéis no podrá conmover esta roca; vuestros ultrajes no podrán quebrantar esta torre

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, VI, 4; Homilías sobre 1 Corintios, XXXIII, 1

[La paciencia] libra al alma de los espíritus malignos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXXXIV, 1; cf. Homilías sobre 1 Corintios, XXXIII, 1

(La paciencia es para el hombre) la fuente de todo bien

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXXXIV, 1; cf. Homilías sobre 1 Corintios, XXXIII, 1

[La paciencia] proporciona una fuerza invencible

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Cartas a Olimpiada, VII, 4. Cf. Id., Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, VI, 3; Cipriano de Cartago, Del beneficio de la paciencia, 17 (cf. 14)

La paciencia podría ser un camino hacia la venganza

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXXIII, 1

[La paciencia podría] atizar la llama de la ira en las almas irritadas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXXIII, 1

[La paciencia sin caridad podría] llevar al rencor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXXIII, 1

La paciencia sin la generosidad es un defecto

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXXIII, 1

Tenéis un tesoro más abundante que todas las riquezas...: el temor de Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilía sobre las Calendas, 3

Donde está el temor, se reprimen los malos deseos, se destierran las pasiones desordenadas; y lo mismo que, cuando una casa está vigilada sin cesar por una patrulla de soldados, ningún ladrón, ni asesino, ni otro malhechor se atreve a acercarse, así también, cuando el temor se apodera de nuestras almas, no entra en ellas ninguna pasión deshonesta, sino que todas huyen y se retiran, expulsadas de todos lados por la fuerza imperiosa de un espanto saludable

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XV, 1. Cf. Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, IV, 49

[El temor de Dios] no solo expulsa de nuestro corazón las pasiones, sino que introduce en él todas las virtudes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XV, 2

Nada hace crecer y florecer la virtud como el sentimiento de un continuo temor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XV, 2

Tan lejos se está de hacer el bien cuando no se experimenta este sentimiento [el temor de Dios], como de hacer el mal cuando se experimenta

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XV, 1

El que es virtuoso y teme al Señor es el más sabio de los hombres

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XLI, 3

El que teme a Dios posee la sabiduría

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XLI, 3

El hombre dichoso es únicamente el que teme al Señor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, II, 1; Comentario al salmo 127, 1; Comentario al salmo 111, 1

El que teme a Dios... goza de una verdadera y sólida felicidad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, II, 1; Comentario al salmo 127, 1; Comentario al salmo 111, 1

En el temor de Dios consiste la verdadera felicidad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, II, 1; Comentario al salmo 127, 1; Comentario al salmo 111, 1

Tras censurar la vanidad..., proporciona el remedio para un alma afectada de este mal [ordenando]...: ‘Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha’ (Mt 6, 3)

Juan Crisóstomo Cf. Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XIX, 2

Si no perdemos de vista nuestros pecados, los bienes externos no podrán nunca hinchar nuestras almas. Las riquezas, el poder, el rango supremo, las dignidades y los honores no tendrán ninguna influencia sobre nosotros

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los hebreos, IX, 5; Juan Climaco, Escala, XXI, 42 (cf. 41)

[El hombre, sin Dios, no es sino] polvo y ceniza, sombra y humo

Juan Crisóstomo Cf. Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXX, 3; Homilías sobre 2 Tesalonicenses, I, 2; Homilías sobre Ozías, IV, 4; Comentario a san Juan, XXXIII, 3

[La humildad] consiste en considerarse una nulidad a pesar de la grandeza y la cantidad de los méritos que se poseen

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, VI, 2; Homilías contra los anomeos, V, 6; Homilías sobre el Génesis, XXXIII, 5

La verdadera humildad consiste en ceder ante quienes están por debajo de nosotros, y en preferir a quienes nos parecen inferiores a nosotros. Si reflexionamos, pensaremos que nadie es inferior a nosotros, y creeremos que todo el mundo nos sobrepasa

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, XXXIII, 5

¿Quiénes son esos a los que Jesús llama pobres de espíritu? Son los humildes...

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 1

[Los pobres de espíritu] son los humildes y quienes tienen el corazón contrito. Pues por la palabra espíritu entiende el corazón y la voluntad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 1-2

La humildad tiene varios grados... David alaba esta humildad perfecta que no consiste solo en un abajamiento, sino en un quebrantamiento completo del corazón, cuando dice: ‘El sacrificio agradable a Dios es un espíritu abatido por la aflicción y el arrepentimiento; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias’ (Sal 50, 19)

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 1-2

El fundamento de nuestra filosofía es la humildad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilía sobre la humildad, 2. Cf. Juan Clímaco, Escala, XXV, 44

A esta humildad le otorga Cristo el primer puesto en sus bienaventuranzas, porque el diluvio de males que inunda la tierra no tiene otra fuente que el orgullo... Como el orgullo era, por así decir, el mal culminante del hombre y la raíz y fuente de todos los pecados del mundo, Jesucristo, para curarlo mediante un remedio contrario, estableció primero esta ley de la humildad como fundamento inamovible del edificio que quería construir. Cuando se ponga este fundamento, el que construya podrá elevar sin temor el resto del edificio; pero si falta, cuando el edificio se eleve hasta el cielo, necesariamente se tambaleará y se irá cayendo a pedazos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 2

Edificar sobre otro fundamento es condenarse a no hacer nada duradero y a trabajar en vano

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los cambios de nombre, IV, 6

Gracias a la humildad [el alma] se mantiene sana

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epistola a los filipenses, VII, 5

[La humildad es] la madre, la raíz, el alimento, el vínculo y la base de todos los bienes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXX, 3. Cf. Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 21; Barsanufio, Cartas, 226; Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, I, 7

El que se ha entregado a Dios... domina la ira, la envidia, la avaricia, el placer y todos los demás vicios; examina y medita sin cesar la forma de no dejar que su alma esté dominada por la pasiones vergonzosas, ni que su razón esté sometida a una insoportable tiranía, sino que su espíritu esté siempre por encima de todo esto

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comparación del solitario y el rey, 1-2

Pues el verdadero rey es aquel que manda... sobre todas las pasiones, el que somete todo a las leyes de Dios, el que conserva libre su espíritu y no deja que la tiranía de las sensualidades dominen en su alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comparación del solitario y el rey, 1-2

Nada proporciona más habitualmente la paz como el poseer la virtud, que destierra de nuestro corazón las pasiones junto con las perturbaciones que ellas fomentan, y hace que el hombre deje de estar en guerra consigo mismo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 4, 11

La caridad es lo que hace que descienda entre nosotros el Hijo amado de Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilía sobre la perfecta caridad, 1

[Los santos actúan] como si el género humano no fuera más que una sola persona

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 9, 8

[El amor de Dios y el amor del prójimo están] unidos y juntos como los eslabones de una cadena

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario sobre san Juan, LXXVII, 1

Es ella [la caridad] la que hace que el hombre sea hombre. Y no os sorprendáis que sea propio del hombre el ser caritativo, puesto que es lo propio del mismo Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario sobre san Mateo, LII, 5

[El amor] es el remedio de nuestras faltas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a Tito, VI, 3. Cf. Homilías sobre la segunda Carta a Timoteo, II, 1

[La caridad] reúne a todos los hombres en un solo cuerpo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilía sobre la perfecta caridad. Cf. Máximo el Confesor, Cartas, 2