Los males del cuerpo no son siempre fáciles de curar, pero siempre podemos remediar fácilmente las enfermedades del alma. Para las enfermedades corporales hay que tener remedios y dinero, pero la curación del alma no exige trámites ni gastos. Cuántas fatigas para cerrar las llagas ardientes de la carne... Para el alma no hay nada de esto; basta con querer, con desear, y todo vuelve al orden... Esta porción de nosotros mismos, la más preciosa, la más necesaria, ha querido el Señor que podamos curarla fácilmente, sin gastos, sin dolor... Cuando se trata del cuerpo, no escatimamos en nada: gastamos, llamamos al médico, soportamos los sufrimientos más crueles, y, sin embargo, sus enfermedades no tienen nada de nefasto. Al alma la despreciamos, y eso que no es cuestión de dinero y no tenemos que perturbar el descanso de nadie, ni que soportar ningún dolor; cuando basta una resolución, un acto de la voluntad para devolverle su plena salud
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