[No es pequeño el peligro de que el hombre] engañado por la experiencia del placer, no estime ya ningún bien fuera del que se disfruta por medio de la carne con un cierto apego pasional, y no se vuelva totalmente carnal por haber apartado su espíritu del deseo de los bienes incorpóreos, persiguiendo por todos los medios lo que las cosas ofrecen de agradable, hasta el punto de ser ‘más amigo del placer que de Dios’ (2 Tim 3, 4)
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