Sin duda, el enemigo combate [a los cristianos], pero ellos permanecen junto a la divinidad, se han revestido de la fuerza y el sosiego de lo alto, y no se preocupan de la guerra
Las virtudes no hacen que cesen los asaltos de los demonios, pero nos conservan indemnes
La impasibilidad no consiste en no ser atacado por los demonios, pues para ello, como dice el apóstol, deberíamos irnos de este mundo (1 Cor 5, 10), sino en permanecer inexpugnables cuando nos atacan
[Al impasible] los artificios de los demonios ya no le resultan más que un juego irrisorio
Luchar en los padecimientos es el combate de la virtud, el precio de la victoria que, para los que dan pruebas de paciencia, acarrea la impasibilidad del alma
[La impasibilidad vuelve a quienes la poseen] inaccesibles para los enemigos
Considero que la señal de la santa impasibilidad es poder decir: ‘Cuando el maligno se aleja de mi, no lo noto (Sal 100, 4); no sé cómo ha llegado, ni por qué, ni cómo se ha marchado; sino que soy completamente insensible a todo esto, pues estoy unido enteramente a Dios, y siempre lo estaré’
La fuerza de los demonios disminuye cuando la práctica de los mandamientos debilita en nosotros las pasiones; es destruida cuando, finalmente, por efecto de la impasibilidad, estas pasiones han desaparecido del alma, pues ya no encuentran en ella unas complicidades que servían de base a sus ataques. Y este es sin duda el sentido del versículo: ‘Perderán su fuerza, y perecerán ante tu faz’ (Sal 9,4)
Toda la lucha que el monje lleva a cabo contra los demonios tiene por objetivo separar las pasiones de las representaciones; si no, sería imposible permanecer impasible a la vista de las cosas