El objetivo de la templanza lo realizamos de esta manera: por una parte usamos conforme a nuestras necesidades las cosas más simples, necesarias para la vida, evitando toda saciedad; por otra, nos abstenemos de todo lo que no sirve más que para el placer
El hombre con templanza debe usar esta regla para su propia vida: no aplicar nunca su alma a un objeto en el que se halle mezclado ningún esbozo de placer y, sobre todo, guardarse del placer del gusto... A fin de que nuestro cuerpo permanezca soberanamente tranquilo y no lo turbe ninguno de los movimientos apasionados que nacen de estar saciado, debemos estar atentos a que no sea el placer, sino la utilidad, lo que defina en cada caso la medida de la conducta conforme a la templanza y el límite del disfrute. Y si el mismo agrado se encuentra íntimamente ligado a la utilidad..., no debemos rechazar la utilidad a causa del gozo que la acompaña, ni tampoco, por supuesto, perseguir en primer lugar el placer, sino que conviene, a la vez que se escoge lo que hay de útil en todas las cosas, despreciar lo que encanta a los sentidos
El placer que se obtiene de forma natural al comer no es un mal esencial
[La templanza apaga la concupiscencia] incitando a suprimir todo aquello que no responde a una necesidad, sino que procura solamente placer. No permite que uno se conceda más que lo que es necesario para vivir; no busca lo agradable, sino lo útil, y calcula la comida y la bebida conforme a la necesidad
[El placer,] si no va acompañado de intemperancia... o de algún otro vicio, no se puede decir que sea malo
En efecto, nunca podremos despreciar el placer de los alimentos terrenos, si nuestro espíritu no se apega a la contemplación divina y no encuentra su felicidad más bien en el amor a la virtud y en la belleza de los alimentos celestiales