No basta con que suprimamos la ira de nuestros actos, sino que también tenemos que arrancarla por completo del fondo de nuestra alma... En efecto, la palabra evangélica nos manda arrancar las raíces de los vicios más que los frutos. Y el espíritu podrá permanecer sin cesar en una total paciencia y santidad cuando la ira haya sido expulsada no de la superficie de los comportamientos, sino del interior de los pensamientos
Traducido del latín