Sabemos que cuando [Dios] se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es
Nuestras almas deben, pues, cambiar y pasar de su estado actual a otro estado, en una naturaleza divina, y hacerse nuevas... El Señor ha venido para cambiar y recrear nuestras almas, para hacerlas participar de la naturaleza divina, como está escrito (2 Pe 1, 4), para dar a nuestra alma un alma celestial, a saber, el espíritu de la divinidad... a fin de que podamos vivir de la vida eterna
En este momento, como todos los seres finitos, dejamos de poseer nuestras propias facultades y nos convertimos en algo que nuestras facultades naturales no podrían nunca producir, pues la naturaleza humana no posee la capacidad de comprender lo que está por encima de la naturaleza. En efecto, ninguna criatura puede obtener de ella misma la deificación, porque es incapaz de aprehender a Dios. Solo la gracia divina puede operar la deificación, según los méritos de cada uno, irradiar la naturaleza mediante la luz sobrenatural y elevarla, por la excelencia de su claridad, más allá de sus propios límites
¿Quién, tras haberte visto, tras haber sido iluminado sensiblemente por tu Gloria, por tu divina luz, no se ha transformado en su inteligencia, su alma y su corazón, y no ha obtenido el favor extraordinario, oh Salvador, de ver y oír de una manera diferente? Pues la inteligencia, sumergida en tu luz, se vuelve luminosa, se transforma en luz; semejante a tu gloria, se llama tu inteligencia; aquel a quien se le ha concedido llegar a este estado sí merece poseer tu inteligencia y se vuelve inseparablemente uno contigo
La contemplación no es sólo desprendimiento y negación; es una unión y una divinización que sobrevienen... tras el desprendimiento
Dios aparece entonces en el alma y en el cuerpo, pues las características de su naturaleza son vencidas por la sobreabundancia de la gloria
¡Oh maravilla! El hombre está unido a Dios a la vez espiritual y corporalmente, puesto que el alma no se separa del espíritu (νούς) ni el cuerpo del alma, sino que en la unidad de la esencia el hombre se convierte también en triple hipóstasis por gracia, y en un solo dios por posición (θέσις), con su alma, su cuerpo y el Espíritu divino del que participa. Entonces se realiza lo que dijo el profeta David: ‘Yo dije: todos vosotros sois dioses, e hijos del Altísimo’ (Sal 81,6)
[La luz de la gracia hace que el hombre sea] todo entero como una luz
Dios y los santos tienen una sola y misma energía
[A Dios] no podemos llegar a contemplarlo si no es por la observancia exacta de sus mandamientos, es decir, si su práctica no está mancillada con ninguna clase de alteración debida a la negligencia y el desprecio, sino que se observa y se pone en práctica con un cuidado ferviente. Por consiguiente, ‘todos aquellos que se atengan a esta regla no se hallarán nunca lejos del reino de los cielos’ (Mc 12, 34); en proporción a su fervor y a su práctica..., tarde o temprano, más o menos, recibirán el salario de la visión de Dios y se harán partícipes de la naturaleza divina; tendrán la categoría de dioses por adopción e hijos de Dios en Jesucristo
El que participa de la energía divina se convierte él mismo de algún modo en luz
A la vez que permanece enteramente hombre por su naturaleza, en su alma y en su cuerpo, se vuelve enteramente dios en su alma y en su cuerpo, por la gracia y el esplendor divino de la gloria beatificante que le conviene por entero
Entonces se realiza lo que dijo el profeta David: ‘Dije: Todos vosotros sois dioses, e hijos del Altísimo’ (Sal 81,6). Hijos del Altísimo, es decir, a imagen y semejanza del Altísimo
[El hombre no ve a Dios y no es deificado más que] en la medida en que él mismo se ha vuelto receptivo a la fuerza del Espíritu divino
La gracia de la oración une al espíritu con Dios y, por eso mismo, lo retira de cualquier otro pensamiento. El espíritu, conversando entonces con Dios, en su desnudez, se vuelve deiforme
[Quienes conocen a Dios lo conocen] porque, unidos a Él, han adquirido ya el aspecto de Dios
El verdadero conocimiento, la unión y la asimilación a Dios no suceden sino por la observancia de los mandamientos
Pensamos que los mandamientos de Dios otorgan el conocimiento; no solo el conocimiento, también la deificación