Monje benedictino y papa de 590 a 604, uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina, autor de los «Moralia in Job», la «Regla pastoral» y los «Diálogos». Su análisis de los vicios capitales y su enseñanza sobre la compunción y la cura de almas hicieron de él el gran maestro de espiritualidad del Occidente medieval.
Murió el 12 de marzo de 604.
Desde el momento en que una sola [pasión] consigue perturbar el orden, aparece indefectiblemente otra dispuesta a causar daño. La Escritura dice muy oportunamente (cf. Job 35, 25) que estos jefes arengan y el ejército lanza gritos. En efecto, cuando los principales vicios, bajo el pretexto que sea, se incrustan en el alma engañada, la innumerable multitud de aquellos que los siguen arrastra a esta alma a toda suerte de locuras y la perturba con un clamor que podría calificarse de bestial
La desdichada alma que se ha dejado hechizar, siquiera una sola vez, por estos vicios principales bajo el golpe de los pecados que se multiplican, enloquece y se encuentra devastada con una brutalidad completamente bestial
El vicio no está en el alimento, sino en la forma de ingerirlo. Por eso es del todo posible tomar manjares refinados sin pecar, mientras que comer platos más bastos puede constituir una falta
Cuando ha alcanzado un montón de cosas en su avaricia, su misma saturación lo oprime. Mientras su única preocupación es buscar cómo conservar lo que ha adquirido, esta saciedad lo angustia. El primer dolor que siente son los quebraderos de cabeza causados por todas las cuestiones que le plantea su deseo inmoderado: ¿cómo obtener lo que apetece?... Luego, una vez colmados estos deseos, surge otro dolor: la inquietud por preservar todo eso que ha adquirido con tanto trabajo. Se halla, pues, agobiado por toda clase de dolores, que son aquí abajo el castigo por su codicia y la preocupación por conservar lo que posee
Habiendo perdido toda esperanza, se entregaron al libertinaje y cometieron toda clase de errores, hundidos en la impureza
[De la desesperación] mana el extravío del espíritu hacia las cosas prohibidas
Picado por el aguijón de la ira, el corazón palpita, el cuerpo tiembla, la lengua bosteza, el fuego sube al rostro, los ojos brillan: el hombre se vuelve irreconocible para quienes lo conocen. La boca profiere sonidos, pero la inteligencia ya no sabe lo que dice. ¿En qué se diferencia de un loco en trance un hombre que deja de ser consciente de lo que dice? A menudo sucede que la ira baja hasta los puños y surge con una violencia que se corresponde con su sinrazón. La mente ya no es capaz de ningún control, pues se ha vuelto el juguete de una potencia extraña a ella; y si su rabia actúa sobre sus miembros en el exterior haciendo que golpeen, es porque en el interior mantiene cautiva al alma, que debería dominarla
[La ira] perturba el alma y, por decirlo así, la desgarra y la corta
[La ira] arroja en [el alma] la confusión
El pecado de la ira, al aniquilar la ternura de nuestra alma, corrompe nuestra semejanza con la imagen divina
En cuanto el Espíritu Santo la abandona, vemos al alma arrastrada a una evidente locura y dispersa tanto en sus pensamientos más profundos como en sus expresiones más superficiales
Cuando la ira golpea la ternura del alma, la perturba y, por decir así, la desgarra y corta, de forma que la divide y enfrenta con ella misma
Dios priva de la irradiación de su conocimiento a la mente a la que la ira entenebrece con su confusión
Corrompe el alma como una enfermedad contagiosa y generalizada corrompe el cuerpo
[El primer daño que sufre el orgulloso es] estar ciego y perder la rectitud de su juicio
El orgullo no se contenta con destruir una sola virtud; se dirige contra todas las partes del alma y las corrompe a la manera de una enfermedad contagiosa y generalizada que mata el cuerpo entero
Los siete vicios principales son los retoños que brotan directamente de esta raíz corrompida
No es raro que algunas personas se dispongan a luchar con convicción contra ciertos vicios, pero olvidan superar otros; al no resistirse a estos últimos, vuelven a encontrarse con aquellos que ya habían logrado superar... Así pues, los vicios retienen a aquel que quiere huir de ellos gracias a una especie de pacto de asistencia mutua: se diría que recuperan bajo su yugo a aquel que habían perdido, y que se lo pasan de uno a otro para vengarse. Sí, para los pecadores, ‘sus caminos giran sobre sí mismos’: cuando pueden levantar un pie porque han conseguido vencer un tipo de pecados, otro vicio toma el poder, y se enredan de nuevo en el que habían logrado eliminar
Cada virtud tomada por separado es tanto más débil cuanto más defectuosas son las demás
Una virtud aislada de las otras es, o bien una virtud que no existe, o bien, en todo caso, una virtud que está aún muy lejos de la perfección
El alma no accede de una sola vez a la cima; es conducida por tramos sucesivos hasta las alturas de la virtud...; nuestro progreso se realiza, pues, por grados
La vigilancia debe ser de todos los instantes... Hay que estar constantemente en pie de guerra, para entablar el combate con el Adversario; nuestra desconfianza debe prever sin descanso sus maniobras ocultas... Si queremos que la tentación repentina y oculta no nos sorprenda, necesitamos permanentemente mantenerla a raya con... la espada de nuestra vigilancia
Con la ascesis buscamos extinguir los vicios de la carne, no la carne misma. Cada uno debe hacerse dueño de su cuerpo, pero con moderación, para que la carne no reaccione empujándonos a algún pecado, y para que conserve la suficiente vitalidad como para realizar eficazmente lo que debe hacer
Nadie puede progresar en la lucha espiritual si antes no domina al enemigo que se camufla bajo los apetitos golosos. Es un error entrar en combate contra unas potencias lejanas cuando se está sometido por las cercanas... Algunos, ignorantes de la táctica que hay que seguir en esta guerra, se lanzan a combates espirituales sin haber controlado su gula. A veces llegan a realizar cosas importantes que requieren mucho arrojo; pero, dominados por la gula, los atractivos de la carne les hacen perder todo el provecho obtenido
El fundamento esencial de una virtud es la humildad
Él [san Benito] vio una luz... En esta visión... el mundo entero, como si se hubiera juntado bajo un solo rayo de sol, se presentó ante sus ojos