El mismo Señor, mostrando la incapacidad de los médicos de entonces, dijo: ‘Ciertamente, me citaréis este proverbio: médico, cúrate a ti mismo’ (Lc 4, 23). Quería decir: ‘Yo no soy como ellos, que no pueden curarse a sí mismos. Yo soy el médico verdadero... Puedo curar cualquier enfermedad y cualquier debilidad del alma (cf. Mt 10, 1). Yo soy el Cordero inmaculado que ha sido inmolado de una vez para siempre, y puedo curar a todos aquellos que vienen a mí’. En efecto, la verdadera curación del alma sólo puede obrarla el Señor
Traducido del griego