Él creyó que el esplendor de la sabiduría y la belleza de las virtudes con las que le había adornado la gracia del Creador las había obtenido por el poder de su propia naturaleza y no por la magnificencia divina. Infatuado por esta razón, como si no tuviera necesidad del auxilio divino para perseverar en esta pureza, se juzgó semejante a Dios y pretendió que, como Dios, no necesitaba a nadie; puso su confianza en su libre albedrío y creyó que de este modo podría procurarse en abundancia todo lo que la perfección en la virtud y la beatitud eterna exigen. Este único pensamiento fue su primera caída
Traducido del latín