Del mismo modo que no se dan al cuerpo los mismos remedios y los mismos alimentos, sino que cada uno recibe su tratamiento específico dependiendo de si goza de buena salud o sufre una enfermedad, así también se cura a las almas según principios y métodos diferentes. Los testigos de la eficacia del tratamiento son los mismos pacientes. A unos los mueve la palabra, a otros los determina el ejemplo. Unos necesitan aguijón; otros, freno. Unos son lentos y se dejan empujar al bien con dificultad; a estos los tiene que despertar el choque de la palabra
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