Cuando el espíritu, al negarse a sí mismo, se agarra únicamente a la esperanza, entonces el enemigo, bajo pretexto de confesión, le pone ante los ojos una imagen de sus antiguos pecados para volver a encender las pasiones olvidadas por la gracia de Dios y perjudicarlo solapadamente. Pues, aunque el espíritu sea entonces luminoso y esté lleno de aversión por las pasiones, se volverá necesariamente tenebroso, una vez implicado de nuevo en las acciones pasadas. Si su alma es turbia y amiga del placer, no puede dejar de entretenerse con complacencia en esas sugestiones, de modo que tal rememoración será en realidad una predisposición al pecado más que una confesión
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