Juan Casiano — 168 quotes

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JuanCasiano

Patristicc. 360 – c. 435
Born Escitia Menor, región de Dobrudja (actual Rumanía, cerca de Constanza) (approximate)
Died Marsella, Galia Narbonense (actual Francia)
Tradition Monje latino
Map Marsella, where they died

Not yet translated; shown in Spanish.

Monje de los siglos IV-V, formado en Belén y en el desierto egipcio, fundador de monasterios en Marsella. Sus 'Instituciones cenobíticas' y sus 'Colaciones' transmiten a Occidente la doctrina de los Padres del desierto, en particular el análisis de los ocho pensamientos o vicios capitales heredado de Evagrio.

Su origen escita (Dobrudja) es el más aceptado, pero algunos investigadores defienden un nacimiento en la Galia.

All 168 quotes

[En el recuerdo de Dios el hombre] fija su atención en un único objetivo hacia el que hace converger activamente todos los pensamientos que surgen... en su espíritu

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 6

[Con los sueños malsanos ocurre lo mismo] que con las enfermedades del cuerpo, que no se contraen en el momento en que parecen nacer, sino mucho antes

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 11

[Los sueños malsanos son] el síntoma de un mal que se incubaba interiormente..., que el reposo del sueño hace salir a la superficie, revelando la fiebre oculta de las pasiones que hemos contraído alimentando a lo largo de la jornada pensamientos malsanos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 11

Todos los vicios tienen una misma fuente y un idéntico origen. Pero, según la parte y -por decirlo de alguna manera- según el miembro que se halla pervertido en el alma, esta recibe los distintos nombres de las pasiones y las enfermedades espirituales. La analogía de las afecciones corporales sirve a veces como prueba. Pues, aunque la causa sea una, no deja de diversificarse en muchos tipos de enfermedades, según el miembro que se ve afectado. Si el humor insano asedia la cabeza, que es como la ciudadela del cuerpo, da lugar a la cefalea; si invade los oídos o los ojos, tenemos la otalgia o la oftalmia; si afecta a las articulaciones o a las extremidades de las manos, se trata de la enfermedad articular, o la gota de las manos; si desciende hasta la extremidad de los pies, la afección cambia de nombre para llamarse podagra o gota de los pies. Para una misma fuente de humor maligno, hay tantos vocablos distintos como partes o miembros afectados. Del mismo modo, si pasamos de las cosas visibles a las invisibles, podemos creer con razón que la energía de los vicios se encuentra localizada de forma similar en las diferentes partes y, si puede decirse así, miembros del alma. Pues bien, los sabios distinguen tres facultades: la racional, la irascible y la desiderativa. Siempre que el mal nos ataque se alterará necesariamente una u otra. Por tanto, cuando la pasión mala afecta a cualquiera de estas potencias, el vicio particular recibe su denominación de la alteración que provoca

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 15

Cuando la peste viciosa infecta la parte racional, engendra la cenodoxia (vanagloria o vanidad), la rebeldía, el orgullo, la presunción, la rigidez y la herejía. Cuando hiere la parte irascible, engendra la ira, la impaciencia, la tristeza, la acedia, la pusilanimidad y la crueldad. Cuando corrompe la parte desiderativa, produce la gastrimargía (gula), la impureza, el amor al dinero, la avaricia, los deseos perniciosos y terrenales

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 15

Las ocho pasiones principales hacen la guerra conjuntamente al género humano, pero sus ataques no se presentan de la misma manera en todos los individuos indistintamente

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13

En uno ocupa el primer lugar el espíritu de lujuria; en otro, la ira; en este la cenodoxia reivindica el cetro, en aquel detenta la soberanía el orgullo. Y aunque cada uno de nosotros tiene que sufrir los asaltos de todos, no somos atacados de la misma manera ni en idéntico orden

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13

Si antes de nada no hemos descrito las variadas formas de una enfermedad, si no hemos determinado su origen y sus causas, no podremos aplicar a los enfermos el tratamiento adecuado ni permitir a los sanos conservar la buena salud

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 13

No podrán curarse jamás las enfermedades, ni encontrarse los remedios para los problemas de salud, si primero no se buscan sus orígenes y sus causas con una investigación minuciosa

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4

Los ancianos tienen por costumbre exponer esto en sus conferencias, y especialmente cuando se trata de la instrucción de los jóvenes. Nosotros reconocíamos muchos de esos elementos en nosotros mientras los ancianos hacían una exposición completa de ellos... y nos curábamos aprendiendo sin decir nada los remedios y, al mismo tiempo, las causas de los vicios que nos minaban

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 13

Igual que los médicos más experimentados no suelen contentarse con curar las enfermedades presentes, sino que, con su sabia experiencia, se adelantan a las enfermedades futuras y las previenen mediante prescripciones y remedios saludables, así también estos auténticos médicos de las almas destruyen de antemano en la instrucción espiritual, por medio de una suerte de antídoto celestial, las enfermedades del corazón antes de que aparezcan, y al no permitir que se desarrollen en el espíritu de los jóvenes, les desvelan la causa de las pasiones que los amenazan y los remedios que les traen la salud

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 17 (2)

Hay aquí tres focos de enfermedades del alma tanto más temibles cuanto que son numerosos

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, VI, 11

[El espíritu del glotón] está como borracho, vacilante, inestable

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 6

Está enfermo y dañado por la saeta del placer sexual el corazón que mira con concupiscencia, falseando el don de la mirada otorgado por su Creador al servirse de él para sus malas acciones

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 12

Está enfermo (aegrum) y herido (saucium) por la pasión el corazón que mira con concupiscencia (concupiscentia)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 12; VI, 3

[El avaro descuida] la figura y la imagen de Dios, que debería conservar inmaculada en él dando culto a Dios

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 7, 6

Si por descuido le hemos dado entrada una vez [a esta pasión] en el corazón, se vuelve más peligrosa que las otras enfermedades y más difícil de combatir

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 2

[La tristeza] proviene a veces de que nos vemos defraudados en una esperanza que teníamos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4; Conferencias, V, 11

[Una de las principales especies de la tristeza] es consecuencia de un deseo contrariado

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4; Conferencias, V, 11

La tristeza proviene a veces de que nos hemos encolerizado

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4; Conferencias, V, 11

[Hay un tipo de tristeza que] sigue a la ira que se extingue

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4; Conferencias, V, 11

Ocurre que nos llenamos de una angustia súbita y sin causa; nos sentimos abrumados por una tristeza para la que no hallamos ningún motivo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 11

[El otro tipo de tristeza] proviene de una ansiedad o una desesperación sin motivo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 11

A veces, sin ninguna causa aparente que nos provoque esta caída, la maldad del enemigo nos abruma de pronto

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4. Cf. Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, V, 67

Si [a la tristeza] le permitimos que se vaya apoderando poco a poco de nuestra alma, a merced de las distintas circunstancias, entonces sacude y deprime (labefactat et deprimit) nuestro espíritu

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 1

[La tristeza,] una vez que [aquel que está afectado por ella] se ha vuelto incapaz de tomar una decisión saludable y se ve privado de la paz del corazón, lo convierte en un loco... al que ella abate y sumerge bajo una penosa desesperación

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 1

[La acedia vuelve al hombre espiritual] blando y sin valor para las tareas que tiene que realizar allí donde vive, le impide permanecer en su morada y esforzarse en ella

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 2 (1)

[Bajo la influencia de esta pasión, la mente] se vuelve ociosa e incapaz de cualquier actividad espiritual

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 2 (1); X, 2 (3); Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 26; Diádoco de Fótice, Cien Capítulos gnósticos, 58

Sobre todo alrededor de la hora sexta es cuando [este adversario] perturba [a los solitarios], excitando su alma enferma a horas fijas mediante los ardores que enciende en ella, como una fiebre que retorna periódicamente. Algunos ancianos declaran que ahí está el ‘demonio de mediodía’ del que habla el salmo 90

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 1. San Juan Clímaco, Escala, XIII, 5, la sitúa en el mismo momento

[En la acedia] el espíritu se turba sin razón

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 2 (3)

El alma que ha sido herida por este trastorno está realmente adormecida respecto a toda contemplación de las virtudes y a toda visión de los sentidos espirituales

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4

Mientras la ira ocupa nuestro corazón y oscurece nuestro ojo interior, no podemos juzgar con discernimiento... Tampoco somos capaces de adquirir la verdadera luz espiritual, ya que, como dice la Escritura, ‘La ira turbó mis ojos’ (Sal 30, 10); ni siquiera seremos capaces de adquirir la madurez del juicio..., porque ‘el hombre airado obra sin reflexión’ (Prov 14, 17)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VIII, 1

Sea cual sea su causa, el movimiento de la ira, en su efervescencia, ciega los ojos del corazón e introduce en ellos la ‘viga’ mortal de una enfermedad más grave, impidiéndole contemplar el sol de justicia

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VIII, 6

[El segundo tipo de cenodoxia] se infla con el deseo de un vano renombre por bienes espirituales y ocultos

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 11

Los ancianos han descrito muy bien la naturaleza de esta enfermedad [la cenodoxia] comparándola con una cebolla: cuando le quitamos una capa, encontramos al momento otra, y cuantas más capas retiramos, más encontramos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XI, 4

La desgraciada alma, presa de un profundo letargo, está hasta tal punto en manos de la cenodoxia que, seducida por la suavidad de estos pensamientos y acaparada por estas imágenes, no puede por lo general ni siquiera atender a lo que se hace en su presencia ni a sus hermanos, mientras que halla placer en apegarse, como si fueran verdaderas, a cosas que ha soñado despierta en sus divagaciones

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XI, 15

La cenodoxia es un alimento que hincha al alma por un tiempo, pero luego la vuelve vacía, sin virtud y desnuda, dejándola estéril y privada de todos los frutos espirituales, de modo que, no solo destruye el mérito de esfuerzos considerables, sino que incluso le acarrea mayores suplicios

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 21 (3)

El crecimiento de la primera [la cenodoxia] se convierte en el origen del segundo [el orgullo]

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10

Él creyó que el esplendor de la sabiduría y la belleza de las virtudes con las que le había adornado la gracia del Creador las había obtenido por el poder de su propia naturaleza y no por la magnificencia divina. Infatuado por esta razón, como si no tuviera necesidad del auxilio divino para perseverar en esta pureza, se juzgó semejante a Dios y pretendió que, como Dios, no necesitaba a nadie; puso su confianza en su libre albedrío y creyó que de este modo podría procurarse en abundancia todo lo que la perfección en la virtud y la beatitud eterna exigen. Este único pensamiento fue su primera caída

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4 (2). Cf. 5

[Esta segunda forma de orgullo] afecta especialmente a quienes sobresalían en alguna virtud

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10; 12; Instituciones cenobíticas, XII, 24; Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 59

El orgullo es la causa de las enfermedades más graves

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 8

Es una enfermedad infecciosa y generalizada, que no se limita a contaminar un solo miembro, sino que los destruye todos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 3

Destruye no solo -como hacen los otros vicios- la virtud que le es contraria, la humildad, sino todas a la vez

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 3

Aunque esta enfermedad sea la última y venga al final de la lista de los vicios, por su origen en el tiempo ocupa el primer puesto

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 1 (cf. 6)

¿Acaso no vemos los primeros movimientos de la carne, no solo en los niños que todavía se hallan en la edad de la inocencia y no tienen discernimiento del bien y el mal, sino incluso en los más pequeños y en los que todavía son niños de pecho? Sin que haya en ellos el menor comienzo de concupiscencia, testimonian sin embargo que estos movimientos están impresos por naturaleza en su carne. Asimismo, ¿no constatamos violentos accesos de ira incluso en los más pequeños, los cuales, antes de conocer la virtud de la paciencia, se perturban por las injurias que reciben y se resienten por las palabras burlonas que les dicen aunque sea de broma? Y en ocasiones, aunque les falta la fuerza para llevarla a cabo, no les falta el deseo de venganza que la ira les inspira

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 3

A aquellos que buscan sinceramente el remedio, no puede dejar de llegarles la curación por medio del verdadero médico de las almas

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XIX, 12

A quienes buscan sinceramente el remedio no puede dejar de llegarles la curación de parte del verdadero médico de las almas, sobre todo a aquellos que no cierran los ojos a sus enfermedades por desánimo o por negligencia, sino que, lejos de esconder sus heridas o de rechazar insolentemente el tratamiento..., recurren con alma humilde pero vigilante al médico celestial para que cure las enfermedades que la ignorancia, el error y una desdichada necesidad les ha hecho contraer

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XIX, 12

[La penitencia] consiste en no cometer de ahora en adelante los pecados de los que nos hemos arrepentido o por los que nos remuerde la conciencia

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XX, 5

A aquellos que buscan sinceramente el remedio, no puede dejar de llegarles la curación por medio del verdadero médico de las almas, sobre todo a aquellos que no cierran los ojos a sus enfermedades, por desánimo o negligencia, sino que, lejos de esconder sus heridas o de rechazar con insolencia el tratamiento de la penitencia, recurren con alma humilde pero vigilante al médico celestial

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XIX, 12

[La oración es] el grito del pecador compungido

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, IX, 11

[La esperanza] cierra la entrada del corazón a todos los vicios

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XI, 6

Una es la naturaleza de todas las virtudes, aunque parezcan divididas en numerosas especies de distintos nombres

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 11

El que ha vencido en un punto mostrará así que no posee perfectamente ninguna virtud... Por altas que sean las murallas y más sólidamente cerradas estén las puertas que protegen una ciudad, la traición de una sola poterna, aun muy pequeña, la entregará al pillaje

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 11

Cualquiera que sea la diversidad que presenten los vicios en su origen y su modo de consumarse, los seis primeros, o sea, gastrimargía, lujuria, filargiria, ira, tristeza y acedia, están ligados unos a otros por una suerte de parentesco y, por así decir, de encadenamiento mutuo, de modo que la abundancia de uno se convierte en el principio del siguiente; el desbordamiento de la gastrimargía produce necesariamente la lujuria; la lujuria, la filargiria; la filargiria, la ira; la ira, la tristeza; la tristeza, la pereza. Por eso se ha de emplear contra ellos una sola y misma táctica, que consiste en comenzar por el precedente la lucha contra el siguiente... Así, para vencer la acedia es preciso superar primero la tristeza; para superar la tristeza, expulsar la ira; para expulsar la ira, pisotear la filargiria; para pisotear la filargiria, extirpar la lujuria; para extirpar la lujuria, reprimir la gastrimargía. Los dos últimos vicios, la cenodoxia y el orgullo, están también unidos entre sí del modo que acabamos de explicar: el incremento del primero da origen al segundo, la exuberancia de la cenodoxia enciende la hoguera del orgullo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10

El incremento de uno produce el siguiente, y si disminuye su fuerza, nos libra de él. De acuerdo con este principio, para desterrar el orgullo debemos antes ahogar la cenodoxia

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10

El orden que hay que seguir en la lucha no es idéntico para todos

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13; 27; cf. 14

El ataque no se realiza de la misma manera, así que cada uno tendrá que ordenar el combate según qué enemigo le presione más. Uno deberá luchar primero contra el vicio listado en tercer lugar; otro, contra el cuarto o el quinto. Así pues, debemos establecer nuestra táctica según el vicio que ocupa en nosotros el primer lugar y según exige el modo de atacarlo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13; 27; cf. 14

¿Acaso no dice con evidencia: irritaos contra vuestros vicios y vuestra ira?

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VIII, 9 (cf., 8); VII, 3, 3

Comprendemos que hasta la excitación de la ira puede sernos muy saludable para que, enfadándonos con nuestros vicios y nuestros extravíos, nos apliquemos más a las virtudes y a los ejercicios espirituales

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VIII, 9 (cf., 8); VII, 3, 3

Se nos ha ordenado para nuestra salvación ‘enfurecernos’ contra nosotros mismos y contra las malas sugerencias que surgen en nosotros, y ‘no pecar’, es decir, impedirles hacer daño

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VIII, 9; 7

La ira tiene en nosotros un servicio que prestar, y solo en función de este nos resulta útil y saludable acogerla: se trata de cuando nos sublevamos contra los movimientos lascivos de nuestro corazón

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VIII, 9; 7

[Cristo llama a la virtud del discernimiento] el ojo y la lámpara del cuerpo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 2

[La virtud del discernimiento] discierne cada pensamiento y acto del hombre, examina y ve a la luz lo que debemos hacer

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 2

De ella [la prudencia] está escrito que es el timón de nuestra vida

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 4

[La prudencia-discreción es] la madre y guardiana... de todas las virtudes

Juan Casiano

[La prudencia-discreción es], de algún modo, la fuente y la raíz de todas las virtudes

Juan Casiano

Si queremos alcanzar una auténtica perfección en la virtud, tenemos que obedecer a estos maestros y guías que, lejos de soñarla en discusiones huecas, la han experimentado realmente y pueden enseñárnosla a su vez, dirigidos a ella y mostrarnos el camino más seguro para lograrla

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 15; Conferencias, II, 15

El Señor no muestra a nadie el camino de la perfección si, teniendo junto a él de quién aprender, desprecia la doctrina de los Ancianos y su regla de vida, sin hacer caso de estas palabras, que sin embargo deberían observarse celosamente: ‘Pregunta a tu padre y él te lo enseñará; a tus Ancianos, y ellos te lo dirán’ (Dt 32, 7)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 15; Conferencias, II, 15

Si queremos alcanzar una auténtica perfección en la virtud, tenemos que obedecer a esos maestros y guías que, lejos de soñarla en discusiones vacías, han hecho realmente experiencia de ella

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 5

Igual que los médicos más experimentados no se contentan generalmente con curar las enfermedades presentes, sino que, con su sabia experiencia, toman la delantera a las posibles enfermedades futuras y las previenen mediante prescripciones y remedios saludables, así también estos auténticos médicos de las almas, al destruir de antemano en el diálogo espiritual, como por un celeste antídoto, las enfermedades del corazón antes de que aparezcan, y al no permitir que se desarrollen en el espíritu de los jóvenes, les revelan la causa de las pasiones que los amenazan y los remedios que les procuran la salud

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XI, 2. Cf. Juan Clímaco, Carta al Pastor, 81

Encomendemos sin escrúpulos a los Ancianos los pensamientos que nacen en nuestro corazón, a pesar del velo con el que desearía cubrirlos la falsa vergüenza

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 11; cf. Id., Instituciones cenobíticas, IV, 9

Esta disciplina no solo enseñará... a marchar recto por el sendero del verdadero discernimiento...; se ganará también una verdadera inmunidad respecto a todas las artimañas y trampas del enemigo. Es imposible caer en la ilusión si uno no convierte en regla de su vida su propio juicio, sino los ejemplos de los Ancianos; y toda la destreza del demonio no prevalecerá contra la ignorancia de un hombre que es incapaz, por otra parte, de esconder por falsa vergüenza ninguno de los pensamientos que nacen en su corazón, sino que se encomienda a la madura apreciación de los Ancianos, para saber si debe admitirlos o rechazarlos

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 10

[Cuando] reprimimos nuestros malos pensamientos y nos avergonzamos de darlos a conocer a los Ancianos... nos volvemos incapaces de obtener remedio para ellos

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 11

Cuanto más a menudo se manifiestan estas turbaciones, más deprisa se consigue sanar de ellas

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 3

Manifestemos a los ancianos todos los secretos de nuestra alma, y vayamos con toda confianza a buscar junto a ellos el remedio a nuestras heridas

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 13

Aquí también ocurre como en el cuerpo humano. Cuando sobreviene una ocasión desafortunada..., las partes más débiles son las que se dejan menoscabar y sucumben primero; y solo cuando la enfermedad se ha instalado en ellas, contamina desde allí a las partes que habían permanecido sanas. Lo mismo ocurre con nuestra alma. Cuando pase cerca de ella cualquier soplo de pestilencia, quedará fatalmente afectada por el lado que, más delicado y más débil, ofrezca menos resistencia a los choques violentos del enemigo, y correrá el riesgo de ser capturada allí donde una custodia poco vigilante abra un acceso más fácil a la traición... Por medio de esto mismo se esfuerza en tentarnos la pérfida malignidad de las potencias espirituales. Estas tienden sus trampas insidiosas por los lados del alma donde sienten que está enferma

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 17

Debemos recordar sin cesar este principio: ‘Vigila cuidadosamente tu corazón’ y, según el mandamiento principal de Dios, observa con atención la cabeza de la serpiente, es decir, el comienzo de los malos pensamientos por los que el diablo intenta deslizarse en nuestra alma. No dejemos por nuestra negligencia que todo el cuerpo de esta serpiente invada nuestro corazón -lo cual es asentir a la tentación—, pues es muy evidente que, una vez introducido, hará perecer con su virulenta mordedura nuestro espíritu prisionero

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 13

El centurión del Evangelio es para nosotros una feliz figura del alma elevada a esta perfección... Lejos de dejarse llevar por todos los pensamientos que se le ocurrían, acogía los buenos y expulsaba sin ninguna dificultad los malos, según juzgaba su prudencia... Yo, que estoy sometido a mis superiores, tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: ‘Ve', y va; al otro: ‘Ven, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto', y lo hace (Mt 8, 9). Si nosotros, a nuestra vez, luchamos virilmente contra las mociones desordenadas de nuestra alma y contra los vicios, y logramos someterlos a nuestra autoridad y nuestro discernimiento; si, militando en nuestra carne, podemos extinguir las pasiones, reducir el ejército inconstante de nuestros pensamientos bajo el mando de la razón..., como pago de estos triunfos tan deslumbrantes seremos elevados al rango de este centurión espiritual... Encumbrados, como él, a esta alta dignidad, tendremos el poder y la fuerza de mandar, y los pensamientos que no queremos seguir dejarán de arrastrarnos; pero nos estará permitido apegamos a aquellos que nos hacen gustar las delicias del espíritu. A las sugerencias malas les ordenaremos: ‘Id’, y se irán; a las buenas les diremos: ‘Venid’, y vendrán

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, VII, 5

Nos costará dos veces más trabajo y esfuerzo expulsar los vicios que adquirir las virtudes

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XIV, 3

La gastrimargía y la lujuria... necesitan para consumarse un objeto externo, y no se llevan a efecto sino mediante un acto del cuerpo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, IV, 4

[Las pasiones nacidas por instigación únicamente del alma] tampoco reclaman más que los remedios del alma

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, IV, 4

[Las pasiones corporales] no se curan sino mediante un tratamiento doble

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, IV, 4

Para refrenar sus ataques, no basta con aplicar el espíritu, como ocurre de ordinario con la ira, la tristeza y los demás vicios, en los que la industria del alma puede conseguir la victoria por sí sola, sin castigar la carne; se necesita además la mortificación corporal, las vigilias, los ayunos, el trabajo que quiebra el cuerpo, a las que se unirá el huir de las ocasiones. El alma y el cuerpo concurren en su nacimiento; no serán vencidas sin que una y otro colaboren a ello

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, IV, 4

El placer que se obtiene de forma natural al comer no es un mal esencial

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXI, 15

[El placer,] si no va acompañado de intemperancia... o de algún otro vicio, no se puede decir que sea malo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXI, 15

La regla general que hay que seguir respecto a la templanza es permitirse... el alimento necesario para sustentar el cuerpo, no lo bastante para saciarlo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 22; Instituciones cenobíticas, V, 8

La sentencia de los Padres está profundamente justificada y demostrada por la experiencia: la medida... de la templanza consiste en la privación que nos imponemos sobre la cantidad de comida; y la perfección de esta virtud, a la que debemos tender, es la misma para todos: parar de comer lo que estamos obligados a tomar para sostener nuestro cuerpo quedándonos con hambre

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, II, 22; Instituciones cenobíticas, V, 8

Que nadie... coma hasta saciarse. En efecto, no solo es la calidad, sino también la cantidad de los alimentos lo que embota la vivacidad del corazón, vuelve más pesados tanto al espíritu como al cuerpo y atiza el fuego de los vicios

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 5-6

El espíritu, entorpecido por la comida, no puede ya guardar la regla del discernimiento..., ya que todos los excesos de comida lo vuelven vacilante e inestable

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 5-6

[Debemos] buscar la templanza... en primer lugar en el testimonio de la conciencia

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 9

[El hombre debe] extinguir la concupiscencia del comer [mediante el deseo de la perfección]

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 14; 16

En efecto, nunca podremos despreciar el placer de los alimentos terrenos, si nuestro espíritu no se apega a la contemplación divina y no encuentra su felicidad más bien en el amor a la virtud y en la belleza de los alimentos celestiales

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 14; 16

[Las pasiones corporales] no se curan sino con un tratamiento doble

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4; Instituciones cenobíticas, V, 14; 20; Juan Clímaco, Escala, XIV, 29

La gastrimargía y la lujuria..., que muchas veces se despiertan sin que la voluntad intervenga, a instigación y por el prurito de la propia carne, necesitan un objeto externo para consumarse, y no se llevan a efecto más que mediante un acto del cuerpo... Precisamente, por el hecho de que no se consuman sino por el ministerio de la carne, estos dos vicios requieren especialmente, además de la terapéutica espiritual del alma, la práctica de la templanza corporal

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4; Instituciones cenobíticas, V, 14; 20; Juan Clímaco, Escala, XIV, 29

El segundo combate, según la enseñanza recibida de nuestros Padres, es contra el espíritu de lujuria. Dura más tiempo y es más tenaz que todas las demás, y raros son aquellos que logran una victoria completa. Es un combate terrible

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 1

[La terapéutica de la lujuria] requiere especialmente, además de los remedios espirituales, la práctica de la templanza [corporal]

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4. Cf. Juan de Gaza, Cartas, 248

La ciencia de los médicos espirituales se aplica primero a considerar la causa primera de semejantes enfermedades, que consiste en el exceso de alimentación

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXII, 6. Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 11; 20; Conferencias, V, 10; XXII, 3

Es necesario sustraer a la concupiscencia los objetos que la inician, no vaya a ser que ella se precipite a saciarse

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4; Instituciones cenobíticas, VI, 3

Esta enfermedad [la lujuria], aparte de la mortificación del cuerpo y la contrición del corazón, exige también la soledad y la calma para poder hacer que decaiga la malvada fiebre de las pasiones y sanar por completo. Igual que a aquellos que padecen una determinada enfermedad les resulta útil que no les dejen ver siquiera los alimentos que les sentarían mal, para evitar que conciban un deseo que sería fatal, lo mismo la calma y la soledad son muy útiles para combatir esta particular enfermedad, a fin de que el espíritu enfermo deje de ser estorbado por múltiples imágenes y logre una mirada interior más pura, y desarraigar más fácilmente la hoguera pestilente de la concupiscencia

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 4; Instituciones cenobíticas, VI, 3

[El enemigo] nos ataca en dos frentes; debemos, pues, resistir en ambos. Y lo mismo que él extrae su fuerza o su debilidad tanto del cuerpo como del alma, no puede ser repelido más que por aquellos que luchan en los dos planos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 1

Si estamos decididos... a luchar con las reglas del combate espiritual, concentremos todos nuestros esfuerzos en dominar este espíritu impuro poniendo nuestra confianza, no en nuestras fuerzas, pues la actividad humana no sería nunca capaz de ello, sino en la ayuda del Señor. Pues el alma será atacada necesariamente por este vicio mientras no reconozca que lleva a cabo una guerra por encima de sus fuerzas, y que el esfuerzo y la aplicación que pone en ella no pueden obtener la victoria si el Señor no acude en su ayuda y lo protege

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 5; Conferencias, XII, 4 (cf. 15-16)

En medio del trabajo continuo, hay que aprender de la maestra que es la experiencia, que [la castidad] es un don generoso de la gracia divina

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 5; Conferencias, XII, 4 (cf. 15-16)

Cuanto más se crece en mansedumbre y paciencia, más se aumenta en pureza del cuerpo

Juan Casiano Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 10-11; VI, 1; 23. Cf. Juan Casiano, Conferencias, XII, 4

Para vencer en los combates que la pasión suscita en nuestra carne, hemos de pertrecharnos con las armas de la mansedumbre

Juan Casiano Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 18; VI, 23; Conferencias, XII, 6

El remedio más eficaz para el corazón humano es la paciencia

Juan Casiano Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 18; VI, 23; Conferencias, XII, 6

Mientras queda alguna atracción por la voluptuosidad, no se es casto

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XII, 10. Cf. Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, XV, 162

Así es la consumación de la verdadera castidad: ya no tiene que combatir contra los movimientos de la concupiscencia carnal, sino que los detesta con un horror total, y se conserva en una constante e inviolable pureza

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XII, 11. Cf. Basilio de Cesarea, Cartas, II

En la misma medida en que podemos fácilmente mantenernos en guardia contra [esta enfermedad] y rechazarla, así también, si por negligencia, la dejamos entrar en el corazón, se vuelve más peligrosa que todas las demás enfermedades y más difícil de rechazar

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 2 (cf. VI, 21)

Si no se han expuesto primero las formas variadas de una enfermedad, si no se han descrito su origen y sus causas, no se podrá aplicar a los enfermos el tratamiento adecuado ni permitir a los sanos conservar su buena salud. Los antiguos, que poseen una gran experiencia de este género de caídas, acostumbran exponer esto en sus tratados... Muy a menudo reconocíamos muchos elementos de estas pasiones en nosotros mientras los ancianos las exponían por completo, como si ellos mismos estuvieran turbados por ellas, y, sin tener que sonrojarnos de vergüenza, nos curábamos sin decir nada, aprendiendo los remedios y a la vez las causas de los vicios que nos minaban

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 13

No solo hay que evitar poseer dinero, sino arrancar completamente del alma el deseo de ello. Pues no hay que evitar tanto los efectos de la filargiria, como suprimir de raíz la tendencia a la filargiria; no serviría de nada que no poseyéramos dinero, si tuviéramos el deseo de poseerlo

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 21; 22

Pues incluso quien no posee dinero puede ser filárgico y no sacar ningún provecho de su privación, si no ha sido capaz de eliminar la codicia

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 21; 22

Si queremos llevar a cabo el combate espiritual según las reglas, tenemos que curar esta enfermedad con tanto cuidado como las anteriores

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 1-2

Dios, el creador de todo, que sabe mejor que nadie cómo curar a sus criaturas, y que la raíz y la causa de nuestros pecados no reside en las cosas sino en nosotros mismos, no nos ha mandado que dejemos de frecuentar a nuestros hermanos, ni que evitemos a aquellos a los que pensamos haber hecho daño o que creemos que nos han ofendido

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 7; VI, 3; Conferencias, V, 4 (cf. XIX, 6)

[La tristeza forma parte de esas pasiones que,] curadas por la meditación del corazón y por una vigilancia prolongada, lo son también por el trato frecuente con los hermanos y su constante provocación; cuanto más a menudo se manifiestan y nos son reprochadas estas perturbaciones, más pronto conseguimos curarnos de ellas

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 7; VI, 3; Conferencias, V, 4 (cf. XIX, 6)

[En el caso de estas pasiones,] la sociedad no perjudica; todo lo contrario: ofrece las mayores ventajas a quien desea verdaderamente corregirse de ellas. Se ponen al descubierto en el trato con los hombres y, por el hecho mismo de que se manifiestan con más frecuencia cuando hay ocasión, permiten una curación más rápida

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 7; VI, 3; Conferencias, V, 4 (cf. XIX, 6)

[La tristeza forma parte de esas pasiones que] se curan con la meditación del corazón y una vigilancia prolongada

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 3; IX, 13

Así es como podremos apartar de nosotros esta funesta pasión: manteniendo... nuestro espíritu ocupado sin cesar en la meditación espiritual. De este modo, en efecto, podremos vencer todos los tipos de tristeza, proceda ésta de la ira, de la pérdida de un beneficio, de un daño que nos han hecho sufrir, de una injuria que nos han infligido, o que nosotros la hayamos concebido sin ningún motivo razonable, o que nos arrastre a una mortal desesperación

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 3; IX, 13

Tenemos que rechazar indistintamente toda tristeza como tristeza del siglo, que engendra la muerte, y desterrarla de nuestro corazón

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 12

[Tenemos que rechazar toda tristeza,] excepto la que suscita una penitencia saludable, la búsqueda de la perfección o el deseo de los bienes futuros

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 12

[La tristeza-pasión] es agria, impaciente, intratable, está llena de rencor, de amargura estéril y de una agobiante desesperación

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 11

[La tristeza-pasión] paraliza la actividad de aquel de quien se ha apoderado y lo aparta del sufrimiento saludable, pues es irracional

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 11

[La] tristeza que ‘provoca una penitencia que lleva a la salvación’ (2 Cor 7, 10), es obediente, afable, humilde, mansa, llena de dulzura y de paciencia, porque proviene del amor de Dios. Por desear la perfección, se extiende sin cansarse a todos los dolores del cuerpo y a la contrición del espíritu; alegre en cierta manera, y fortalecida por su progreso, conserva siempre su amabilidad y su grandeza de alma, y posee todos los frutos del Espíritu Santo que enumera el apóstol san Pablo: caridad, alegría, paz, longanimidad, bondad, benignidad, fe, mansedumbre, continencia (Gal 5, 22-23)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 11

A menudo la presencia saludable de la compunción se manifiesta por una alegría inefable y por arrebatos; la misma inmensidad de la alegría la vuelven intolerable hasta tal punto que estalla en grandes gritos que llevan hasta la celda vecina la noticia de nuestra felicidad y nuestra embriaguez

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, IX, 27 (cf. 28)

Quien quiera acometer la lucha de la perfección con todas las de la ley, debe... combatir en todos los frentes el pernicioso espíritu de la acedia

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 5

Tiene que apresurarse a extirpar esta enfermedad de lo recóndito de su alma

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 5; Apotegmas, serie alfabética, Poemen, 157

Si el hombre la reconoce [a la acedia] como lo que es, obtiene el descanso

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 5; Apotegmas, serie alfabética, Poemen, 157

(El hombre debe combatir el espíritu de la acedia de modo que) no se deje expulsar como un fugitivo del recinto de su ermita bajo ningún pretexto, por muy piadoso que sea

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 5. Cf. Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 57

La experiencia demuestra que no se escapa a la tentación de la acedia huyendo, sino que hay que superarla haciéndole frente

Juan Casiano Cf. Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 25 (cf. 3; 5)
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