[La] tristeza que ‘provoca una penitencia que lleva a la salvación’ (2 Cor 7, 10), es obediente, afable, humilde, mansa, llena de dulzura y de paciencia, porque proviene del amor de Dios. Por desear la perfección, se extiende sin cansarse a todos los dolores del cuerpo y a la contrición del espíritu; alegre en cierta manera, y fortalecida por su progreso, conserva siempre su amabilidad y su grandeza de alma, y posee todos los frutos del Espíritu Santo que enumera el apóstol san Pablo: caridad, alegría, paz, longanimidad, bondad, benignidad, fe, mansedumbre, continencia (Gal 5, 22-23)
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