Juan Crisóstomo — 295 citas

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JuanCrisóstomo

Patrísticac. 347 – 407
Nacimiento Antioquía de Siria (actual Antakya, provincia de Hatay, Turquía)
Muerte Comana del Ponto (actual Gümenek, provincia de Tokat, Turquía), camino del destierro
Tradición Padre griego

Predicador de Antioquía y arzobispo de Constantinopla entre los siglos IV y V, apodado 'Boca de Oro' por su elocuencia; murió desterrado. Sus centenares de homilías, el tratado 'Sobre el sacerdocio' y su enseñanza sobre las pasiones, la limosna y la penitencia hacen de él una de las autoridades más citadas de la tradición ascética oriental.

Algunas fuentes antiguas adelantan su nacimiento a c. 344-349.

Las 295 citas

Que nadie tema a la muerte, porque la muerte del Salvador nos ha hecho libres.

Juan Crisóstomo Homilía pascual

No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Los bienes que retenemos no son nuestros, sino suyos.

Juan Crisóstomo Homilías sobre Lázaro, 2

Cuando Dios se retira, todo se pone patas arriba

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la carta a los Romanos, IV, 1

Igual que aquellos que están en las tinieblas ignoran la naturaleza de las cosas, del mismo modo aquellos que viven en el pecado no distinguen las cosas y corren hacia las sombras como si fueran la realidad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los

(La acción del diablo) perturba de un modo tan desgraciado nuestro Espíritu y hace que nuestro juicio yerre sobre la acertada apreciación de las cosas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolación a Eslagiro, II, 2

(Los hombres pecadores) Son realmente insensatos..., pues no han aprendido nunca a conocer la verdadera naturaleza de las cosas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolación a Eslagiro, II, 2

Un mismo corazón no puede albergar varias pasiones. Una pasión expulsa a la otra, y si es compartido, se debilita: la pasión dominante lo atrae todo hacia ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, II, 5

¿De dónde se deriva que nuestro amor a Jesucristo sea tan débil, sino de que agotamos las fuerzas de nuestra alma en las vanas pasiones?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 9

El placer no es más que un gozo efímero. Sí, el placer se esfuma rápidamente, y no podríamos retenerlo ni siquiera unos instantes. Pues tal es el destino de las cosas humanas y sensibles. Apenas las poseemos, se nos escapan... No nos ofrecen nada sólido ni seguro, nada fijo ni permanente. Corren más deprisa que el agua de los ríos y dejan vacíos e indigentes a cuantos las buscan con vivo empeño. Por el contrario, los bienes espirituales presentan un carácter absolutamente distinto. Son firmes, seguros, constantes y eternos. Así pues, ¿no es una extraña locura el cambiar unos bienes inmutables por un disfrute pasajero, una dicha inmortal por unos placeres momentáneos, y una felicidad verdadera y eterna por unas voluptuosidades frívolas y fugaces?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, I, 4

Nuestros juicios no se forman según la naturaleza de las cosas que nos impresionan, sino según el sentimiento del alma que las ve con los ojos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis, II, 4

Se os han dado los ojos para que, a la vista de la creación, deis gloria al Señor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los demonios, II, 3; Homilías sobre el Génesis, XXII, 3

El ojo está hecho para celebrar al Creador al ver las criaturas de Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los demonios, II, 3; Homilías sobre el Génesis, XXII, 3

Contemplemos nuestros miembros: encontraremos que ellos también son causa de nuestra ruina si no tenemos cuidado; no lo serán por su naturaleza, sino debido a nuestra negligencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, XXII, 3

Los vicios no son más que locura

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los colosenses, IX, 1; Catequesis “Bautismales, V, 4. Cf. 5, 6; Homilías sobre los demonios, I, 7; Comentario a san Mateo, IX, 1; Homilías sobre 1 Corintios, IX, 1; 4

Cada una de las funestas pasiones engendradas en nuestra alma produce en nosotros una especie de borrachera... y oscurece nuestra razón. Puesto que la borrachera no es otra cosa que el extravío del espíritu fuera de sus vías naturales, la desviación de los razonamientos y la pérdida de la consciencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los colosenses, IX, 1; Catequesis bautismales, V, 4. Cf. 5, 6; Homilías sobre los demonios, I, 7; Comentario a san Mateo, IX, 1; Homilías sobre 1 Corintios, IX, 1; 4

Sufre más el alma por los pecados que el cuerpo por las enfermedades

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los romanos, IV, 1

Es costumbre de la Escritura el no limitarse a hacernos conocer la falta [de alguien], sino instruirnos al mismo tiempo acerca del motivo que le condujo a pecar: se comporta así para garantizar la salud a aquellos que están sanos contra el riesgo de caídas semejantes. Así hacen los médicos que visitan a los enfermos: antes incluso de examinar el mal, buscan su fuente para reprimir el mal en su origen

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 4

El que desgarra sus propios miembros es un enemigo y un loco

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XLVIII, 3. Cf. Rom 12, 5; 1 Cor 12, 20

Solo tras su desobediencia y su exilio empezaron Adán y Eva a tener comercio juntos. Antes vivían como ángeles... Así pues, en el orden de los tiempos, la virginidad posee la palma de la prioridad

Juan Crisóstomo

La lujuria es una oftalmía muy grave; una afección no de los ojos del cuerpo, sino del alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Corintios, VIII, 6; Homilías sobre la penitencia, VI, 2

Igual que las nubes y la niebla envuelven los ojos del cuerpo, así también, cuando la pasión impura se apodera del alma, le quita la facultad de prever, no le permite ver nada más allá del objeto presente...; pero el alma, tiranizada por estas tentaciones, es subyugada fácilmente por el pecado;...ya no tiene más que un objeto ante los ojos, en la mente, en el pensamiento... E igual que los ciegos, aunque se hallen de pie, al aire libre y a mediodía, no reciben en absoluto la luz del sol, puesto que sus ojos están cerrados, así también los desgraciados que son presa de esta enfermedad cierran sus oídos a las numerosas y saludables enseñanzas que resuenan a su alrededor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4; cf. 3; Tratado de la compunción, I, 7

[La voluptuosidad es la] madre de la lujuria

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XI, 4; cf. 3; Tratado de la compunción, I, 7

Este amor [al dinero], que vence a cualquier otro amor, expulsa del alma cualquier otro deseo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Discurso: A quien no se daña a sí mismo

En efecto, no se puede amar al mismo tiempo a la propia alma y al dinero

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Corintios, XXIII, 6

[Por la avaricia y la codicia, el hombre se vuelve] enemigo de sí mismo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXX, 4

Los ricos y los avaros son ladrones de un cierto tipo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Lázaro, I. Cf. Homilías sobre 1 Corintios, X, 4; Basilio de Cesarea, Homilías contra los ricos, VII, 5; Homilías contra las riquezas, VI, 5

La filargiria nos atrae el odio universal

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 4, 2

[La filargiria] hace que nos detesten todos, los que han sido víctimas de la injusticia e incluso aquellos a los que no han pisoteado nuestras injusticias

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2. Cf. Homilías sobre la Epístola a los hebreos, I, 4

En las riquezas no hay más que motivos de aflicción, de divisiones, de querellas, de trampas, de odios y de temores

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

Si no cortamos la pasión desde el principio, una vez que entre en nosotros nos traerá una enfermedad de la que ya no podremos curarnos

Juan Crisóstomo Cf. Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IX, 6; LII, 6; Homilía sobre la traición de Judas', Homilías sobre 1 Corintios, IX, 4; Discurso: A quien no se daña («esta grave enfermedad..., esta enfermedad que desafia a todo remedio y se apodera de todas las almas»); Comentario a san Juan, LXV, 3; Homilías sobre I Corintios, XXIII, 5; 6

No hay enfermedad más cruel que esa hambre incesante que los médicos llaman bulimia; por más que se come, nada puede calmarla. Transportad semejante enfermedad del cuerpo al alma, ¿hay algo más espantoso? Pues bien, la bulimia del alma es la avaricia; cuanto más se atiborra de alimentos, más desea. No deja de extender siempre sus deseos más allá de lo que posee

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 2 Timoteo, VII, 2

Los avaros no son más que los esclavos de sus bienes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

[En los avaros y codiciosos] no hay nunca tranquilidad ni seguridad para su alma...; ni la noche ni el día les aportan sosiego..., sino que están atormentados por todas partes

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 142, 4; cf. también Comentario a san Mateo, LXXXIII, 3

Están siempre agitados y su alma no tiene un momento de reposo. La impaciencia por adquirir lo que aún no tienen hace que estimen en nada lo que ya poseen. Por un lado tiemblan por la aprensión de perder lo que ya han acumulado, y por otro se esfuerzan por hacer nuevas adquisiciones, es decir, nuevos motivos de temor

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, I.XXXI,4

El rico, incluso cuando no sufre ninguna pérdida, tiene miedo de sufrirla

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los romanos, XXIV, 4

¿Dónde está el placer y el descanso del espíritu que se encuentra en las riquezas?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

Yo os confieso que no veo más que motivos de aflicción y de pena... y una tristeza que no da tregua

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

[El avaro] se encuentra todos los días abrumado por nuevas preocupaciones y se queja de que la vida para él es una carga

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Homilías sobre 1 Corintios, XXII, 5

Los avaros no están privados del gozo de lo que tienen solo porque no se atreven a utilizarlo como desean, sino también porque nunca poseen lo bastante y siempre tienen sed de más. ¿Hay algo más penoso?

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

El apego que tienen a sus riquezas no es una prueba de la satisfacción que encuentran en ellas, sino de la enfermedad y del desequilibrio de su mente

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

El avaro vive en tinieblas y extiende una espesa noche sobre el mundo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

[Para el avaro,] la vista del alma se ha apagado

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Homilías sobre 1 Corintios, XXII, 5

La avaricia es una plaga terrible: cierra los ojos y tapa los oídos de quien está poseído por ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

La avaricia es una especie de noche que oscurece todas las cosas, o más bien que las hace ver de un modo distinto a como son en ellas mismas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los filipenses, XIV, 2; Comentario a san Mateo, XXXVIII, 3; Hornillas sobre 1 Corintios, XXII, 5

Para el avaro, los hombres no son hombres

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXIII, 3; Homilías sobre I Corintios, IX, 4

[Los avaros] son muy miserables porque dan el cielo a cambio de un poco de tierra y de barro. Se parecen a un rey que, después de cambiar su reino por un estercolero, se vanagloriara de ese trueque, como si ese estercolero valiera más que su corona

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXIII, 4

Los que viven sumidos en las tinieblas de la sinrazón ya no reconocen la verdadera naturaleza de las cosas, se revuelcan en la basura y el estercolero deja de parecerles un estercolero; poseídos por la avaricia, son insensibles al mal olor que ésta exhala

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, LXIII, 4; Comentario al salmo 9, 1

Gran número de hombres juzgan mal las cosas de aquí abajo y por eso caen en el desaliento. Ocurre que los locos se espantan de lo que no tiene nada de espantoso, temen cosas que a menudo no existen y huyen de las sombras. Los hombres que temen perder el dinero se parecen a ellos. En efecto, este temor no es imputable a la naturaleza, sino a la voluntad. Si hubiera aquí un verdadero motivo de aflicción, todos aquellos que sufren pérdidas deberían ser desgraciados; pero, si la misma desventura no produce en nosotros la misma aflicción, eso quiere decir que el principio de la aflicción no está en la naturaleza, sino en la bajeza de nuestros pensamientos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 9, 1

El querer superar al otro en la posesión de los bienes materiales no tiene otro principio que la disminución de la caridad; la avaricia no tiene otra fuente que el orgullo, el odio a los hombres y el desprecio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los efesios, XVIII, 3

Lo que debe provocar la tristeza no es la adversidad, sino únicamente el pecado. Pero el hombre pervierte este orden y confunde los tiempos; por tanto, multiplica sus pecados y eso no le produce ningún dolor, pero, en cuanto recibe cualquier disgusto, se desanima

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 13-14

[La tristeza se convierte en] una pasión no menos grave y desafortunada que la ira y la voluptuosidad, y acarrea los mismos resultados desde el momento en que no la usamos conforme a las reglas de la razón y de la prudencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 13-14

El demonio envuelve tu espíritu con esas negras penas como con una profunda oscuridad, y se esfuerza por arrebatarte los pensamientos que podrían tranquilizarte en contra de ti mismo. Pero, como entonces encuentra a tu alma sola, la llena de golpes y de heridas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, I, 1; II, 1

Nuestras alegrías y nuestras penas proceden menos de la misma naturaleza de las cosas que de nuestras propias disposiciones. Si estas se encuentran sanamente ordenadas, tendremos siempre en nuestro corazón un gran fondo de contento. Las enfermedades del cuerpo se originan más a causa de algún desorden interno que a causa de las inclemencias del tiempo o de cualquier otra influencia externa; con mucha más razón ocurre lo mismo con las enfermedades del alma. Pues, si las del cuerpo son propias de nuestra naturaleza, las otras no dependen más que de nuestra voluntad

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, I, 3

El demonio no causa en ti esta oscura pena, sino que la misma pena acude en ayuda del demonio y te sugiere estos malos pensamientos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, II, 1. Cf. III, 13

Una tristeza demasiado grande es peligrosa -hace notar san Juan Crisóstomo-, tan peligrosa que incluso puede causar la muerte; por eso decía san Pablo: ‘por miedo a que lo abrume una tristeza excesiva’ (2 Cor 2, 7)

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXXVIII, 1

El demonio no posee armas más temibles que la desesperación; así que le complacemos menos pecando que desesperándonos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la penitencia, I, 2

Estos funestos pensamientos no proceden solo del demonio, y tu melancolía influye mucho en ellos. Sí, esta sombría tristeza los provoca mucho más que el espíritu maligno, incluso quizá es su única causa. En efecto, es cierto que muchos, que carecen de esta obsesión diabólica, experimentan esta manía del suicidio como consecuencia de violentos sufrimientos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, II, 1

Una tristeza profunda, incluso sin el concurso del demonio, genera los males más grandes... Bajo la presión de un sombrío abatimiento los desdichados se cuelgan de una cuerda, se atraviesan con un puñal, se arrojan al agua o recurren a cualquier otro tipo de muerte violenta. Incluso esos mismos en quienes se manifiesta la acción del espíritu maligno, no deben acusar de su pérdida tanto a él como a la tiranía y al exceso de sus penas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, II, 1

Grande es el dominio de la tristeza: es una enfermedad del espíritu que requiere mucha fuerza para resistirse a ella valientemente y para rechazar lo que tiene de malo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, LXXVIII, 1

Una tristeza profunda nos perjudica mucho más que todos los ataques del espíritu maligno

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Consolaciones a Estagiro, III, 13

Poco le importa el daño que el alma se hace a sí misma, se conforma, y lo convierte en una especie de placer que tiene que satisfacer a cualquier precio. Sí, esta agitación del corazón no carece de placer, y llega a ejercer sobre el alma una tiranía más imperiosa que cualquier otro placer

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 14

[La ira] es una enfermedad que repugna tanto a nuestra naturaleza como una enfermedad del cuerpo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, XXXI, 4

Entre la ira y la locura no hay ninguna diferencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XLVIII, 3; IV, 5

El hombre airado se parece absolutamente a un loco

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XLVIII, 3; IV, 5

La ira corrompe el cuerpo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XXVI, 3; Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, VI, 4

He conocido a muchos a quienes la ira ha hecho enfermar

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XXVI, 3; Homilías sobre los Hechos de los apóstoles, VI, 4

[La ira] arruina el alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 13; Comentario a san Juan, XLVIII, 3; Comentario a san Mateo, IV, 9

[La ira] trastoca de pies a cabeza el estado normal [del alma]

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 13; Comentario a san Juan, XLVIII, 3; Comentario a san Mateo, IV, 9

[La ira vuelve al alma deforme] al atacar lo que tiene de más sano y corromper lo que tiene de más puro

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 13; Comentario a san Juan, XLVIII, 3; Comentario a san Mateo, IV, 9

[La] razón [del hombre airado] está entonces sepultada en la embriaguez y las tinieblas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, IV, 5; Marcos el Monje, A Nicolás, 8

Nada turba la claridad de la inteligencia, nada ofusca la penetración de la mente como la ira

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 14

En verdad, la ira no es menos loca que el delirio: ved como este demonio arroja a sus víctimas en el delirio, las priva absolutamente de la razón y las persuade de todo lo contrario de lo que les aconsejan sus ojos. Ellos no ven nada, no hacen nada de forma razonable, se diría que ya no tienen sentido ni juicio...; la ira los subyuga

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Tratado del sacerdocio, III, 14

[La embriaguez no es sino] el extravío de la mente fuera de sus caminos naturales, la desviación del razonamiento, la pérdida de la conciencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, LIII, 5; Catequesis bautismales, V, 4-5

Quienes montan en ira y están ebrios de ira ¿no se hallan en una situación tan grave como la de quienes están ebrios de vino? Dan muestras, en efecto, de tal desmesura que se abalanzan igualmente contra todos, sin controlar sus palabras ni saber distinguir a las personas. Lo mismo que los locos (µαινόµενοι) y los frenéticos se arrojan a los precipicios sin darse cuenta, así ocurre con los que se encolerizan o son presa de la ira

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, LIII, 5; Catequesis bautismales, V, 4-5

Creéis que os vengáis de vuestro enemigo, pero más bien os atormentáis a vosotros mismos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XX, 2

Vuestro resentimiento es un verdugo que lleváis dentro de vosotros a todas partes, es un buitre que desgarra vuestras entrañas

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XX, 2

El que está furioso no puede disfrutar de la paz; quien tiene un enemigo y conserva odio contra él, tampoco gozará de ella

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XX, 2; Comentario a san Juan, XLVIII, 3

El hombre agitado se hace digno de mil suplicios: perpetuamente agitado por pensamientos tumultuosos, con el alma trastornada y angustiada noche y día, llega a sufrir aquí abajo unos tormentos precursores del infierno

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, XX, 2; Comentario a san Juan, XLVIII, 3

Quien vive en pecado vive en un temor perpetuo; y, lo mismo que aquellos que se hallan en camino en una noche oscura en la que la luna no brilla, tiemblan siempre aunque no haya nadie que cause su alarma, así también los pecadores sienten una desconfianza continua aunque nadie les haga reproches. Pero los remordimientos de su conciencia hacen que todo les asuste, todo les resulte sospechoso, todo esté para ellos lleno de temor y de terror, a pesar de que no vean nada que los preocupe

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, V, 4. Cf. Comentario al salmo 142,4

La cenodoxia es un tipo de locura (µανία τίς έστιν ή κενοδοξία)

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XIX, 1

[El demonio de la cenodoxia] perturba la razón [del hombre] hasta el delirio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Sobre la vanagloria, 2; 10; Comentario al salmo 130

[La gloria que viene de Dios es] la gloria propia de la dignidad del hombre

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 10

Tras haber perdido la gloria propia de la dignidad del hombre, busca por doquier una gloria desdeñable y digna del mayor desprecio

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 10

¿Por qué corres tras una sombra en lugar de atrapar la verdad? ¿Por qué buscas lo que es perecedero, y no lo que permanece?... Abandona el humo, la pura sombra, la hierba vil, las telarañas. Es imposible encontrar una palabra que exprese como es debido esta miserable inconsistencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre estas palabras: «No temáis» (Sal 48, 17), 1; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, IX; Comentario al salmo 4, 6. Cf. también la continuación de la primera homilía citada y el Comentario a san Mateo, LXV, 5

Las cosas humanas no son más que ceniza y polvo; un polvo que el viento disipa; sombra, humo, una hoja que es juguete del viento; una flor, un sueño, un ruido que pasa, un aire ligero que se desvanece por casualidad; la pluma ligera que sale volando, el agua que se escurre, menos que todo esto

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre estas palabras: «No temáis» (Sal 48, 17), 1; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, IX; Comentario al salmo 4, 6. Cf. también la continuación de la primera homilía citada y el Comentario a san Mateo, LXV, 5

La gloria es un nombre y nada más que un nombre... ¿Quién es, entonces, el hombre insensato que se apegara a nombres sin realidad, a fantasmas de los que tendría que huir?... Por eso gime el profeta, al ver tanta sinrazón en nuestra vida. Igual que un hombre, viendo a uno que huye de la luz y busca las tinieblas, le diría: ‘¿Por qué haces esta locura?’, así el profeta nos pregunta: ‘¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira?’

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre estas palabras: «No temáis» (Sal 48, 17), 1; Homilías sobre la Epístola a los hebreos, IX; Comentario al salmo 4, 6. Cf. también la continuación de la primera homilía citada y el Comentario a san Mateo, LXV, 5

Quien está afectado por esta pasión pierde, por decirlo así, la lucidez de las percepciones, y no está menos dañado que los locos

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

El deseo de honores es fuente de los mayores males

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

Esta pasión [la cenodoxia] es singularmente peligrosa

Juan Crisóstomo

Hermanos, tengamos cuidado de no hablar presumiendo de nosotros, pues esta vanidad nos hace odiosos a los hombres y abominables ante Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, III, 5

[La cenodoxia es] la última y más miserable de las servidumbres

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, IV, 9; cf. LXV, 4

Imaginando que se convertiría en Dios, perdió el estado que poseía

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 2; LXV, 6; Comentario a san Juan, IX, 2

Este ángel orgulloso los hace caer desde entonces en la misma impiedad, engañándolos con la ilusión de que se volverán semejantes a Dios

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XV, 2. Cf. también Comentario a san Juan, IX, 2

Los otros males que hay en nosotros provienen de nuestra negligencia, mientras que este lo contraemos haciendo el bien

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 1

Lo que la inflamación es para el cuerpo, lo es el orgullo para el alma

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Timoteo, XVII, 1

El orgullo no es sino un trastorno de la mente, una enfermedad muy grave y cruel que procede únicamente de la demencia, pues no hay nada más insensato que un orgulloso

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XVI, 4

El que se halla preso de esta pasión no está menos afectado que los locos (µαίνοµένοι)

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

No es el conocimiento lo que conduce al vértigo del orgullo, sino la ignorancia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1 Timoteo, XVII, 1

El que es presa de esta pasión pierde, por decirlo así, la lucidez de las percepciones

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, V, 6

El que se eleva por unas cosas que no tienen nada de real, el que infla su corazón por una sombra, por la flor de la hierba (cf. 1 Pe 1, 24)..., ¿no es acaso el más ridículo de todos los hombres? Es como un pobre que padeciera hambre continuamente y se jactara de haber tenido una vez durante la noche un sueño agradable

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Juan, XVI, 4

Nadie se conoce más perfectamente que aquel que cree que él no es nada en absoluto

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XXV, 4

El orgulloso se desconoce a sí mismo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Comentario a san Mateo, XXV, 4

El diluvio de los males, que inunda toda la tierra, no tiene otra fuente que el orgullo

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 3; Comentario a san Juan, IX, 2; Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 85

[A causa del orgullo, la vida del hombre] va acompañada de tantos dolores y miserias

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 3; Comentario a san Juan, IX, 2; Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 85
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