Los oráculos proféticos invitan a este temor no a los pecadores, sino a los santos: ‘Temed al Señor, todos vosotros, sus santos, pues nada les falta a aquellos que lo temen’ (Sal 33, 10). Tan cierto es que nada le falta a la perfección de quien teme al Señor con este temor... También habla el profeta del temor de amor cuando describe al Espíritu septiforme que sin duda descendió sobre el hombre-Dios, según la economía de la Encarnación: ‘Sobre él descansará el Espíritu del Señor: Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fuerza, Espíritu de ciencia y de piedad’ (Is 11,2), y luego al final, como la coronación de todos estos dones: ‘Y el Espíritu de temor del Señor lo llenará’ (Is 11, 3). Sobre esto hay que considerar ante todo que no dice: ‘El Espíritu de temor del Señor descansará sobre él’, como había hecho acerca de los otros dones, sino: ‘El Espíritu de temor del Señor lo llenará’. En efecto, este Espíritu se derrama con tal abundancia que, cuando se apodera de un alma, no la posee solo en parte, sino entera. Es lógico. Al ser uno con la caridad que no pasará jamás, no solo llena, sino que posee inseparablemente y para siempre a aquel de quien se ha apoderado... Así es el temor de los perfectos, del que se ha dicho que se llenó el hombre-Dios, que no había venido solo para rescatarnos, sino que debía también darnos en su persona el prototipo de la perfección y el ejemplar de las virtudes
Traducido del latín