Juan Casiano — 168 citas

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JuanCasiano

Patrísticac. 360 – c. 435
Nacimiento Escitia Menor, región de Dobrudja (actual Rumanía, cerca de Constanza) (aproximado)
Muerte Marsella, Galia Narbonense (actual Francia)
Tradición Monje latino
Mapa Marsella, donde murió

Monje de los siglos IV-V, formado en Belén y en el desierto egipcio, fundador de monasterios en Marsella. Sus 'Instituciones cenobíticas' y sus 'Colaciones' transmiten a Occidente la doctrina de los Padres del desierto, en particular el análisis de los ocho pensamientos o vicios capitales heredado de Evagrio.

Su origen escita (Dobrudja) es el más aceptado, pero algunos investigadores defienden un nacimiento en la Galia.

Las 168 citas

[En el recuerdo de Dios el hombre] fija su atención en un único objetivo hacia el que hace converger activamente todos los pensamientos que surgen... en su espíritu

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 6

[Con los sueños malsanos ocurre lo mismo] que con las enfermedades del cuerpo, que no se contraen en el momento en que parecen nacer, sino mucho antes

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 11

[Los sueños malsanos son] el síntoma de un mal que se incubaba interiormente..., que el reposo del sueño hace salir a la superficie, revelando la fiebre oculta de las pasiones que hemos contraído alimentando a lo largo de la jornada pensamientos malsanos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 11

Todos los vicios tienen una misma fuente y un idéntico origen. Pero, según la parte y -por decirlo de alguna manera- según el miembro que se halla pervertido en el alma, esta recibe los distintos nombres de las pasiones y las enfermedades espirituales. La analogía de las afecciones corporales sirve a veces como prueba. Pues, aunque la causa sea una, no deja de diversificarse en muchos tipos de enfermedades, según el miembro que se ve afectado. Si el humor insano asedia la cabeza, que es como la ciudadela del cuerpo, da lugar a la cefalea; si invade los oídos o los ojos, tenemos la otalgia o la oftalmia; si afecta a las articulaciones o a las extremidades de las manos, se trata de la enfermedad articular, o la gota de las manos; si desciende hasta la extremidad de los pies, la afección cambia de nombre para llamarse podagra o gota de los pies. Para una misma fuente de humor maligno, hay tantos vocablos distintos como partes o miembros afectados. Del mismo modo, si pasamos de las cosas visibles a las invisibles, podemos creer con razón que la energía de los vicios se encuentra localizada de forma similar en las diferentes partes y, si puede decirse así, miembros del alma. Pues bien, los sabios distinguen tres facultades: la racional, la irascible y la desiderativa. Siempre que el mal nos ataque se alterará necesariamente una u otra. Por tanto, cuando la pasión mala afecta a cualquiera de estas potencias, el vicio particular recibe su denominación de la alteración que provoca

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 15

Cuando la peste viciosa infecta la parte racional, engendra la cenodoxia (vanagloria o vanidad), la rebeldía, el orgullo, la presunción, la rigidez y la herejía. Cuando hiere la parte irascible, engendra la ira, la impaciencia, la tristeza, la acedia, la pusilanimidad y la crueldad. Cuando corrompe la parte desiderativa, produce la gastrimargía (gula), la impureza, el amor al dinero, la avaricia, los deseos perniciosos y terrenales

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 15

Las ocho pasiones principales hacen la guerra conjuntamente al género humano, pero sus ataques no se presentan de la misma manera en todos los individuos indistintamente

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13

En uno ocupa el primer lugar el espíritu de lujuria; en otro, la ira; en este la cenodoxia reivindica el cetro, en aquel detenta la soberanía el orgullo. Y aunque cada uno de nosotros tiene que sufrir los asaltos de todos, no somos atacados de la misma manera ni en idéntico orden

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13

Si antes de nada no hemos descrito las variadas formas de una enfermedad, si no hemos determinado su origen y sus causas, no podremos aplicar a los enfermos el tratamiento adecuado ni permitir a los sanos conservar la buena salud

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 13

No podrán curarse jamás las enfermedades, ni encontrarse los remedios para los problemas de salud, si primero no se buscan sus orígenes y sus causas con una investigación minuciosa

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4

Los ancianos tienen por costumbre exponer esto en sus conferencias, y especialmente cuando se trata de la instrucción de los jóvenes. Nosotros reconocíamos muchos de esos elementos en nosotros mientras los ancianos hacían una exposición completa de ellos... y nos curábamos aprendiendo sin decir nada los remedios y, al mismo tiempo, las causas de los vicios que nos minaban

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 13

Igual que los médicos más experimentados no suelen contentarse con curar las enfermedades presentes, sino que, con su sabia experiencia, se adelantan a las enfermedades futuras y las previenen mediante prescripciones y remedios saludables, así también estos auténticos médicos de las almas destruyen de antemano en la instrucción espiritual, por medio de una suerte de antídoto celestial, las enfermedades del corazón antes de que aparezcan, y al no permitir que se desarrollen en el espíritu de los jóvenes, les desvelan la causa de las pasiones que los amenazan y los remedios que les traen la salud

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 17 (2)

Hay aquí tres focos de enfermedades del alma tanto más temibles cuanto que son numerosos

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, VI, 11

[El espíritu del glotón] está como borracho, vacilante, inestable

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 6

Está enfermo y dañado por la saeta del placer sexual el corazón que mira con concupiscencia, falseando el don de la mirada otorgado por su Creador al servirse de él para sus malas acciones

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 12

Está enfermo (aegrum) y herido (saucium) por la pasión el corazón que mira con concupiscencia (concupiscentia)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VI, 12; VI, 3

[El avaro descuida] la figura y la imagen de Dios, que debería conservar inmaculada en él dando culto a Dios

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 7, 6

Si por descuido le hemos dado entrada una vez [a esta pasión] en el corazón, se vuelve más peligrosa que las otras enfermedades y más difícil de combatir

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 2

[La tristeza] proviene a veces de que nos vemos defraudados en una esperanza que teníamos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4; Conferencias, V, 11

[Una de las principales especies de la tristeza] es consecuencia de un deseo contrariado

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4; Conferencias, V, 11

La tristeza proviene a veces de que nos hemos encolerizado

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4; Conferencias, V, 11

[Hay un tipo de tristeza que] sigue a la ira que se extingue

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4; Conferencias, V, 11

Ocurre que nos llenamos de una angustia súbita y sin causa; nos sentimos abrumados por una tristeza para la que no hallamos ningún motivo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 11

[El otro tipo de tristeza] proviene de una ansiedad o una desesperación sin motivo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 11

A veces, sin ninguna causa aparente que nos provoque esta caída, la maldad del enemigo nos abruma de pronto

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 4. Cf. Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, V, 67

Si [a la tristeza] le permitimos que se vaya apoderando poco a poco de nuestra alma, a merced de las distintas circunstancias, entonces sacude y deprime (labefactat et deprimit) nuestro espíritu

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 1

[La tristeza,] una vez que [aquel que está afectado por ella] se ha vuelto incapaz de tomar una decisión saludable y se ve privado de la paz del corazón, lo convierte en un loco... al que ella abate y sumerge bajo una penosa desesperación

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 1

[La acedia vuelve al hombre espiritual] blando y sin valor para las tareas que tiene que realizar allí donde vive, le impide permanecer en su morada y esforzarse en ella

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 2 (1)

[Bajo la influencia de esta pasión, la mente] se vuelve ociosa e incapaz de cualquier actividad espiritual

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 2 (1); X, 2 (3); Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 26; Diádoco de Fótice, Cien Capítulos gnósticos, 58

Sobre todo alrededor de la hora sexta es cuando [este adversario] perturba [a los solitarios], excitando su alma enferma a horas fijas mediante los ardores que enciende en ella, como una fiebre que retorna periódicamente. Algunos ancianos declaran que ahí está el ‘demonio de mediodía’ del que habla el salmo 90

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 1. San Juan Clímaco, Escala, XIII, 5, la sitúa en el mismo momento

[En la acedia] el espíritu se turba sin razón

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, X, 2 (3)

El alma que ha sido herida por este trastorno está realmente adormecida respecto a toda contemplación de las virtudes y a toda visión de los sentidos espirituales

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4

Mientras la ira ocupa nuestro corazón y oscurece nuestro ojo interior, no podemos juzgar con discernimiento... Tampoco somos capaces de adquirir la verdadera luz espiritual, ya que, como dice la Escritura, ‘La ira turbó mis ojos’ (Sal 30, 10); ni siquiera seremos capaces de adquirir la madurez del juicio..., porque ‘el hombre airado obra sin reflexión’ (Prov 14, 17)

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VIII, 1

Sea cual sea su causa, el movimiento de la ira, en su efervescencia, ciega los ojos del corazón e introduce en ellos la ‘viga’ mortal de una enfermedad más grave, impidiéndole contemplar el sol de justicia

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VIII, 6

[El segundo tipo de cenodoxia] se infla con el deseo de un vano renombre por bienes espirituales y ocultos

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 11

Los ancianos han descrito muy bien la naturaleza de esta enfermedad [la cenodoxia] comparándola con una cebolla: cuando le quitamos una capa, encontramos al momento otra, y cuantas más capas retiramos, más encontramos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XI, 4

La desgraciada alma, presa de un profundo letargo, está hasta tal punto en manos de la cenodoxia que, seducida por la suavidad de estos pensamientos y acaparada por estas imágenes, no puede por lo general ni siquiera atender a lo que se hace en su presencia ni a sus hermanos, mientras que halla placer en apegarse, como si fueran verdaderas, a cosas que ha soñado despierta en sus divagaciones

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XI, 15

La cenodoxia es un alimento que hincha al alma por un tiempo, pero luego la vuelve vacía, sin virtud y desnuda, dejándola estéril y privada de todos los frutos espirituales, de modo que, no solo destruye el mérito de esfuerzos considerables, sino que incluso le acarrea mayores suplicios

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 21 (3)

El crecimiento de la primera [la cenodoxia] se convierte en el origen del segundo [el orgullo]

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10

Él creyó que el esplendor de la sabiduría y la belleza de las virtudes con las que le había adornado la gracia del Creador las había obtenido por el poder de su propia naturaleza y no por la magnificencia divina. Infatuado por esta razón, como si no tuviera necesidad del auxilio divino para perseverar en esta pureza, se juzgó semejante a Dios y pretendió que, como Dios, no necesitaba a nadie; puso su confianza en su libre albedrío y creyó que de este modo podría procurarse en abundancia todo lo que la perfección en la virtud y la beatitud eterna exigen. Este único pensamiento fue su primera caída

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4 (2). Cf. 5

[Esta segunda forma de orgullo] afecta especialmente a quienes sobresalían en alguna virtud

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10; 12; Instituciones cenobíticas, XII, 24; Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 59

El orgullo es la causa de las enfermedades más graves

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 8

Es una enfermedad infecciosa y generalizada, que no se limita a contaminar un solo miembro, sino que los destruye todos

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 3

Destruye no solo -como hacen los otros vicios- la virtud que le es contraria, la humildad, sino todas a la vez

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 3

Aunque esta enfermedad sea la última y venga al final de la lista de los vicios, por su origen en el tiempo ocupa el primer puesto

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 1 (cf. 6)

¿Acaso no vemos los primeros movimientos de la carne, no solo en los niños que todavía se hallan en la edad de la inocencia y no tienen discernimiento del bien y el mal, sino incluso en los más pequeños y en los que todavía son niños de pecho? Sin que haya en ellos el menor comienzo de concupiscencia, testimonian sin embargo que estos movimientos están impresos por naturaleza en su carne. Asimismo, ¿no constatamos violentos accesos de ira incluso en los más pequeños, los cuales, antes de conocer la virtud de la paciencia, se perturban por las injurias que reciben y se resienten por las palabras burlonas que les dicen aunque sea de broma? Y en ocasiones, aunque les falta la fuerza para llevarla a cabo, no les falta el deseo de venganza que la ira les inspira

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 3

A aquellos que buscan sinceramente el remedio, no puede dejar de llegarles la curación por medio del verdadero médico de las almas

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XIX, 12

A quienes buscan sinceramente el remedio no puede dejar de llegarles la curación de parte del verdadero médico de las almas, sobre todo a aquellos que no cierran los ojos a sus enfermedades por desánimo o por negligencia, sino que, lejos de esconder sus heridas o de rechazar insolentemente el tratamiento..., recurren con alma humilde pero vigilante al médico celestial para que cure las enfermedades que la ignorancia, el error y una desdichada necesidad les ha hecho contraer

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XIX, 12

[La penitencia] consiste en no cometer de ahora en adelante los pecados de los que nos hemos arrepentido o por los que nos remuerde la conciencia

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XX, 5

A aquellos que buscan sinceramente el remedio, no puede dejar de llegarles la curación por medio del verdadero médico de las almas, sobre todo a aquellos que no cierran los ojos a sus enfermedades, por desánimo o negligencia, sino que, lejos de esconder sus heridas o de rechazar con insolencia el tratamiento de la penitencia, recurren con alma humilde pero vigilante al médico celestial

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XIX, 12

[La oración es] el grito del pecador compungido

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, IX, 11

[La esperanza] cierra la entrada del corazón a todos los vicios

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XI, 6

Una es la naturaleza de todas las virtudes, aunque parezcan divididas en numerosas especies de distintos nombres

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 11

El que ha vencido en un punto mostrará así que no posee perfectamente ninguna virtud... Por altas que sean las murallas y más sólidamente cerradas estén las puertas que protegen una ciudad, la traición de una sola poterna, aun muy pequeña, la entregará al pillaje

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 11

Cualquiera que sea la diversidad que presenten los vicios en su origen y su modo de consumarse, los seis primeros, o sea, gastrimargía, lujuria, filargiria, ira, tristeza y acedia, están ligados unos a otros por una suerte de parentesco y, por así decir, de encadenamiento mutuo, de modo que la abundancia de uno se convierte en el principio del siguiente; el desbordamiento de la gastrimargía produce necesariamente la lujuria; la lujuria, la filargiria; la filargiria, la ira; la ira, la tristeza; la tristeza, la pereza. Por eso se ha de emplear contra ellos una sola y misma táctica, que consiste en comenzar por el precedente la lucha contra el siguiente... Así, para vencer la acedia es preciso superar primero la tristeza; para superar la tristeza, expulsar la ira; para expulsar la ira, pisotear la filargiria; para pisotear la filargiria, extirpar la lujuria; para extirpar la lujuria, reprimir la gastrimargía. Los dos últimos vicios, la cenodoxia y el orgullo, están también unidos entre sí del modo que acabamos de explicar: el incremento del primero da origen al segundo, la exuberancia de la cenodoxia enciende la hoguera del orgullo

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10

El incremento de uno produce el siguiente, y si disminuye su fuerza, nos libra de él. De acuerdo con este principio, para desterrar el orgullo debemos antes ahogar la cenodoxia

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 10

El orden que hay que seguir en la lucha no es idéntico para todos

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13; 27; cf. 14
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