Citas sobre enfermedades espirituales — 101 citas

Sobre enfermedades espirituales

La falta de uno solo acarreó para todos una condenación

Pablo Apóstol Rom 5, 18

No améis el mundo ni nada de lo que hay en el mundo. Pues todo lo que hay en el mundo -la codicia de la carne, la codicia de los ojos y la arrogancia- no procede del Padre, sino del mundo

Juan el Evangelista 1 Jn 2, 15-16

El mismo Señor dio testimonio de que había venido como médico de los enfermos

Ireneo de Lyon Ireneo de Lyon, Contra las herejías, III, 5, 2

[Las pasiones son] las enfermedades del alma (ψυχής νόσοι)

Clemente de Alejandría Clemente de Alejandría, El protréptico, XI, 115, 2

Dios, el Autor de todas las cosas, ha creado todos los movimientos del alma para el bien. Pero, en la práctica, sucede que los objetos buenos nos conducen al pecado, porque nosotros los usamos mal

Orígenes Orígenes, Homilías sobre el Cantar de los Cantares, II, 1. Cf. también Gregorio de Nisa, La creación del hombre, XVIII, en PG 44, 193B

Debido a la desobediencia del primer hombre recibimos en nosotros un elemento ajeno a nuestra naturaleza, la malicia de las pasiones; esta pasa a ser una costumbre y una predisposición inveterada, y es como si se convirtiera en nuestra naturaleza

Macario de Egipto Macario de Egipto, Homilías, colección II, IV, 8

Los profetas fueron enviados con Moisés para curar a Israel; pero cuidaban llorando, sin conseguir dominar el mal... Grande era la herida de la humanidad; de los pies a la cabeza no había en ella un lugar sano; no había donde colocar una cataplasma, ni aceite, ni vendas

Cirilo de Jerusalén Cirilo de Jerusalén, Catequesis bautismales, XII, 6-7

[Las pasiones] no han sido incluidas en la imagen de Dios

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Homilías sobre la formación del hombre, I, 8

Estos males se sostienen, por decir así, unos a otros, de modo que si uno de ellos le sobreviene a alguien, el resto, arrastrado por cierta necesidad natural, entra inevitablemente con él, como ocurre cuando se tira del extremo de una cadena: no es posible que los demás eslabones permanezcan inmóviles, sino que el que se halla al final de la cadena se mueve con el primero, ya que el movimiento se va propagando de uno a otro de los eslabones intermedios, a partir del principio, hasta llegar al último. De igual modo, las pasiones humanas se mantienen enlazadas y unidas las unas a las otras y, cuando una toma la delantera, el reguero de los otros males entra tras ella en el alma

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Tratado de la virginidad, IV, 5

Si la enfermedad viene después que la salud, es evidente que también la malicia viene después que la virtud

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Capítulos gnósticos, I, 41

Los vicios no son más que locura

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los colosenses, IX, 1; Catequesis “Bautismales, V, 4. Cf. 5, 6; Homilías sobre los demonios, I, 7; Comentario a san Mateo, IX, 1; Homilías sobre 1 Corintios, IX, 1; 4

Todos los vicios tienen una misma fuente y un idéntico origen. Pero, según la parte y -por decirlo de alguna manera- según el miembro que se halla pervertido en el alma, esta recibe los distintos nombres de las pasiones y las enfermedades espirituales. La analogía de las afecciones corporales sirve a veces como prueba. Pues, aunque la causa sea una, no deja de diversificarse en muchos tipos de enfermedades, según el miembro que se ve afectado. Si el humor insano asedia la cabeza, que es como la ciudadela del cuerpo, da lugar a la cefalea; si invade los oídos o los ojos, tenemos la otalgia o la oftalmia; si afecta a las articulaciones o a las extremidades de las manos, se trata de la enfermedad articular, o la gota de las manos; si desciende hasta la extremidad de los pies, la afección cambia de nombre para llamarse podagra o gota de los pies. Para una misma fuente de humor maligno, hay tantos vocablos distintos como partes o miembros afectados. Del mismo modo, si pasamos de las cosas visibles a las invisibles, podemos creer con razón que la energía de los vicios se encuentra localizada de forma similar en las diferentes partes y, si puede decirse así, miembros del alma. Pues bien, los sabios distinguen tres facultades: la racional, la irascible y la desiderativa. Siempre que el mal nos ataque se alterará necesariamente una u otra. Por tanto, cuando la pasión mala afecta a cualquiera de estas potencias, el vicio particular recibe su denominación de la alteración que provoca

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 15

La naturaleza cayó enferma por la desobediencia de uno solo, es decir, de Adán. De este modo la multitud fue constituida pecadora; no porque hubiera compartido la falta de Adán, pues ella aún no existía, sino porque compartía su naturaleza, que había caído bajo la ley del pecado

Cirilo de Alejandría Cirilo de Alejandría, Comentario a la epístola a los Romanos, en PG 74, 789

No debe parecemos extraño que nos atraigan violentamente no solo los pensamientos que amamos, sino también los que odiamos. En la medida en que hay una afinidad malvada entre ellos, las sugerencias cooperan con nuestros deseos, y lo mismo recíprocamente. Cuando una idea ha permanecido largo tiempo en alguien que la acaricia, ella misma lo hace pasar al final a la siguiente idea, y esta repite la operación con una tercera, sin que él se dé cuenta, arrastrado a la fuerza por la relación de unas ideas con otras

Marcos el Monje Marcos el Monje, El bautismo, 13

Si el único sentido del bautismo fuera perdonar los pecados, ¿por qué bautizaríamos a los recién nacidos, que todavía no han probado el pecado?

Teodoreto de Ciro Teodoreto de Ciro, Compendio, 5, 18, en PG 83, 512

El mal es la enfermedad del alma, privada de su salud natural, es decir, de la virtud

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, XI, 122

Desde el momento en que una sola [pasión] consigue perturbar el orden, aparece indefectiblemente otra dispuesta a causar daño. La Escritura dice muy oportunamente (cf. Job 35, 25) que estos jefes arengan y el ejército lanza gritos. En efecto, cuando los principales vicios, bajo el pretexto que sea, se incrustan en el alma engañada, la innumerable multitud de aquellos que los siguen arrastra a esta alma a toda suerte de locuras y la perturba con un clamor que podría calificarse de bestial

Gregorio Magno Gregorio el Grande, Morales sobre Job, VII, 28

Respecto a las pasiones..., todos nos han acusado: la Ley, castigando y fijando para cada pasión el castigo apropiado; los profetas, mandando abstenerse de ellas y apropiarse de lo mejor; los justos, exhortando a abandonarlas...; los maestros, mostrándonos cómo huir de ellas

Sofronio de Jerusalén Sofronio de Jerusalén, Homilía sobre la Anunciación, en PG 84, 3232B; Carta sinodal, en PG 87, 3173D

Los vicios y las pasiones no se deben a la naturaleza misma [del hombre]; en efecto, Dios no es el creador de las pasiones

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXVI, 50; 141

Las pasiones no fueron creadas al principio con la naturaleza; de haberlo sido, formarían parte de su definición

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 1

El amor libera al alma de las enfermedades

Filemón Abba Filemón, Discurso muy útil sobre el Abba Filemón

Las pasiones son un añadido... pues el alma por naturaleza es impasible... Creemos que Dios ha hecho al hombre a su imagen: impasible... Por consiguiente, cuando [el alma] se deja llevar a movimientos apasionados, se sale de su naturaleza, según la opinión de todos. Así lo afirman aquellos que dan alimento a la Iglesia. Las pasiones entraron en el alma después, de modo que no es justo decir que son propias del alma, ni aun cuando la muevan. Está claro, pues, que al alma la mueve algo exterior a ella, y no propio de ella

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 82-83

Todo lo que Dios ha hecho es bueno y todo lo que persiste tal como ha sido creado es bueno. Lo que se separa voluntariamente de lo natural y va contra la naturaleza se vuelve malo. Todo lo que sirve y obedece al Creador es según la naturaleza. Cuando una criatura, voluntariamente, se rebela y desobedece a su Creador, establece el mal en ella misma

Juan Damasceno Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa, IV, 20

Lo que generalmente imaginamos que busca el cuerpo, no lo busca el cuerpo, sino el alma por medio de él

Simeón el Nuevo Teólogo Simeón el Nuevo Teólogo, Catequesis, XXV, 77-79

[Las pasiones son] absolutamente ajenas, de ningún modo propias de la naturaleza del alma

Nicetas Stéthatos Nicetas Stéthatos, Del alma, 69

El mal uso de las potencias del alma engendra las pasiones abominables

Gregorio Palamas Gregorio Palamas, Triadas, II, 2, 19

Por la falta de uno solo murió la multitud

Pablo Apóstol Rom 5, 15

Hay muchas enfermedades en el alma

Orígenes Orígenes, Homilías sobre los Números, XXVII, 12. Cf. también Tratado de la oración, 29

El alma, desde la transgresión del mandamiento, contrajo la enfermedad de las pasiones

Macario de Egipto Macario de Egipto, Homilías (colección III), XXV, 2, 1; XXVII, 2; 4

Hemos recibido de Dios la tendencia natural a hacer lo que Él manda... Cuando usamos leal y convenientemente estas fuerzas, vivimos santamente en la virtud; cuando las apartamos de su fin, por el contrario, somos arrastrados al mal. Esa es, en efecto, la definición del vicio: el uso malo y contrario a los mandamientos del Señor de las facultades que Dios nos ha dado para el bien; y esa es, por consiguiente, la definición de la virtud que Dios exige de nosotros: el uso atento de estas facultades según la orden del Señor

Basilio de Cesarea Basilio el Grande, Grandes Reglas, 2

El impulso que arrastra... al mal es una enfermedad de nuestra naturaleza

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Discurso catequético, 16

[Los vicios destruyen] las actividades naturales del alma

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Capítulos gnósticos, IV, 22; III, 59

Cada una de las funestas pasiones engendradas en nuestra alma produce en nosotros una especie de borrachera... y oscurece nuestra razón. Puesto que la borrachera no es otra cosa que el extravío del espíritu fuera de sus vías naturales, la desviación de los razonamientos y la pérdida de la consciencia

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los colosenses, IX, 1; Catequesis bautismales, V, 4. Cf. 5, 6; Homilías sobre los demonios, I, 7; Comentario a san Mateo, IX, 1; Homilías sobre 1 Corintios, IX, 1; 4

Cuando la peste viciosa infecta la parte racional, engendra la cenodoxia (vanagloria o vanidad), la rebeldía, el orgullo, la presunción, la rigidez y la herejía. Cuando hiere la parte irascible, engendra la ira, la impaciencia, la tristeza, la acedia, la pusilanimidad y la crueldad. Cuando corrompe la parte desiderativa, produce la gastrimargía (gula), la impureza, el amor al dinero, la avaricia, los deseos perniciosos y terrenales

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, XXIV, 15

[La humanidad ha caído] enferma de pecado

Cirilo de Alejandría Cirilo de Alejandría, Comentario a la epístola a los Romanos, en PG 74, 789, citado supra

Nosotros no hemos heredado la transgresión -puesto que Adán mismo la cometió no por necesidad, sino voluntariamente-, sino que hemos heredado la muerte, necesariamente, puesto que ella dominó sobre él por necesidad, y también ha reinado sobre todos aquellos que no habían pecado a semejanza de Adán

Marcos el Monje Marcos el Monje, El bautismo, 24; 29

Hemos desterrado las virtudes y en su lugar hemos introducido las pasiones... Por naturaleza poseemos las virtudes, que nos han sido dadas por Dios. Al crear al hombre, Dios las puso en él conforme a la palabra: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, y semejanza’ (Gn 1, 26); ‘a nuestra semejanza’, es decir, según la virtud... Dios, por tanto, nos dio las virtudes junto con la naturaleza. En cambio, las pasiones no son naturales: no tienen ser ni sustancia, se parecen a las tinieblas, que no subsisten por sí mismas, sino que... existen sólo por la ausencia de luz. Al alejarse de las virtudes por amor al placer, el alma provocó que nacieran las pasiones y luego las consolidó en ella

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, XII, 134

La desdichada alma que se ha dejado hechizar, siquiera una sola vez, por estos vicios principales bajo el golpe de los pecados que se multiplican, enloquece y se encuentra devastada con una brutalidad completamente bestial

Gregorio Magno Gregorio el Grande, Morales sobre Job, VII, 28

Dios no es ni el autor ni el creador del mal; se equivocan aquellos que afirman que las pasiones son connaturales al alma

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXVI, 50; 141

Yo afirmo, por haberlo aprendido del gran Gregorio de Nisa, que [las pasiones] se introdujeron y se injertaron en la parte irracional del alma a causa de la caída fuera de la perfección. Debido a ella, desde el momento de la transgresión, en lugar de llevar la imagen bienaventurada y divina, el hombre empezó a parecerse clara y visiblemente a los animales irracionales

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 1

El estado antinatural [del alma] es el movimiento apasionado... Cuando el alma se halla en su estado natural conduce su vida hacia lo alto. Cuando está fuera de su naturaleza, se encuentra abajo, en el suelo. Cuando está arriba, se descubre impasible. Pero cuando la naturaleza está fuera de su orden propio, entonces reinan en ella las pasiones

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 82-83

El mal no es más que el alejamiento del bien, igual que la tiniebla es la ausencia de luz. Esto significa que si nosotros, los hombres, permanecemos en nuestro estado natural, entonces estamos en la virtud; pero si nos apartamos del estado natural, llegamos a un estado antinatural (παρά φύσιν), es decir, a los vicios

Juan Damasceno Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa, II, 30

El monje no debe solamente conocer y comprender las modificaciones y transformaciones que se producen en su alma, sino también sus causas: cuál puede ser su naturaleza y de dónde proceden

Simeón el Nuevo Teólogo Simeón el Nuevo Teólogo, Catequesis, XXV, 5-8; cf. 205-208

[Las] pasiones del alma son suscitadas por las potencias que van contra su naturaleza

Nicetas Stéthatos Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 89

La muerte reinó... incluso sobre aquellos que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán

Pablo Apóstol Rom 5, 14

El alma yace en la enfermedad del pecado

Macario de Egipto Macario de Egipto, Homilías (colección III), XXV, 2, 1

El mal es siempre una enfermedad del alma, mientras que la virtud es, por así decirlo, su salud

Basilio de Cesarea Basilio de Cesarea, Homilías sobre el Hexamerón, IX, 4

[Como consecuencia de la transgresión de Adán, hemos sufrido en nuestra naturaleza] una transformación que nos ha vuelto hacia el mal

Gregorio de Nisa Gregorio de Nisa, Discurso catequético, 8

Todas las maldades son engendradas por la inteligencia, por la potencia irascible y por la potencia de desear, y tenemos la posibilidad de utilizar estas potencias bien o mal; por tanto, es evidente que los males nos llegan por el uso antinatural de estas partes [del alma]. Y si esto es así, no hay nada de lo creado por Dios que sea malo

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Capítulos gnósticos, IV, 22; III, 59

Sufre más el alma por los pecados que el cuerpo por las enfermedades

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los romanos, IV, 1

Las ocho pasiones principales hacen la guerra conjuntamente al género humano, pero sus ataques no se presentan de la misma manera en todos los individuos indistintamente

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13

[La humanidad ha compartido con Adán] su naturaleza caída bajo la ley del pecado

Cirilo de Alejandría Cirilo de Alejandría, Comentario a la epístola a los Romanos, en PG 74, 789, citado supra

Nosotros, por lo tanto, hemos heredado solo la muerte de Adán

Marcos el Monje Marcos el Monje, El bautismo, 24; 29

Por la práctica del mal adquirimos una costumbre extraña y antinatural, contraemos una especie de enfermedad crónica

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, XI, 122. Cf. Juan de Gaza, Cartas, 463

Nosotros mismos somos quienes hemos transformado en pasiones las cualidades constitutivas de nuestra naturaleza

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXVI, 141

Nada de lo que existe es malo, sino solo el mal uso, consecuencia de la negligencia de nuestro espíritu para cultivarse según la naturaleza

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, III, 4; III, 86; III, 3

Está claro que la salud existe en la naturaleza antes de la irrupción de la enfermedad. Si esto es así -y es la verdad misma-, la virtud está por naturaleza en el alma. Y lo que viene después está fuera de su naturaleza... Puesto que todos reconocen que la pureza es lo que existe por naturaleza en el alma, hay que afirmar que [las pasiones] no existen por naturaleza. Pues la enfermedad llega en segundo lugar, después de la salud

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 82-83

[Las pasiones son una] desviación voluntaria de lo natural a lo antinatural

Juan Damasceno Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa, IV, 20

Por la desobediencia de uno solo la multitud fue constituida pecadora

Pablo Apóstol Rom 5, 19

[Dios] sabe a qué males está sometida el alma, cómo se halla incapaz de cumplir las obras de la vida y cómo yace presa de la enfermedad agobiante de las pasiones deshonrosas

Macario de Egipto Macario de Egipto, Homilías (colección III), XXVI, 3, 4

[La maldad es] enfermedad del alma

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Capítulos gnósticos, I, 41

Es costumbre de la Escritura el no limitarse a hacernos conocer la falta [de alguien], sino instruirnos al mismo tiempo acerca del motivo que le condujo a pecar: se comporta así para garantizar la salud a aquellos que están sanos contra el riesgo de caídas semejantes. Así hacen los médicos que visitan a los enfermos: antes incluso de examinar el mal, buscan su fuente para reprimir el mal en su origen

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre Ozías, III, 4

En uno ocupa el primer lugar el espíritu de lujuria; en otro, la ira; en este la cenodoxia reivindica el cetro, en aquel detenta la soberanía el orgullo. Y aunque cada uno de nosotros tiene que sufrir los asaltos de todos, no somos atacados de la misma manera ni en idéntico orden

Juan Casiano Juan Casiano, Conferencias, V, 13

Todos nacen bajo el pecado

Marcos el Monje Marcos el Monje, De la penitencia, 10. Cf. Sobre la unión hipostática, 8; 18

Si alguno encuentra que tiene un cuerpo melancólico, mal equilibrado, ¿acaso no es este desequilibrio el que lo quema y lo trastorna sin cesar y atormenta su vida? Lo mismo ocurre con el alma apasionada: la desdichada nunca deja de estar torturada por su propia costumbre viciosa

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, XII, 127

Yo he visto que mucha gente que vivía en el mundo escapaba de la tiranía de los deseos carnales debido sencillamente a los cuidados, preocupaciones, conversaciones y veladas que consagraban a los asuntos terrenales. Pero una vez que entraron en la vida monástica y quedaron libres de toda preocupación, se dejaron lamentablemente corromper por el ardor del cuerpo

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, II, 12

El pecado, en todos los casos, es el mal uso (...) en la medida en que hacemos un mal uso de las potencias de nuestra alma (desiderativa, irascible y racional), se instalan en ella los vicios

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, III, 4; III, 86; III, 3

Las pasiones son, pues, un añadido, y la causa de este añadido está en el alma misma

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 82

Las pasiones del alma son el olvido, la negligencia y la ignorancia; por estos tres vicios el ojo del alma (la inteligencia) se ciega y se somete a todas las pasiones, que son la impiedad, la falsa opinión, es decir, toda herejía, la blasfemia, el acaloramiento, la ira, la amargura, el arrebato, el odio a los hombres, el rencor, la calumnia, la condena, la tristeza irracional, el miedo, la cobardía, la disputa, la rivalidad, la envidia, la vanidad, el orgullo, la hipocresía, la mentira, la infidelidad, la avidez, el amor a la materia, las inclinaciones apasionadas, la posesión de las cosas terrenas, la acedia, la bajeza de alma, la ingratitud, la murmuración, la alienación, la presunción, la arrogancia, la jactancia, el amor al poder, el deseo de agradar a los hombres, la astucia, la impudicia, la insensibilidad, la adulación, la falsedad, el disimulo, la doblez, el consentimiento a los pecados que realiza la parte apasionada del alma, la práctica continua de estos pecados, el extravío de los pensamientos, la filautía..., el amor al dinero..., la malignidad y la maldad. Las pasiones del cuerpo son la gula, la glotonería, la embriaguez..., la lujuria, el adulterio, el impudor, la impureza, el disfrute, el amor a toda clase de placeres, la corrupción de niños..., las malas codicias y todas las pasiones infames antinaturales; el robo, el sacrilegio, el bandidaje, el asesinato y toda licencia y goce de las voluntades de la carne para reforzar aún más al cuerpo; los oráculos, los sortilegios, los presagios, los augurios, el amor a los adornos, la frivolidad, la indolencia.., la ociosidad condenable, las distracciones, los juegos de azar, el mal uso apasionado de los placeres del mundo, la vida que ama al cuerpo

Juan Damasceno Juan Damasceno, Discurso útil al alma

Igual que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron

Pablo Apóstol Rom 5, 12

Hay en total ocho pensamientos genéricos que comprenden todos los pensamientos: el primero es el de la gastrimargía (γαστριµαργία) o gula, luego viene el de la lujuria (πορνεία), el tercero es el de la filargiria (φιλαργυρία) o avaricia, el cuarto es el de la tristeza (λύπη), el quinto el de la ira (όργή), el sexto el de la acedia (άκεδία), el séptimo el de la cenodoxia (κενοδοξία) o vanidad, y el octavo el del orgullo (ύπερηφανια)

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, Tratado práctico, 6

Dios, que es bueno por esencia, no descuida nada para llevarnos al bien y, como conoce los sentimientos más íntimos, los pensamientos más secretos que se agitan en el fondo de nuestros corazones, nos exhorta y nos aconseja. No emplea la coacción, sino que utiliza remedios apropiados a los males de cada uno y luego lo deja todo a la decisión de nuestro libre albedrío

Juan Crisóstomo Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, XIX, 1

Si antes de nada no hemos descrito las variadas formas de una enfermedad, si no hemos determinado su origen y sus causas, no podremos aplicar a los enfermos el tratamiento adecuado ni permitir a los sanos conservar la buena salud

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 13

Como el primer hombre estaba muerto, es decir, separado de Dios, nosotros no podíamos vivir en Dios

Marcos el Monje Marcos el Monje, El bautismo, 24

El hombre era arrastrado por el enemigo con una violencia tiránica, e incluso los que querían evitar el pecado se veían casi obligados a cometerlo

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, I, 4

Sucede a veces que las pasiones se retiran de algunos fieles, e incluso de algunos infieles, salvo una sola [que es el orgullo]; y se les deja como el mayor de los males, que ocupa él solo el lugar de todos los demás

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, XXVI, 45. Cf. XXII, 5

[El diablo] ha concentrado el combate contra la virtud y el conocimiento

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 50

Ocurre con las cosas del alma como con las cosas del cuerpo. Por tanto, si la virtud es por naturaleza la salud del alma, las pasiones son su enfermedad

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 83; 86

De los demonios que se oponen a la praxis, los primeros que nos hacen la guerra son aquellos que se encargan de los apetitos de gastrimargía, los que suscitan la filargiria y los que invitan a la gloria humana. Todos los demás vienen después

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, De los diversos malos pensamientos, 1

No podrán curarse jamás las enfermedades, ni encontrarse los remedios para los problemas de salud, si primero no se buscan sus orígenes y sus causas con una investigación minuciosa

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, XII, 4

Dios envió profetas, pero ellos mismos no pudieron hacer nada. Pues el mal superaba todo límite. Según la palabra de Isaías: ‘No hay herida, ni contusión, ni llaga abierta a la que se haya aplicado ungüento, ni aceite, ni vendas’ (Is 1,6). Dicho de otra manera: el mal no es parcial ni está localizado, sino extendido por todo el cuerpo; envuelve el alma entera y abarca todas sus facultades. ‘No se le ha aplicado ungüento’, etc., pues todo estaba sometido al pecado, todo estaba bajo su poder. Jeremías declaraba también: ‘Hemos intentado curar a Babilonia, pero ella no ha sanado’ (Jr 51, 9)

Doroteo de Gaza Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, I, 3

Yo aconsejo a todos aquellos que están enfermos que busquen con el mayor cuidado el método que deben seguir para curarse. Ahora bien, el primer paso del tratamiento es conocer la causa de su enfermedad; cuando esta haya sido encontrada, los enfermos recibirán de la Providencia de Dios y de sus médicos espirituales el remedio eficaz

Juan Clímaco Juan Clímaco, Escala, VIII, 35

[Al diablo le basta con] poner al alma del revés mediante las potencias que hay en ella

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 50

La maldad es una enfermedad del alma

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Cartas, 4

Por eso, el diablo insinuó estos tres pensamientos al Salvador, invitándole primero a transformar las piedras en pan, luego prometiéndole el mundo si se prosternaba para adorarlo y, en tercer lugar, diciéndole que sería glorificado si lo escuchaba

Evagrio Póntico Evagrio Póntico, De los diversos malos pensamientos, 1

Los ancianos tienen por costumbre exponer esto en sus conferencias, y especialmente cuando se trata de la instrucción de los jóvenes. Nosotros reconocíamos muchos de esos elementos en nosotros mientras los ancianos hacían una exposición completa de ellos... y nos curábamos aprendiendo sin decir nada los remedios y, al mismo tiempo, las causas de los vicios que nos minaban

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, V, 13

La pasión es un movimiento antinatural del alma, como consecuencia de un amor irracional o de una aversión irreflexiva por un objeto sensible cualquiera

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 16. Cf. Clemente de Alexandria, Stromata, II, XIII, 59, 6; 61, 2

Mientras el alma padece la enfermedad de las pasiones, no percibe lo espiritual

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Cartas, 4

Igual que los médicos más experimentados no suelen contentarse con curar las enfermedades presentes, sino que, con su sabia experiencia, se adelantan a las enfermedades futuras y las previenen mediante prescripciones y remedios saludables, así también estos auténticos médicos de las almas destruyen de antemano en la instrucción espiritual, por medio de una suerte de antídoto celestial, las enfermedades del corazón antes de que aparezcan, y al no permitir que se desarrollen en el espíritu de los jóvenes, les desvelan la causa de las pasiones que los amenazan y los remedios que les traen la salud

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, IX, 17 (2)

Lo que la salud y la enfermedad son al cuerpo vivo..., la virtud y el vicio... lo son con relación al alma

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, IV, 46

Si no se purifica de las pasiones, el alma no se cura de las enfermedades del pecado

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 83; 86

¿Acaso no vemos los primeros movimientos de la carne, no solo en los niños que todavía se hallan en la edad de la inocencia y no tienen discernimiento del bien y el mal, sino incluso en los más pequeños y en los que todavía son niños de pecho? Sin que haya en ellos el menor comienzo de concupiscencia, testimonian sin embargo que estos movimientos están impresos por naturaleza en su carne. Asimismo, ¿no constatamos violentos accesos de ira incluso en los más pequeños, los cuales, antes de conocer la virtud de la paciencia, se perturban por las injurias que reciben y se resienten por las palabras burlonas que les dicen aunque sea de broma? Y en ocasiones, aunque les falta la fuerza para llevarla a cabo, no les falta el deseo de venganza que la ira les inspira

Juan Casiano Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, VII, 3

Para obtener el placer y evitar el sufrimiento, el hombre inventa múltiples e innumerables formas de pasiones corruptoras. Por ejemplo, si el amor a uno mismo (φιλαυτία) se cultiva por el placer, se suscita entonces la gula, el orgullo, la vanidad, la presunción, la avaricia, la avidez, la tiranía, la arrogancia, la ostentación, la crueldad, la ira, el sentimiento de superioridad, el empecinamiento, el desprecio de los demás, la injuria, la impiedad, la licencia en las costumbres, la prodigalidad, el desenfreno, la frivolidad, la jactancia, la indolencia, el insulto, el ultraje, la impertinencia, la charlatanería, la obscenidad y cualquier otro vicio de este género. Pero si el amor a uno mismo (φιλαυτία) se ve herido por el sufrimiento, esto hace que nazca la ira, la envidia, el odio, la hostilidad, el rencor, el ultraje, la maledicencia, la calumnia, la tristeza, la desesperación, la tristeza, la falsa acusación a la Providencia divina, la despreocupación, la negligencia, el desaliento, el abatimiento, la pusilanimidad, la lamentación, la melancolía, la amargura, los celos, y todos los otros vicios debidos a la privación del placer. La mezcla de sufrimiento y placer, que engendra la hostilidad y la maldad, hace nacer en nosotros la hipocresía, la ironía, la astucia, el disimulo, el halago, la complacencia y todos los demás vicios que nacen de esta mezcla

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, Prefacio

‘Mundo’ es el nombre que designa todas las pasiones singulares; cuando queremos nombrar globalmente las pasiones, las llamamos así. Pero cuando queremos designarlas una a una con sus nombres propios las llamamos ‘pasiones’

Isaac de Nínive Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 30

Me es imposible enumerar todos estos vicios y examinar las formas bajo las que aparecen

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, Prefacio

La filautía, como he explicado a menudo, está en el origen de todos los pensamientos apasionados. De ella nacen, en efecto, los tres vicios genéricos de la codicia: gastrimargía, filargiria y cenodoxia

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, III, 56. Cf. también Talasio, Centurias, III, 87

De la gastrimargía nace la lujuria; de la filargiria, la pleonexía (codicia); de la cenodoxia, el orgullo

Máximo el Confesor Cf. Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, III, 56

No pecaríamos nunca de acto si primero no pecáramos de pensamiento

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 78; 82

El mal uso de los pensamientos tiene como consecuencia el mal uso de las cosas

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, II, 78; 82

Por su corrupción, la voluntad natural de Adán acarreó la corrupción de la naturaleza, que se vio privada de la gracia de la impasibilidad y se convirtió en pecado. El primer pecado, muy culpable, fue el desliz inicial desde su inclinación primera, predispuesta al bien; el segundo, consecuencia del primero, fue la transmutación no culpable de la naturaleza desde su estado de incorruptibilidad al de la corruptibilidad. En efecto, el día en que transgredió el mandamiento divino, nuestro antepasado Adán cometió dos pecados: uno culpable; el otro, no culpable, consecuencia del primero. El primero ocurrió porque la voluntad rechazó, de buen grado, el bien; el otro, porque la naturaleza, sin quererlo, se vio privada de la inmortalidad, como consecuencia del comportamiento de la voluntad

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 42

El pecado, consecuencia directa de la desobediencia, introduce en la naturaleza humana la pasibilidad, que marca a partir de entonces la ley de la procreación. Esta primera desobediencia se acrecienta con la pasibilidad, y la naturaleza humana se ata voluntariamente al mal con unos lazos tan imposibles de desatar que ya no existe para el hombre ninguna esperanza de liberarse de ellos

Máximo el Confesor Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 21